No es una fantasía, es una realidad. José Luis Torrente, los “torrentes”, están que lo petan. Si en el año 1998 identificarse como extrema derecha equivalía a ser un apestado social, casi 30 años después según las encuestas están a punto de llegar al Gobierno. Que Torrente es Vox no lo digo yo, lo dice el propio Santiago Segura, que no se toma muchas molestias en ocultar que se hace de Nox, o sea, Vox, y copia hasta el color del partido (verde esperanza).
Si alguien espera que Segura dé a izquierda y derecha, no se sentirá decepcionado. Bertín Osborne haciendo de Pedro Vilches, al que se le echa en cara desde los informes de la UOC a las orgías de Ábalos, recibe por todos lados. También Briantor de Cameponex sirve como sosias de Pablo Echenique para reírse de “Pudimos” y los discapacitados, ya de paso.
Pero la realidad es esta: sobre todo los que reciben, y mucho, son los de la extrema derecha, de los que Santiago Segura se ríe a gusto poniéndoles a la altura de su Torrente, o sea, del betún. Segura siempre ha tenido la ventaja de no ser un fanático político en un país en el que la polarización política existía mucho antes del trumpismo, pero cuando la cosa se pone seria, queda claro dónde no quiere estar.
Torrente sin filtro
La trama es sencilla: por casualidad el ex policía y pobre de solemnidad Torrente acaba siendo fichado por Nox, que le ve como un tonto útil, gracias a su labia y sus discursos “sin filtro”. Torrente sigue siendo Torrente: hace chistes de negros (“hay bananas pero no tienes que subir al árbol a buscarla”), de gordas (“han escogido a la candidata del PSOE a peso”), sobre moros (muchísimos, del tipo “son todos traicioneros”) y de gays (“en España maricón es el 50%”).
A Torrente, por cierto, le gustan los gays porque son “muy cariñosos” y no entiende por qué la ultraderecha los desprecia en un monólogo delirante (toda la película lo es), en el que Torrente presidente alcanza su propio cénit de absurdez cómica. En general, hay que decirlo ya: Torrente presidente es muy graciosa, probablemente la mejor desde la primera.
Y es que los tiempos cambian, no para bien, pero sí han dado una nueva luz a un personaje generalmente denostado por la crítica fina con poco olfato, porque Torrente nos representa. Como país y como seres humanos, porque todos llevamos un Torrente dentro y gran parte de la gracia no es reírse del “otro”, sino del gañán que todos llevamos dentro (más o menos disimulado).
Cameos sin parar
El Pequeño Nicolás como enchufado tonto en el partido, Alec Baldwin haciendo de Donald Trump, Kevin Spacey como traca final de “rey del mundo”, Mariano Rajoy prestándose a un gag en el que se pone en cuestión la honradez de su Gobierno, Willy Bárcenas de “tesorero” de Vox (perdón, Nox), el “negro de Vox” (para colmo catalán) o guiños a la saga como la recuperación del personaje de Gabino Diego o José Luis Moreno, redondean el pastel.
Torrente presidente, “irresponsablemente dirigida por Santiago Segura”, es menos irreverente de lo que vende por un sencillo motivo sobre el que cabe insistir: se nota más que antes que a Segura no le gusta la extrema derecha y ahora que están en lo alto de las encuestas, la crítica se siente más urgente, más certera.
Y eso que Torrente sigue despertando nuestra simpatía porque es más ignorante que malo, más desgraciado que facha, y su troupe de descerebrados, marginados sociales y deformes siempre ha tenido un punto tierno. Debajo de Torrente, de sus chistes populares y sus bromas “zafias”, siempre ha latido buen cine social, una mirada compasiva a unas personas no tan marginales que siguen formando parte importante de nuestra sociedad.
Los perdedores existen, y no son pocos, son muchos. Torrente viaja a los barrios con menos solera, a los bares que no sirven cafés con leche de soja, a las máquinas tragaperras y al “sol y sombra”, en una comedia ligera, menos espectacular en las formas que otros capítulos de la saga más caros y aparatosos, en la que se suceden los gags, uno detrás del otro. Pero también late un mensaje casi desesperado de fondo: o escuchamos a esos “perdedores”, o quienes hacen ver que les escuchan no tardarán en utilizarlos para su propio provecho.
Absolutamente inexportable, sus chistes son imposibles de entender a un kilómetro de la frontera española. Torrente tiene una cosa curiosa: ser español se parece bastante a verla y reírse con ella. Al final es esto, por muy grande que lleven la bandera.