La última vez que Pete Hegseth ofreció una rueda de prensa en el Pentágono antes de que Estados Unidos e Israel lanzaran el pasado 28 de febrero su guerra contra Irán fue el 26 de junio. Desde el inicio del conflicto, en cambio, ha comparecido ante los periodistas cinco veces ya. En cada una de esas ocasiones, y en otras apariciones públicas o mensajes en redes sociales, el secretario de Defensa de Donald Trump, o secretario de Guerra, según la denominación preferida por él y el presidente, ha sido el rostro más arrogante y belicoso de una campaña militar que personalmente para él tiene mucho de cruzada religiosa e ideológica.
Hegseth nació hace 45 años en Minneapolis, estudió Ciencias Políticas en Princeton y luego se alistó en la Guardia Nacional como oficial de infantería, uniforme con el que sirvió en Guantánamo, Afganistán e Irak. Pasó por un par de organizaciones de veteranos, que abandonó entre alegaciones de mala gestión, y después de aparecer frecuentemente como colaborador de Fox News, se hizo presentador de la cadena.
Ya como elegido de Trump para dirigir el Pentágono en su segundo mandato — y tras una confirmación que expuso episodios de actitudes sexuales cuestionables y problemas con el abuso de alcohol y en la que el vicepresidente J.D. Vance tuvo que votar para romper el 50-50 entre los senadores–, Hegseth está encarnando a la perfección el modelo de hipermasculinidad exacerbada que se ha hecho popular en la belicista machosfera y en el trumpismo, especialmente entre hombres jóvenes. La Casa Blanca incluyó su imagen en uno de los controvertidos vídeos sobre la guerra hechos con extractos de películas y superhéroes. Hegseth se preocupa tanto por su imagen que incluso se vetó la entrada a las ruedas de prensa a fotógrafos después de que publicaran instantáneas «no favorecedoras» del secretario.
«Esta guerra nunca pretendió ser una guerra justa, y no lo es. Les estamos golpeando mientras están débiles, que es exactamente como debe ser», dijo Hegseth en una de sus comparecencias con su habitual altanería y agresividad, replicada este viernes cuando dijo que los líderes iraníes «se esconden como ratas».
Más allá de su apología de la fuerza bruta, de buscar «letalidad sin dudas ni disculpas» y «desatar una violencia abrumadora», o de sus ataques constantes a la prensa no alineada con la Casa Blanca, a la que forzó a dejar de tener credenciales por negarse a aceptar limitaciones a su trabajo, son su falta de experiencia y sus ideas militares y religiosas las que están bajo mayor escrutinio.
«Estúpidas reglas de combate»
En las ruedas de prensa Hegseth ha tildado de «estúpidas» o «restrictivas y minimalistas» las reglas de combate que tratan de minimizar los riesgos para la población civil. Lo ha hecho pese a que EEUU es señalado como responsable del ataque a la escuela de niñas de Minab, donde murieron 175 personas, la gran mayoría menores, un bombardeo que según la investigación preliminar del propio Ejército fue obra de EEUU, en parte por usar información de inteligencia desfasada.
Hegseth alardea de haber dado a las tropas estadounidenses «máxima libertad de acción en el campo de batalla». El 5 de marzo, por ejemplo, declaró: «Las estúpidas guerras políticamente correctas del pasado eran lo contrario de lo que estamos haciendo aquí». Y la víspera: «Nuestras reglas de combate son audaces, precisas y están diseñadas para desatar el poderío estadounidense, no para encadenarlo».
Ese discurso no es nuevo en él. En ‘La guerra contra los guerreros’, un libro que publicó en 2024, cuestionó la necesidad de cumplir con la Convención de Ginebra, contó la anécdota de cómo dio a varios soldados a su mando en Irak el consejo de ignorar las reglas de combate y describió despectivamente a abogados militares como «capullos».
Son ideas que cobran mucha más trascendencia ahora que dirige el Pentágono. Más allá de trasladar sus ideas de guerra cultural minimizando el papel de las mujeres o de minorías raciales en las fuerzas armadas, nada más llegar cerró oficinas que se dedicaban a tratar de minimizar bajas civiles y despidió a algunos de los máximos responsables del cuerpo jurídico militar encargados de auditar la guerra (aunque ante la presión por el caso de la escuela de Minab ha anunciado el nombramiento de un investigador externo al Mando Central).
La cruzada religiosa
Saltan también las alarmas por la visión teocrática y autoritaria que tiene Hegseth. La Fundación Militar de Libertad Religiosa ya ha recibido más de 200 quejas de soldados por la invocación de retórica extremista cristiana para justificar la guerra de Irán. Y Janessa Goldbeck, que dirige la organización de veteranos Vet Voice Foundation, ha descrito a Hegseth como «una persona muy peligrosa». «Es un nacionalista cristiano blanco y tiene el arsenal del Gobierno de EEUU a su disposición, así como el permiso de Trump para cometer atrocidades allá donde quiera», dijo Goldbeck en unas declaraciones a ‘The Guardian’.
Hegseth ha defendido la teoría de las «esferas de soberanía», que se deriva del reconstruccionismo cristiano, y aboga por la subordinación del gobierno civil a leyes del Antiguo Testamento. También defiende la pena capital para quienes incumplan esas leyes o unas rígidas estructuras patriarcales tanto en la Iglesia como en la familia. Recientemente invitó a dirigir una misa en el Pentágono al polémico líder religioso Doug Wilson.
Su compromiso personal con esta guerra y la antipatía violenta que siente hacia Irán se entienden también repasando libros, discursos, vídeos o sus apariciones en Fox News. En un vídeo grabado en 2017 para una plataforma de ultraderecha, por ejemplo, tildó a Irán de «enemigo mortal de EEUU».
En ‘American Crusade’, un libro que publicó en 2020, describió a Irán junto a Al Qaeda y Estado Islámico como una amenaza existencial. «EEUU no está en guerra contra el islam pero siempre estamos en guerra con islamistas», se lee en esas páginas. «Al Qaeda, el Estado Islámico, los talibanes, Irán y otros similares son las últimas manifestaciones de un movimiento islamista que no tiene intención de ‘coexistir’. Buscan tierra, poder, ventajas demográficas y políticas y buscan activamente los medios militares, especialmente armas nucleares, para hacer que Occidente se arrodille».
La suya es una auténtica cruzada ideológica y religiosa que lleva tatuada, literalmente, en la piel. En el pecho tiene grabada con tinta la cruz de Jerusalén, una de las insignias de las cruzadas medievales, y en el interior del antebrazo derecho otro tatuaje con las palabras en latín ‘Deus vult’, Dios lo quiere. Es un lema de las cruzadas que ha adoptado la extrema derecha y que se vio en banderas que ondearon asaltantes al Capitolio. De hecho, hizo que a Hegseth no se le permitiera trabajar en los preparativos de la toma de posesión de Joe Biden en 2021, cuando otro soldado avisó a sus superiores de que podía representar una «amenaza interna». Él definió el episodio como 2odio hacia los cristianos».
Adhesión a Israel
Hegseth también ha dejado clara en numerosas ocasiones la importancia que da a una alianza con Israel que alcanza algo más parecido a una adhesión incondicional y espiritual. «Puedes amar EEUU sin amar Israel, pero eso me dice que tu conocimiento de la Biblia y la civilización occidental está penosamente incompleto», escribió en su libro de 2020 .»Si amas a EEUU tienes que amar a Israel. Compartimos historia, compartimos fe y compartimos libertad», se lee allí también. «Israel es el enemigo número uno tanto para los islamistas como para los izquierdistas internacionales, lo que es por sí solo razón para amarlo».
En un discurso en Israel en 2018 acusó a Barack Obama de «traición» por el acuerdo nuclear con Irán, criticó la solución de dos Estados en Oriente Próximo y defendió la anexión de Cisjordania, a la que se refirió con el nombre bíblico de «Judea y Samaria». También abogó por la reconstrucción del templo judío donde se levanta hoy la mezquita de Al Aqsa y dijo que Europa es «un museo que pronto será ahogado por el islam radical».
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