Hay caldos que no se cocinan solo en una olla: se cocinan en la memoria. Los isleños lo sabemos bien. Antes del mar, antes de los barcos y de los regresos aplazados, hubo siempre un hervor lento que acompañaba la vida. Quizá por eso, cada vez que en el Caribe se enciende un fogón para preparar un caldo en Cuaresma, uno siente que está repitiendo un gesto más antiguo que la propia familia.
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