Por culpa de Pedro Sánchez, el PSOE es el partido más optimista de Europa. Desenterrar el «No a la guerra» equivale a una maniobra desesperada para singularizarse. Se olvidaba que el pacifismo no surtió ningún efecto en las municipales prácticamente empatadas de 2003 al rebufo de Irak, ni tampoco ha definido las elecciones a Cortes de Castilla y León, más allá de concentrar el voto a la izquierda en los socialistas. El «No a Sánchez» se impone por mayoría absoluta a cualquier sentimiento sobre Irán.
La hegemonía antisanchista de los enemigos PP/Vox se mantiene inalterable en la comunidad más extensa de España, y este coágulo antes que coalición tiene franqueado ahora mismo el acceso a La Moncloa. Si el debilitado Abascal quiere, porque Vox ha obligado al PP a debutar en la cautela, que no era uno de sus rasgos de carácter.
La suma de populares y ultraderecha sube de 44 a 47 diputados con la mayoría absoluta en 42, y ni siquiera puede hablarse del total de la oferta conservadora por las siglas uniprovinciales. En porcentaje, tres de cada cinco escaños, difícilmente puede hablarse de recuperación socialista pese a la estimable subida de dos diputados. La laminación de la izquierda más allá del PSOE se traslada también a los partidos bisagra, afónicos ante la batalla estatal.
El triunfo debe pronunciarse con minúsculas, porque el bruno Fernández Mañueco es el tercer presidente popular en standby, sin capacidad de imponer su fórmula favorita de una Junta en solitario con apoyo parlamentario externo de los neofranquistas. En su favor, no ha pagado la pasividad ante los incendios devastadores del pasado verano, que quizás le hubieran penalizado de no batirse ante un socialismo en retirada.
El PSOE saborea el mérito agridulce de conservar el protagonismo de la derrota. La única perspectiva esperanzadora señala que ya lo retrocedió todo en 2022, cuando se hundió de 35 a 28 escaños. El país sigue dividido al cincuenta por ciento entre conservadores y progresistas, por lo que a alguien tienen que apoyar los izquierdistas que cumplen con el ritual de las urnas. La cadencia socialista en Extremadura (26 por ciento), Aragón (24) y Castilla y León (31) no certifica una curación, si acaso un estado de latencia para constatar que hay vida en el PSOE más allá de la renuncia eternamente diferida de su secretario general.
También en Castilla y León se ha exagerado la pujanza de Vox, que sigue sin llegar al veinte por ciento imprescindible para alentar expectativas de gobierno en cualquier ámbito. Ni siquiera reúne a la mayoría de españoles indignados simultáneamente con PP y PSOE. Se mantiene en la órbita ascendente pero resbaladiza que marcó el fulgor y caída de Ciudadanos o de Podemos.
Por sí solo, el déficit de liderazgo del PP de Feijóo explicaría el resultado de la ultraderecha moderada, sin recurrir al retroceso socialista. La indiferencia ante la guerra de Irán se suma a la constatación de que cada candidato de Vox es más anodino que el anterior, la única certeza es que será depurado por Abascal con maneras estalinistas.
La izquierda Sumar/Podemos, por debajo del tres por ciento, habita una paramera inmerecedora de un análisis. La traslación de las tres elecciones regionales escalonadas en un trimestre decreta la mayoría absoluta de las derechas en un pugilato estatal. La continuidad del PSOE parece garantizada, pero no sobran las razones que aconsejen la permanencia de Sánchez al frente de una próxima candidatura. El prodigio sanchista se inició con la moción de censura, pero los milagros también tienen fecha de caducidad.











