Matías Almeyda no entiende el fútbol sin emoción. Ya se le ve sobre la banda del Sánchez Pizjuán. Tampoco sin filosofía. El actual entrenador del Sevilla ha construido su carrera sobre una mezcla poco habitual en la élite: competitividad feroz, introspección personal y una concepción casi espiritual del liderazgo. Tampoco falta la espontaneidad y la naturalidad. Su historia explica por qué hoy es mucho más que un técnico en el banquillo. Lleva toda la vida en esto del fútbol.
Como jugador, el argentino fue un mediocentro defensivo de época. Apodado desde joven “El Pelado”, fue internacional con Argentina en dos Mundiales (1998 y 2002) y forjó su carácter competitivo en River Plate, donde se proclamó campeón nacional y conquistó la Copa Libertadores.
Su salto a Europa le llevó primero al Sevilla y después a la Serie A, en pleno esplendor del campeonato italiano. Allí formó parte de la histórica Lazio de finales de los noventa, con la que conquistó la liga, la Recopa de Europa y la Supercopa de la UEFA, además de títulos coperos.
Un acto simbólico
Su transición a los banquillos fue abrupta y simbólica. En 2011, River Plate descendió por primera vez en su historia. Almeyda, capitán del equipo, anunció esa misma noche su retirada como futbolista y asumió el cargo de entrenador sin experiencia previa. Un año después logró el ascenso. Aquella decisión, tomada en medio del caos institucional y la presión social, definió un rasgo esencial de su personalidad: la responsabilidad entendida como compromiso emocional.
Matías Almeyda, en la rueda de prensa previa al Sevilla-Rayo / Sevilla FC
Desde entonces, su carrera como técnico ha estado marcada por la capacidad para transformar grupos. Ganó títulos en Argentina, México y Grecia, consolidando una reputación basada tanto en los resultados como en la cohesión interna de sus plantillas. En Chivas de Guadalajara alcanzó su mayor notoriedad internacional, con un equipo competitivo y solidario que conquistó la liga mexicana y la Liga de Campeones de la Concacaf. Más recientemente, en el AEK de Atenas, firmó un doblete histórico que reforzó su perfil de entrenador ganador.
Sin embargo, la singularidad de Almeyda no reside solo en los trofeos. Su método de gestión bebe de influencias filosóficas poco comunes en el fútbol profesional. Gran estudioso del ‘Bushido’, el código de honor de los samuráis, suele introducir en los vestuarios conceptos como la lealtad, el respeto al rival o el desapego al miedo. Para él, el fútbol es una metáfora de la batalla.
Profunda depresión
Esta visión está profundamente ligada a su propia biografía. Tras retirarse como jugador, sufrió una depresión que le llevó a replantearse su relación con el deporte y con la vida. La experiencia, superada con apoyo familiar y ayuda psicológica, marcó su discurso público. Hoy es uno de los entrenadores que habla con mayor naturalidad sobre salud mental, insistiendo en que el futbolista debe ser entendido antes como persona que como profesional.
Su reciente reflexión sobre la guerra, que tuvo repercusión internacional, confirma esa dimensión humanista. En el Sevilla intenta aplicar ese ideario. Sus equipos suelen ser intensos, solidarios y resistentes en la adversidad. No es casualidad. Para Almeyda, el éxito deportivo es inseparable de la fortaleza colectiva. Ya lo demostró su equipo ganando al Barça en el duelo de la primera vuelta. Ahora, tendrá que ver el Barça-Sevilla desde las alturas después de ser expulsado y duramente sancionado. Una sanción que pocos entendieron. Él seguirá a lo suyo. Como siempre.













