Hacer ‘La buena hija’, más allá del tema, ¿ha sido difícil desde el punto de vista de producción, financiación o escritura?
Júlia de Paz: La parte que más tiempo nos llevó fue el guion. Hicimos un proceso de investigación muy largo, de unos cinco, seis o incluso siete años.
Nuria Dunjó: Queríamos estar seguras de tener toda la información posible y, sobre todo, de mostrar todos los grises. No queríamos una mirada en blanco o negro, sino explorar discursos que quizá no se habían puesto sobre la mesa en torno a lo que entendemos como violencia machista.
J. d. P.: En esos siete años también hicimos un cortometraje previo, que nos ayudó mucho. Nos permitió ver por dónde queríamos ir, qué aspectos nos interesaba investigar más y en qué profundizar.
Contar una historia implica tomar decisiones. Y hay una que me parece especialmente arriesgada en la película: la decisión de no mostrar la violencia. ¿Cómo llegáis a decir “esto no se va a ver”?
J. d. P.: Fue una decisión que tuvimos bastante clara desde el principio. Lo que queríamos explorar era dónde está el límite: qué es violencia y qué no lo es. Hay muchas formas de violencia que no lo parecen a primera vista.
N. D.: Además, queríamos evitar el morbo. Nos interesaba que la violencia fuera más compleja. Incluso que el público pudiera cuestionarse por qué hay personas que ven violencia en la película y otras que no.
J. d. P.: Porque el conflicto que nos llamó la atención es que los niños y niñas víctimas de violencia machista muchas veces no son considerados víctimas si no han sufrido violencia física o sexual explícita. Y lo que queríamos mostrar es que, aunque no exista esa violencia explícita, sí conviven con ella y la sufren.
También me parece muy interesante la parte judicial de la película, aunque sea breve. Tiene mucho peso en la historia.
N. D.: Prácticamente hicimos un máster en Derecho durante el proceso. Nos ayudamos mucho de abogadas como Paula Pérez Albonar, y tuvimos acceso a juicios y a conversaciones con juezas que también tienen una mirada crítica sobre el sistema.
Existe la idea de que cuando hay separación o incluso una orden de alejamiento la violencia se termina. Pero estos niños muchas veces siguen viendo al agresor
¿Por qué contar la historia desde el punto de vista de Carmela, la adolescente?
J. d. P.: Es algo que no habíamos visto mucho antes. Nos interesaba mostrar a una persona que está sufriendo, pero que al mismo tiempo ama a la persona que le hace sufrir.
N. D.: De ahí nace la película. De observar cómo en muchos casos de violencia en la pareja los hijos no están presentes en el relato o no son considerados víctimas.
J. d. P.: Por eso nos parecía importante situarla en esa entrada a la adolescencia, en ese momento en que el mundo infantil empieza a mezclarse con el mundo adulto. La violencia también marca su identidad.
N. D.: Y además existe la idea de que cuando hay separación o incluso una orden de alejamiento la violencia se termina. Pero estos niños muchas veces siguen viendo al agresor, y ahí aparece lo que se conoce como violencia vicaria.
‘La buena hija’ es incómoda y reflexiva, y eso creo que es necesario en este tipo de historias. Además deja muchas preguntas abiertas.
J. d. P.: Queremos hacer al público partícipe del proceso creativo.
N. D.: Hay momentos en los que podríamos dar una información muy clara, muy definitiva, pero preferimos abrir interrogantes. Si no, no hay diálogo con el público.
Hay una escena muy potente: la escena del coche. ¿Estaba clara desde el guion?
J. d. P.: Nuria lo puede explicar mejor, porque fue sobre todo un trabajo de guion.
N. D.: Fue una escena que reescribimos muchas veces porque sabíamos que era muy importante. El coche era un elemento clave. Cuando eres hijo de padres separados pasas mucho tiempo en coches, yendo de un lugar a otro.
J. d. P.: Es un espacio de tránsito.
N. D.: Exacto. Y Carmela está justo en ese tránsito también emocional, descubriendo quién es después de todo lo que ha vivido. Y es también el momento en que se ofrece más información sobre el padre: intenta mostrarse vulnerable, pero lo hace desde la inseguridad y la violencia, que es la forma en la que ha aprendido a gestionar sus emociones.
La película comienza en uno de esos puntos de encuentro, tan habituales en familias arrasadas por la violencia doméstica pero poco vistos en nuestro cine.
N.D.: Queríamos mostrar la complejidad de esos espacios. Hablando con trabajadores sociales veíamos que muchos estaban en constante lucha porque querían hacer ciertas cosas, pero no podían por falta de recursos o por decisiones superiores.
J. d. P.: Con el personaje de la educadora queríamos mostrar esa frustración: ver que hay niños que no deberían o no quieren ver al agresor, pero tener que obligarlos porque así lo marca la ley.
N. D.: Buscábamos ese equilibrio entre un lugar que debería ser seguro y la sensación de peligro que aún existe.









