Se veía venir. Desde que a finales de enero Donald Trump comenzó a reforzar la ya importante presencia de la Quinta Flota de la Armada de los Estados Unidos en el Golfo Pérsico, las sospechas de que más temprano que tarde se iba a producir un ataque en toda regla a la República Islámica de Irán comenzaron a transformase en certezas. A pesar de que formalmente se estaba negociando en Ginebra un acuerdo para la reducción del potencial nuclear iraní: para Teherán se trataba de un intento de contener la agresión y para Washington era una cortina de humo, como los hechos han demostrado.
Durante su última campaña electoral Trump había prometido evitar “guerras interminables” y contribuir a terminar conflictos de larga data a través de la diplomacia, pero las evidencias, tras casi catorce meses de mandato, apuntan precisamente a lo contrario: a día de hoy la guerra de Ucrania, que en un arranque de optimismo prometió terminar en tres días, sigue su curso; el apoyo material irrestricto a su amigo Bibi Netanyahu ha permitido a éste llevar adelante su castigo bíblico contra los palestinos de Gaza hasta las últimas consecuencias, y le está permitiendo también ampliar su radio de acción bélica para conformar el Gran Israel sionista; finalmente Venezuela se ha librado por ahora de ser bombardeada masivamente tras la “extracción” de su presidente/dictador, gracias a la ductilidad de la antigua vicepresidenta –hoy presidenta en funciones– y su entorno político y militar, que han preferido pactar un vasallaje operativo en lugar de optar por una resistencia sin mañana.
En el ámbito de las amenazas, está pendiente todavía el control futuro del canal de Panamá, la cuestión de Groenlandia permanece en “standby” a la espera de lo que jefe MAGA decida más adelante, y el cambio de régimen en Cuba puede estar a la vuelta de la esquina, a juzgar por las últimas insinuaciones del presidente norteamericano.
El bombardeo masivo y la destrucción en curso en Irán –con apoyo gustoso israelí (“amor con amor se paga”) constituyen una catástrofe largamente insinuada por el vigente hegemón mundial que exige, no sólo la liquidación de su capacidad nuclear, sino también la rendición incondicional de su régimen y, seguramente, de los dirigente que sobrevivan al Armagedón en curso. Después de haber declarado públicamente que el derecho internacional le sobraba y que su propia moralidad y su mente eran lo único que le podía parar, Donald Trump parece haber decidido quitar de en medio a todo aquello y todo aquél que se interponga en su camino, aunque se trate, como en el caso iraní, del presidente legítimo de un país y de un régimen que puede no gustarnos a muchos pero que forma parte de una Organización de Naciones (Unidas) regida por unas normas que básicamente nos habían permitido entendernos razonablemente en los últimos ochenta años.
Sin embargo, a diferencia de otras aventuras hegemónicas trumpistas, la guerra de facto con Irán (no ha existido una declaración de guerra formal aprobada por el Congreso de los Estados Unidos) puede acabar implicándonos a todos. El “contagio”, de hecho, ya ha empezado: hasta ahora más de una docena de países se han visto involucrados directa o indirectamente en Oriente Medio, el Cáucaso, el Mediterráneo y el océano Índico; las consecuencias económicas afectan a bastantes más. España ha mandado una fragata a Chipre para reforzar la presencia naval de Francia, Reino Unido y Grecia en apoyo disuasorio a la isla. Pero se ha negado a que desde las bases españolas de Morón y Rota, donde se encuentran estacionadas unidades aéreas norteamericanas, se lancen operaciones ofensivas contra Irán. El vigente Convenio hispano-norteamericano de Cooperación para la Defensa así lo permite, para irritación del presidente Trump que ha amenazado con cortar toda relación comercial con España y ha llegado a musitar que, de todos modos, “podríamos utilizar sus bases si quisiéramos, podríamos volar hasta ahí y usarlas. Nadie nos va a decir que no las utilicemos”. Lo que pasa es que la ley internacional en la que Trump no cree –el Convenio firmado por los Estados Unidos y España– sí les puede decir que no las utilicen en determinados casos. Pero, si el presidente insistiera ¿quién le pondría el cascabel al gato?
Mientras tanto, y aunque sea por razones distintas, Rusia y China no han ido más allá de condenar verbalmente los ataques de Estados Unidos e Israel a un Irán que ha prometido morir matando. En ello está. El jefe del Pentágono, por su parte, ya ha anunciado que los ataques más letales están por llegar.
Esperemos que las guerras de Donald terminen antes de que puedan terminar con nosotros también.













