Cuando le pregunté a Ani, que pasa de los 70 años, si a ella también le daban pan mojado con vino y azúcar para merendar, me dijo que en su casa no había azúcar. Ni apenas pan. El vino se lo tragaba su padre a paladas y lo digería con puñetazos a la mujer. A las niñas las mandaba, mientras tanto, a rebuscar colillas, y malo si se distraían jugando y no encontraban.
En aquella España infame de hambre, miedo y desaparecidos, que hoy reivindican quienes se dicen «superiores moral, intelectual y estéticamente», en palabras del diputado de Vox Sergio Rodríguez (ninguna mujer osaría repetir esto, no sea que le afeen entradas y michelines), ellas sí pidieron ayuda. Muy chicas aún, fueron al cuartelillo a denunciar que su padre iba a matar a su madre a golpes. Les dijeron que eso era un asunto privado de los matrimonios y que no podían actuar. Tampoco tenían dónde ir. No existía el divorcio y las mujeres casadas necesitaban permiso del marido para trabajar y manejar su propio dinero. Las que intentaban huir eran unas putas rechazadas por la sociedad y hasta por sus propias familias, preocupadas por el qué dirán.
Las niñas tuvieron que esperar a crecer y volverse fuertes para amenazar al padre con rebanarle el cuello mientras dormía si volvía a ponerle las manos encima a su mujer.
La madre de Rafe, también esposa de posguerra, aguantó hasta que un ictus plantó a su maltratador en una silla de ruedas. Después lo estuvo cuidando hasta que la enfermedad o las penas, que dicen algunos, se la llevaron. En su funeral la cubrieron de elogios por su abnegación y sacrificio. Pero nadie pidió perdón.
La mía, niña en la Guerra Civil, «solo» tuvo que renunciar a sus sueños, a estudiar, ver mundo, y se convirtió en la perfecta ama de casa y fregona. Carne de homenajes institucionales por haberlo dado «todo por los suyos».
Sus historias son también memoria democrática: las heridas jamás reparadas de un régimen que hizo rehenes y víctimas a las mujeres de este país durante 40 años y al que el PP, de la mano de sus herederos de Vox, ha dado un paso más para blanquear este martes en el Parlament. Y eso es una traición a todas las que lucharon para que podamos decidir por nosotras mismas. A nuestras abuelas no se las honra con flores, Marga Prohens. Se las honra con la verdad. Sin blanqueamientos ni amnesias.
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