«Tengo un diploma de Leyes, que cuelga simbólicamente sobre el W.C. de mi casa. Está en su sitio, porque hubiera sido un abogado de mierda». No conviene reírse mientras Alfredo Bryce Echenique encadena su «humor espontáneo», si estás al volante del coche que negocia las curvas ahorcadas entre Pollença y Formentor. En este paraíso mallorquín escribió buena parte de su obra el hoy copiloto peruano, «somos un territorio de desconcertada gente», refugiado en un bungalow de la mansión a la orilla del mar de su compatriota Lucho León. Había rematado ‘No me esperen en abril’, cuando diseccionaba «la lotería babilónica» de los premios que se negaba a jugar:
-Fíjate ahora mismo en Mario Vargas Llosa y Carlos Fuentes, que se han autoproclamado como los únicos ganadores posibles del próximo Nobel hispanoamericano. A mí me alegra profundamente el premio a Darío Fo, y Woody Allen podría ser un ganador excelente.
El burgués burlón huía de las revoluciones para no someterse. «Fidel Castro cogió un país al nivel de Argentina y lo devolverá a la altura de Haití». Era imprescindible tomar notas, pero cada meandro de la carretera se asomaba al abismo. Inasequible al vértigo, Bryce siempre habla entre otros para sí mismo, y ahora acomete una revolución literaria:
-Los escritores latinoamericanos nos sentimos deudores precarios. Hemos escrito para españoles, para franceses,… Hasta que llega el ‘boom’, cuando decidimos escribir para escribir.
Leer a Cortazár decidió a Bryce a narrar, siempre que no fuera como el argentino. «Le veo el lado grotesco a las cosas más solemnes», musita mientras contempla un acantilado inigualable por la ventanilla. Y ametralla una lista de escuetas definiciones surrealistas, como en «Borges es el mejor afinador de violines». Siempre que nos vimos, aunque ya no más, la conversación no cedía hasta que el limeño sentenciaba que «el humor es lo contrario de lo aburrido, no de lo serio».
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