«Tonto útil» es como llamaban los soviéticos a los simpatizantes occidentales de su causa dispuestos a ayudarles en operaciones de propaganda o en misiones de mayor calado. Durante más de tres décadas Binyamín Netanyahu buscó a su ‘tonto útil’ en la Casa Blanca, un presidente presto para ser arrastrado a una guerra con Irán, la gran obsesión de su carrera política junto al sabotaje de un Estado palestino viable. Netanyahu tergiversó reiteradamente los tiempos del programa nuclear iraní y trató de convencer a Occidente de que su supervivencia dependía de la destrucción del régimen de los ayatolás. Con George Bush estuvo a punto de conseguirlo a principios del milenio, pero como dijo esta semana el senador demócrata Chris Van Hollen, hasta ahora «Netanyahu no había encontrado a ningún presidente lo suficientemente estúpido para arrastrar a Estados Unidos a esa guerra». Una búsqueda que acabó la semana pasada con Donald Trump.
Israel lleva muchos años condicionando la política estadounidense en Oriente Próximo gracias a la influencia de sus aliados, sus lobies y los donantes afines a la causa del Gran Israel en Washington. Un patrón minuciosamente documentado en ‘El lobby israelí y la política exterior de EEUU’, el libro de los prestigiosos politólogos John Mearsheimer y Stephen Walt. Pero la novedad esta vez es que figuras de la propia Administración Trump han reconocido que fue Israel el que arrastró a Washington a la guerra. «Sabíamos que iba a haber una acción israelí que precipitaría un ataque contra las fuerzas estadounidenses, y sabíamos que si no actuábamos de forma preventiva antes de que lanzaran esos ataques sufriríamos muchas bajas», afirmó el pasado lunes con una sorprendente candidez el secretario de Estado, Marco Rubio, a los periodistas.
Una explicación muy semejante a la que dio el líder de la mayoría republicana en la Cámara de Representantes, Mike Johnson. «Israel estaba decidido a actuar en su propia defensa, con o sin el apoyo estadounidense. ¿Por qué? Porque enfrentaban lo que ellos consideran una amenaza existencial», dijo esta semana. O el senador demócrata Mark Warner, que sirve como número dos en el Comité de Inteligencia del Senado. «Esta es una guerra por elección que, como han reconocido otros, ha sido dictada por los objetivos y el calendario de Israel».
Justificaciones infundadas
La Casa Blanca ha tratado de apagar el fuego desde entonces ante el escándalo que ha generado en algunos sectores de la opinion pública, incluido el movimiento MAGA. Tanto Trump como sus portavoces han negado que esta sea una guerra subrogada o que EEUU actúe como un vasallo de Israel, obligando a sus contribuyentes a pagar una factura que no les corresponde o enviando a decenas de miles de estadounidenses a jugarse la vida por un tercer país. Pero no ha servido de mucho.
La Administración ha sido incapaz de justificar la legalidad o, si quiera, la necesidad de su intervención, claramente contraria al derecho internacional y lanzada en plenas negociaciones con Teherán. Altos cargos del Pentágono han negado en el Congreso que existiera una «amenaza inminente» por parte de Irán, mientras la inteligencia refutaba que estuviera desarrollando misiles balísticos capaces de alcanzar EEUU, como repite Trump. Al igual que sucedió en Irak en 2003, esta es, por tanto, una guerra ilegal y basada en argumentos espurios.
Pero ya no hay marcha atrás. Los posibles motivos de Trump para ponerse al servicio de Netanyahu, un dirigente perseguido por la justicia internacional por crímenes de guerra en Gaza, son múltiples y de momento puramente especulativos. «Bibi (Netanyahu) quería la guerra y Trump quería hacer algo excepcional», ha dicho el primer ministro israelí, Ehud Olmert. La obsesión del neoyorquino por pasar a la historia, ganar un Nobel o convertirse en una suerte de emperador del mundo no son a estas alturas ningún misterio.
Destrucción total del régimen
Lo que quizás no tenga tan claro es que Netanyahu podría haberle arrastrado a un nuevo Vietnam, después de venderle a los estadounidenses que esta sería «una acción rápida y decisiva», según le dijo a la cadena Fox News. Particularmente si Trump pretende mantener lo que dijo este viernes: «no habrá ninguna acuerdo con Irán salvo su rendición incondicional». Un escenario que ni está ni se le espera.
Para Netanyahu, esta es la oportunidad que llevaba esperando toda su vida, no porque crea realmente que Irán pueda destruir a Israel, sino porque los ayatolás han sido una permanente piedra en el zapato del irrefrenable expansionismo israelí y sus ambiciones para dominar la región como un capataz en su cortijo. A diferencia del Estado judío, la República Islámica no tiene armas nucleares ni ha empezado una sola guerra desde su fundación en 1979, por más represivo que pueda ser su régimen internamente o por más que haya injerido en la política de algunos de sus vecinos. En ese sentido ambos países se parecen. Y, si no, que se lo pregunten a los palestinos o los libaneses.
El plan inicial de Netanyahu en Irán ha fracasado. El descabezamiento de su liderazgo no ha puesto en marcha la insurrección popular que supuestamente debe destronar al régimen. Pero en Gaza o el sur del Líbano el mundo ha visto hasta dónde puede llegar Israel para conseguir sus objetivos, resumidos esta semana por un ex alto cargo de la inteligencia israelí en las páginas del ‘Financial Times’. El objetivo, dijo Danny Citrinowicz, es «la destrucción total del régimen, de sus pilares y de todo aquello que lo mantiene en pie».
¿Una nueva Siria?
El plan B que asoma es el que temían muchos iraníes: intensificación de los bombardeos y un plan para armar a las minorías y la oposición iraní con la intención de que abran focos armados contra el régimen y allanen el camino para un levantamiento popular. Un escenario en el que está cooperando la CIA de forma solícita. Que esos planes puedan desembocar en un escenario siniestro, parece ser lo de menos.
«Si podemos tener un golpe de Estado, estupendo. Si podemos tener gente en las calles, estupendo. Si podemos tener una guerra civil, estupendo. A Israel le importa muy poco el futuro o la estabilidad de Irán», reconoció , Citrinowicz. Esa, añadió, es la principal diferencia con EEUU. A Washington le preocupa encontrar una alternativa a los ayatolás y proteger a sus aliados regionales. A Israel solo asegurarse de que Teherán dejará de hacerle sombra durante una larga temporada. Y si eso se consigue convirtiendo a Irán en una nueva Siria para que se autodestruya durante años, como temen algunos iraníes, bienvenido sea.
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