Moreno Bonilla, como Ícaro, ha tratado de volar cerca del Sol y se ha quemado. Como malagueño, él mismo lo reconoce en la entrevista con Pablo Motos en El Hormiguero, tiene una tez ‘a lo andaluz’; eso quiere decir morena. No es un juego de palabras. Porque aquí, en Andalucía, hay «mucha luz», aseguraba el dirigente andaluz. También le quedaba cerca anoche desde el plató de El Hormiguero la Puerta del Sol, donde se yergue la sede ejecutiva de la Comunidad de Madrid, presidida por Isabel Díaz Ayuso, a la que anoche colmó de tímidos elogios y con la que marcó distancias, relegándola a una compañera con la que sale de ‘fiesta’, en uno de esos juegos tan característicos del programa de Motos que delatan más de lo que al invitado gustaría.
Moreno Bonilla fue anoche para hablar de su libro, pero no el que ha presentado en año electoral para hacer precampaña desde septiembre. Sino de sí mismo, de la marca Juanma Moreno y con la vista puesta también cerca del plató del programa de atresmedia. En Génova, concretamente. Porque aunque colmara en elogios también a su líder, Alberto Núñez Feijóo, en la primera parte de una entrevista con un desastroso final, este encuentro con motos pretendía ser, para el presidente andaluz, la escenificación de su persona como claro candidato a tomar el testigo del gallego. Incapaz, por el momento, de destronar a Sánchez.
Volviendo a lo que nos importa. Anoche se pudo ver de verdad, y por fin, a Juanma Moreno. Pese a que la marca es por todos conocida, en Andalucía nos la sabemos de memoria, anoche la persona le arrebató a su personaje el papel protagonista, ante el confort de una entrevista con Pablo Motos que en muchos momentos podría haber parecido a una satírica parodia de El Loco de la Colina con El Risitas hablando sobre la mundanidad de la vida. Como esos momentos maritales entrambos hombres varoniles de éxito en los que cuando llegan a casa su mujer les pone la cabeza como ‘un bombo’, según compartieron tanto Motos como Moreno, partiéndose de risa en una complicidad que no encontró más acomodo que las risas enlatadas de las hormigas bajo su hormiguero.
Digo que la persona Juan Manuel Moreno Bonilla le quitó el protagonismo a la marca Juanma Moreno porque pudimos presenciar algo que este suele tener bastante controlado: no salirse del personaje. Pero se salió. Y tanto que se salió. El espectador no sabía si lo que estaba presenciando era el pistoletazo de salida a una precampaña electoral o un aspirante a ser Carlos Latre. El presidente andaluz sacó su mejor arsenal. Mejor dicho, Juanma lo hizo. Sin rubor imitó a Aznar, a Rajoy, presumió de no saber inglés -lo típico para un líder de su talla- mofándose de que no entendía a un americano cuando le explicaba algo en su idioma… y advirtió que tiene un par de imitaciones en la recámara para cuando vuelva al plató.
Tras una primera parte de conversación más encorsetada en una banal charla sobre las labores presidenciales de Moreno, donde de forma medida compartió y expresó todo aquello que quería: tono medido, afable, empático, moderado, pausado… el que nos tiene acostumbrados, vaya, y que a veces nos hace dudar de si realmente ese sujeto existe. Incluso llegó a decir que estaba yendo a un psicólogo tras la tragedia de Adamuz. Ahí lo tenemos. Un líder masculino hablando sobre problemas de salud mental en prime time. Como si para los menores de 35 el psicólogo fuese un tema tabú, y no el precio para asumirlo porque no está entre las carteras de la sanidad pública, esa de la que Moreno está encargándose de esquilmar en nuestra comunidad. También lamentó los cribados, del que él se «enteró el último», pese a que las mujeres llevan denunciando los fallos desde 2021. Ah, por supuesto, no faltó recordar que el fallo fue de protocolo y de comunicación, y que ya está todo solucionado. Todo menos para las mujeres, a las que el presidente andaluz ha ignorado y a las que dirige una confrontación sin sentido por denunciar, simplemente, que sus vidas estaban en peligro por una negligencia administrativa de la Junta de Andalucía. Todo en orden, parece.
Sea como fuere, cuando se acabó esa «pausa» en el tono del presidente, su expresión también lo hizo. Comenzó a querer parecerse más a un colega. Una persona cercana. La próxima campaña se va a mover en el ámbito emocional. Por mucha moderación y gestión que el presidente andaluz esboce en El Hormiguero la realidad es que su campaña se basará en polarizar contra Pedro Sánchez, como hizo ayer en incontables ocasiones, pero moderadamente. La cosa es que la risa cómplice del ‘entrenado’ presentador y el encontrarse a gusto -se le podía ver en la expresión- hicieron que el andaluz patinara como disciplina olímpica.
Es muy famosa, en el mundo del motociclismo, la frase ‘tú ambición supera a tu talento’, de cuando el australiano Casey Stoner fue arrollado por Valentino Rossi en la curva uno de Jerez. La ambición de Moreno de querer reeditar la mayoría absoluta esta noche le hizo llevarse por delante todo el trabajo que seguro su mujer, Manuela Villena, una de sus asesoras de confianza, habrá elaborado con él. Quiso hacer todo lo contrario que la repetida anécdota del bar de cuando fue candidato en 2018, y dos personas hablaban sobre él sin saber quien era. Ahora quería que se le conociera por ser un tipo con el que te quieras tomar una caña, aprovechando esa vibra madrileña. Incluso se puso a tocar las palmas. Con menos arte que un cuadro de Rothko, eso sí, Moreno se arrancó. Pero gripó. Esa musicalidad que lleva en las venas, fruto de hasta cuatro grupos de música de los que participó cuando joven para «ligar», según ha confesado, se le ha quedado por el camino entre fiestas con Ayuso, recepciones lujosas en embajadas o salas secretas a lo James Bond en el Parlamento andaluz. Pero como sería lo de las palmas que hasta Pablo Motos miró para otro lado consciente de lo que estaba presenciando.
En definitiva, anoche Moreno sorprendió, pero para mal. La sensación de querer ser gracioso sin tener la capacidad; de moderación mientras habla del «sanchismo» como si hubiera pretendido dar un golpe de Estado, como Trump, con el que él y su partido prefieren alinearse. Habla de que con el PSOE es difícil pactar por culpa de la polarización con Sánchez pero posteriormente, en el citado juego en el que selecciona a Ayuso como la mejor candidata para irse de fiesta, rechaza de una tacada la posibilidad de reconocer a los líderes de izquierdas (Rufián, Montero, Díaz y Sánchez) con algún tipo de atributo positivo. ¿Moderación o polarización? Cualquier líder ávido, con instinto, no hubiera dejado pasar la ocasión de escenificar esa moderación. Pero Moreno ya estaba borracho de gloria y de sí mismo. Y el artificio había sido despojado. Improvisar es el punto débil del presidente andaluz.
Poco le faltó para soltar algún que otro exabrupto entre colegones al final. Mientras ensalza a Felipe González o Anguita, dice que la clase política española actual es la peor de la era democrática, mientras enchufa a cinco periodistas afines en Canal Sur para el arreón final de la campaña electoral. España entierra bien, dicen, y cómo recuerda. La artificiosa moderación de Juanma Moreno se escapa entre las palmas y las risotadas rancias de la persona, que acudió al programa de Motos como un líder presidencial y se fue como candidato a la Corte, pero sin talento.












