El primer día de guerra con Israel y Estados Unidos fue muy duro para Irán. El líder supremo iraní, el ayatolá Ali Jamenei, murió bajo los bombardeos en el primer día de contienda, y para evitar que cundiera la sensación de vacío de poder, la República Islámica se apresuró a elegir un sucesor, que ya existe, pero que no ha sido aún anunciado públicamente. Manteniendo plenamente encendida la retórica de guerra y el tono bravucón que le caracteriza, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, ha asegurado a la ABC estadounidense que si el nuevo líder supremo no cuenta con su aprobación, «no durará mucho«.
«La elección del liderazgo ya se ha efectuado y el líder ha sido designado«, era la confirmación que daba a los medios iraníes el ayatolá Ahmad Alamolhoda, uno de los 88 religiosos de la Asamblea de Expertos. Esta fuente es un clérigo ultraconservador con cercanía al ala dura de la República Islámica. Lo confirmaba también Mohammad Mehdi Mirbagheri, otro miembro de este organismo. Ambos constatan que ya existe un «dictamen firme» sobre el sucesor de Jamenei, y que solo faltaría hacer público su nombre. Un tercer clérigo, Mohsen Heidary, ha apuntado que el elegido es «el candidato más adecuado, aprobado por la mayoría de la Asamblea de Expertos», y que el candidato ha sido seleccionado basándose en una instrucción del ayatolá Jameneí cuando todavía vivía: que fuera alguien «odiado por el enemigo». Donald Trump se refirió esta semana a uno de los nombres más sonados para esta responsabilidad, Mojtaba Jamenei, hijo del difunto, y dijo de él que era un candidato inaceptable y se atrevió, incluso, a reclamar participar en esta elección.
Presiones y amenazas de muerte alrededor del nombramiento
De resultar elegido Mojtaba Jameneí, se esperaría de él una continuidad de la acción de su padre: mantiene vínculos con el ala más dura de la Guardia Revolucionaria y con el aparato militar y de seguridad que constituyen el núcleo duro del poder en Irán. Por su parte, el ayatolá Ahmad Alamolhoda ha desvelado quién será el responsable de comunicar el sucesor de Jamenei: el secretario de la Asamblea de Expertos, el ayatolá Hashem Hosseini Bushehri. Por otro lado, algunos de los representantes más prominentes de la Asamblea, según informa Ali Falahi, habrían presionado para que los trámites se aceleraran. El sábado, de hecho, estas presiones se hicieron notar especialmente, cuando el presidente, el moderado Masud Pezeshkián, se vio desautorizado por el aparato militar y de seguridad del país, después de asegurar en un discurso televisado que su país no atacaría más a los Estados vecinos y de pedir perdón por estos movimientos. Las tensiones crecieron hasta el punto de que el parlamentario ultraconservador Hamid Rasaei hizo un llamamiento para disolver el Consejo de Liderazgo provisional, compuesto por el propio Pezeshkián y otros dos miembros.
Por otro lado, horas antes de que el ayatolá Alamolhoda asegurara que la Asamblea de Expertos ya ha tomado una decisión, la cuenta en persa del ejército israelí en X aseguraba que el órgano clerical se reunirá en la ciudad de Qom, y amenazaba a sus miembros con matarlos, del mismo modo que con el que quiera que sea el sucesor de Jamenei, unas amenazas a las que se suma ahora Donald Trump al asegurar que si el nuevo líder supremo no es de su agrado, no durará mucho. Este martes, de hecho, Israel aseguró haber atacado un edificio que albergaba una reunión del organismo con el fin, precisamente, de elegir al sucesor del difunto líder.
El proceso sucesorio que está ahora en marcha es particular por poco habitual, ya que solamente se ha llevado a cabo una vez desde 1979, año en el que se constituyó la República Islámica. En 1989, diez años después, Ruholá Jomeini falleció y Jamenei fue elegido para sucederle, a pesar de no contar con las altas credenciales clericales que deben tener los líderes supremos. Tampoco las tiene su hijo, pero esta falta no es un problema insalvable para ser nombrado como tal. No obstante, lo que sí hizo arquear algunas cejas ha sido el parentesco familiar, lo que podía dar cierta sensación de poder hereditario similar a la de la antigua monarquía, algo a lo que el propio Ali Jamenei se opuso durante su mandato.
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