Llevar al marido a una fiesta es como añadir anchoas a la ensalada. Me encantan las anchoas, pero tapan el sabor de todo lo demás.
Del libro «El problema mente-cuerpo»
Rebecca Goldstein
I.- Cuerpos de unas y de otros
Lo dual humano de cuerpo y alma, de mujer y hombre, es complicado, pero el asunto se simplifica si avanzamos por partes y despacio. Así, lo físico de los cuerpos se descubre más fácilmente que lo metafísico de las almas; y lo físico de las mujeres y de los hombres está más al alcance que lo metafísico de unas y otros. Lo de los cuerpos es tangible y / o tocable; es materia que se hace visible, y siempre en proceso desde el nacimiento al envejecimiento, la muerte y la desaparición. La búsqueda de la eterna juventud es una tontería.
El cuerpo de la mujer inicia una fase nueva a partir de la inevitable menopausia, de efectos corporales, físicos y psíquicos, y cambios hormonales. La peligrosa industria farmacéutica norteamericana, en los años noventa del siglo pasado, trató de «vender» una terapia hormonal sustitutiva para mantener la menstruación. Según el Diccionario de María Moliner, la menopausia es «la edad de la mujer en que cesa la actividad de sus órganos de generación»; una definición ciertamente mejorable. Es comprensible que el feminismo en sus reivindicaciones se haya opuesto con energía a la pérdida de su capacidad sexual en ese tiempo nuevo. Lo mejor que leí sobre ello lo escribió Milagros Pérez Oliva que, en un artículo el 23 de julio de 2023, tituló: «Mujeres que envejecen con alegría, plenas y orgullosas». En el artículo se cita a la experimentada Carmen Sánchez que escribió: «Si has vivido bien y tienes relativamente buena salud, dejar de ser fértil no ha de significar dejar de tener deseo». Y Carmen S. añade: «Hay mujeres muy enfocadas a la maternidad que sufren el síndrome del nido vacío… pero otras viven más intensamente su propia sexualidad y la relación de pareja se refuerza».
Sin dejar de tener en cuenta que los años modifican lo físico y psíquico de la sexualidad de los hombres, la llamada menopausia siempre se consideró que era asunto de mujeres, una consecuencia –otra más– de una inferioridad de ellas, lo cual es falsedad, propia de machistas e imbéciles.
Y voy ahora a algo que se suele esconder y que me parece importante.
Es en los primarios cánceres de próstata, para frenar la multiplicación celular –no se trata de curarlos–, por medio de medicamentos, se provoca en el hombre la llamada menopausia masculina, causándose en el cuerpo enfermo unos efectos parecidos a los de la menopausia femenina. Y el tratamiento hormonal con bajada de testosterona lleva, inevitablemente, a la pérdida de potencia sexual y capacidad eréctil.
Ese tratamiento tan frecuente y que a tantos hombres preocupa exigirá, sin duda, nuevas maneras en la sexualidad, acaso más profundas que el alarde clásico de la virilidad, y exigirá una relación de pareja novedosa, consentida por la mujer –siempre pensé que lo relacionado con la próstata es «ganancial» por la precisa intervención y comprensión de la mujer–. Desde luego, el hombre enfermo y con esos tratamientos no estará para alardes machistas. Acaso piense que lo de la «viagra» fue un sueño o una ilusión.
Y con lo escrito hasta aquí, lectores y lectoras, ya tendrán oportunidad de meditar un buen rato. Las implicaciones y deducciones pueden ser muchas. El artículo podría terminar aquí.
II.- Una feminista en la Revolución francesa
El feminismo apareció hace siglos, siendo en principio un original discurso médico para designar a los hombres de apariencia femenina. Más tarde el feminismo se llamaría revolución, movimiento social y filosofía, reivindicando siempre la igualdad entre hombres y mujeres, estando aún ahora lejos de conseguirla. No obstante, fue una revolución exitosa en el siglo XX, siglo de la liberación de la mujer, y ello superando los múltiples desgarros (Olivia Laing) dentro del movimiento feminista; a pesar de las diferencias y tendencias muy variadas (Marta Lamas); de la diferencia entre el feminismo de primera y segunda generación, siendo este último el aspirante a desarrollar un lenguaje, unas leyes y unas mitologías novedosas, específicamente femeninas, incluido el transgenerismo y el colectivo LGTBI.
La Revolución que más me sedujo fue la francesa, acaso por haberla estudiado en el Diccionario de Furet y de Mona Ozouf (Alianza), habiendo un personaje muy revolucionario, poco conocido, y ya entonces feminista, llamado Olimpia de Gouges, que en 1791 escribió la que denominó «Declaración de derechos de la mujer y de la ciudadanía», dividida en un preámbulo, un articulado y un postámbulo, que es todo ello un gran escrito jurídico reivindicador del feminismo. No se debe confundir con la «Declaración de Derechos del hombre y del ciudadano», de 26 de agosto de 1789, que fue aprobada por la Asamblea nacional constituyente francesa, luego texto de Derecho positivo, resultando más que una mera Declaración. El texto de Olimpia de Gouges, que se puede consultar en internet, figura en el libro de Wanda Mastor y otros, titulado «Los grandes discursos de la cultura jurídica», editado por la francesa Dalloz en 2017, siendo la Declaración redactada por Olimpia el número 38 de la colección.
El comentarista del texto de la Declaración (D. Roman) escribe: «La autora, viuda, rechazó volverse a casar, escogiendo la unión libre frente a la tumba del matrimonio». Y apunto un hecho poco conocido de la historiografía oficial de la Revolución francesa: la intensa participación de las mujeres en las asambleas revolucionarias y los clubs políticos, como antes en las asambleas de los Estados generales. Todo en un país, Francia, donde los progresistas e ilustrados, Rousseau y Voltaire, afirmaron, antes de la Revolución, la inferioridad de las mujeres, justificando su subordinación al hombre.
Las sociólogas Ana de Miguel y Rosa Cobo («Filosofía política», Trotta, 2002) señalaron que «la teoría feminista ha desvelado la existencia de un sistema de denominación entre los géneros: el patriarcado», afirmando: «El feminismo ha llevado al espacio público temas que se han considerado antes exclusivos del espacio privado (planificación familiar, aborto, violencia doméstica), ensanchando de este modo el ámbito de la política. En la actualidad, la crítica a la desigualdad entre mujeres y hombres, y más en concreto la desigualdad sexual, es un elemento central de la cultura política de Occidente». Incluir el feminismo en el ideario de partidos políticos, a mi juicio, sólo ha servido para su descrédito.
III.- La feminidad y la masculinidad y lo del género
La feminidad y la masculinidad son mutuamente dependientes y están conectados; por ello, un nuevo tipo de mujer, una nueva Eva, ha de suponer un nuevo tipo de hombre, un nuevo Adán. La «revolución» en la feminidad ha de revolucionar a la masculinidad, que no puede permanecer impasible cuando la feminidad reclama la igualdad entre los hombres y la mujeres, o cuando rechaza la patriarcal superioridad jerárquica del hombre, o cuando se da la razón a la norteamericana Susan Sontag que escribió: «Todo programa serio de liberación de la mujer debe partir de la premisas de que la liberación no toca sólo a la igualdad, sino que se refiere al poder, tratando de reducir el de los hombres (dominación)», o cuando, finalmente, el feminismo «desafía la construcción patriarcal de la Teoría Política moderna».
Grande la autora Elisabeth Badinter, que, en 1992, publicó en Francia el gran libro titulado «XY, la identidad masculina», traducido al castellano el año siguiente. Ante los avances de la mujer son no muchos los hombres que también avanzan, pues la mayoría se retrae con miedo. Siempre en el hombre hubo, muy oculto, un cierto temor a la hembra, que es lo otro, lo diverso y la alteridad, muy necesaria para la reproducción, no siendo lo mismo la relación sexual entre dos sexos diferentes que entre dos del mismo sexo, y lo escribo como constatación de un hecho.
Y Badinter destacó el dato de que el hombre nace de mujer (página 73); de que en la vida intrauterina, tan placentera, todo está impregnado de lo femenino (página 77); de que no se puede ser hombre sin traicionar a la madre (página 93), o dicho más amablemente, que el adulto ha de separarse de la madre para acercarse a otra mujer y amarla también. Todo lo de este párrafo es muy complicado para el hombre. De ahí que, con afán de una cierta tranquilidad, evitando batallas, haya hombres que miren para otro lado, y que, desgraciadamente, haya hombres que, mirando para el lado de las mujeres, respondan con violencia –la violencia criminal contra las mujeres– que a veces es expresión y prueba de una impotencia e inseguridad.
Puede ser dramático para algunos darse cuenta tarde de que la superioridad del hombre, idea antigua y con frecuencia transmitida por las mismas madres, es falsa.
Y concluyo añadiendo a lo binario, de lo femenino y masculino, la llamada teoría del Género o Gender, habiendo escrito hace unos años: «El género, según esta teoría radical, con distinción binaria entre lo masculino y femenino, no tiene que ver con la biología (el sexo biológico), que es cualidad personal y fija desde el principio (sex), sino que es mudable y consecuencia de lo cultural y social (gender), lo cual tiene muchas implicaciones y derivadas, siendo una la cambiante identidad sexual de las personas».
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