Se ha puesto de moda estos días la palabra «pucherazo» para aludir al «fraude electoral que consiste en alterar el resultado del escrutinio de votos» (DRAE), al parecer perpetrado por el progresismo patrio para escalar al sitial desde el que defender a la clase obrera. Y es que cualquier sacrificio es poco cuando de empeño tan generoso se trata.
A mí, la palabra no me gusta porque la encuentro como una degradación de «puchero» que es marmita, olla, perol, es decir, el admirable recipiente que permite pasar de lo crudo a lo cocido, un proceso de cuyas resultas nace el estofado de carne del cordero pascual o las patatas con un rape de episcopal linaje: ¡nada menos!
Aceptemos empero el aumentativo porque, si medito un poco, me doy cuenta de que la época bendita de lucha inflexible contra el fango que disfrutamos en España está plagada de aumentativos poderosos, llenos de gracejo y, sobre todo, de brío verbal.
Porque, junto al pucherazo y, como un derivado de él, tenemos el «pelotazo» que se produce cuando, y vuelvo al DRAE, se obra el milagro de una «operación económica que produce una gran ganancia fácil y rápida». Lo bueno es que aquello que, a primera vista, puede oler a chanchullo o a tropelía, en puridad se trata de la aplicación del ingenio financiero, ahora en beneficio, no del señorón capitalista que fuma puros en los salones de oro y vicio, sino del proletario y de sus exigencias implacables.
Pues ¿qué decir del decretazo? También suena a insulto dirigido a ese pobre decreto que ha vivido siempre sin mayores pretensiones en su pequeñez reglamentaria y subalterna. En rigor, el decretazo es el invento del jurisperito del empoderamiento para introducir aquellas reformas que exige la lucha de clases y la neutralización de la extrema derecha.
Y es que, frente a la crusilería de la ley, tramitada con melindres de leguleyo miope y opaco, el «decretazo» suena al sonido de la trompeta que anuncia con su estruendo la arbórbola sin tregua del Progreso.
El «bandazo» y el «cambiazo», producidos cuando se cambia de opinión, no por intereses personales o apetito desordenado de poder, sino de nuevo por exigencias de una clase obrera que no perdonaría ese «sostenella y no enmedalla», propio de las épocas aflictivas dominadas por las gentes de sable que salen en las novelas de Valle Inclán.
El «cambiazo» como el «zapatillazo», el «zapatazo» o el «braguetazo» son metáforas que representan el vaivén, el ritmo, o, si se prefiere, la cometa que sube al cielo donde se anuncian y se dibujan, como una premonición, las grandes y benéficas mudanzas.
El «sablazo» es lo que el Poder practica cuando nos atiza un «porrazo» en nuestros ahorros y el «chivatazo» es lo que se hace cuando se alerta a un terrorista que la policía no le quita ojo de encima y que se ande con los pies de plomo.
En fin, poner el cazo esta emparentado con todo lo dicho hasta aquí.
Pido indulgencia al lector y confío en que esta Sosería sea calificada como un «articulazo» y no como un «coñazo».
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