La comunidad que se ha convertido en el reino de la derecha en España, Castilla y León, ha votado este domingo y le ha dado a la suma de los conservadores más moderados y más extremos un porcentaje histórico, que supera el 57 por ciento del voto escrutado. Los castellanoleoneses han elegido en las últimas cuatro décadas ser gobernados por los populares y, visto lo visto, no sienten ninguna necesidad de cambiar, más allá de las excepciones que hacen en algunas localidades de una tierra tan extensa como despoblada, envejecida y, según proclaman por temporadas, olvidada cuando no toca poner urnas en colegios electorales.
El PP ha logrado 33 escaños, lo que significa que Alfonso Fernández Mañueco se ha llevado dos más que en su último y agitado examen autonómico de 2022, -con la fulminación de Pablo Casado en el partido de fondo y la ultraderecha reclamando y logrando por primera vez entrar en su gobierno regional-, mientras que Vox se ha hecho con 14, superando en uno su último resultado en un lugar donde su poderío ya era grande. Pero los de Santiago Abascal, aun mejorando, han quedado por debajo de la expectativa creada de superar el 20% del escrutinio.
El sabor agridulce que rodea a los de Abascal es consecuencia de la generación de expectativas y, seguramente, del coste de la suma de guerras internas en la organización eclipsando los llamativos resultados electorales que ha ido cosechando en los últimos tiempos, además del bloqueo que los ultras mantienen en Extremadura y Aragón, que afecta a los ciudadanos y no solo a los políticos, algo que infravaloran. Tienen las llaves de varios ejecutivos y las quieren usar para hacerse aún más grandes, con los ojos puestos ahora en tener la última palabra también en Andalucía, la próxima estación electoral, pero el exceso de expectativas a veces aprieta y hasta ahoga.
Otro factor a destacar es que de las tres autonomías que han celebrado comicios en los últimos tres meses, solo aquí el PSOE ha logrado salvar el tipo. Puede ser precisamente por ese ‘tipo’ que les ha representado, Carlos Martínez, un reconocido alcalde ajeno a la corte ‘sanchista’ sin necesidad de ofenderla y con discurso propio que ha logrado 30 procuradores, dos más que en las pasadas elecciones. También podría ser por el contexto efervescente propiciado por la guerra de Irán. O por ambas cosas, más alguna otra como la muerte en esta tierra de la izquierda a la izquierda del socialismo, que no ha logrado resistir como sí lo han hecho otros pequeños partidos con espíritu más territorial.
Es razonable pensar que parte de esos votos de IU, Podemos y Sumar hayan vuelto al puño y la rosa. Pero eso hoy por hoy no es suficiente para los objetivos del bloque progresista que, en todo el país, sigue dándole vueltas a qué hacer, cómo y con quién para no desaparecer totalmente y poder tener algún papel en una España que claramente se está derechizando, dado que los autoproclamados diques de contención muestran enormes grietas. Tan enormes que ya no les bastará con pensar en siglas, nombres propios o superación de odios cainitas… falla la conexión racional y emocional con la que supuestamente es, o era, su parroquia. No será sencillo que recuperen la fe. Al menos en Castilla y León.









