En la madrugada de este sábado, uno de los estanques de barro del entorno del Paisaje Natural Protegido de Pino Santo, en las conocidas Charcas de San Lorenzo, colapsó. Una de las pocas que estaba destinada al almacenamiento de agua. No se trata solo de una infraestructura hidráulica que ha cedido al paso del tiempo, es también un símbolo de la desidia institucional de un entorno natural que lleva demasiado tiempo sin ser atendida.
Estas charcas, construidas por la mano del hombre en el siglo XVII, forman parte de un paisaje cultural que explica cómo Gran Canaria aprendió a gestionar el agua en un territorio marcado por la escasez. No son simples estanques de barro, son instalaciones de una inteligencia hidráulica heredada, un patrimonio que combina historia, ingeniería popular y relación con el territorio.
Sin embargo, durante años los vecinos hemos advertido del deterioro progresivo de estas estructuras. La falta de mantenimiento y la ausencia de una intervención pública decidida, han permitido que la degradación avance silenciosamente, hasta que la madrugada de hoy nos ha dado la noticia que muchos temíamos.
Daño a un camino histórico
El colapso no solo ha afectado al estanque. También ha dañado el histórico Camino Viejo de San Lorenzo, uno de los caminos reales de Gran Canaria que durante siglos ha conectado Tamaraceite con Teror. Por este camino no solo transitaban mercancías o agricultores, sino que es un lugar de ocio y tiempo libre para muchos vecinos del distrito.
Cuando se pierde o se deteriora un camino real o un estanque, no desaparece solo un camino o un estanque, se rompe también una parte de nuestra memoria colectiva. Lo más doloroso de este episodio es que no puede calificarse de imprevisible. Durante años, colectivos vecinales y personas comprometidas con el patrimonio hemos insistido en la necesidad de conservar tanto los estanques y la infraestructura hidráulica que le rodea, como el camino real, hito histórico de los pueblos de Tamaraceite y San Lorenzo. Las advertencias estaban ahí. Las fotografías del deterioro también. Pero entre informes, promesas y cambios de legislatura, las soluciones nunca llegaron.
La política suele reaccionar mejor ante la urgencia que ante la prevención. Y ese es precisamente el problema. El patrimonio natural, histórico y patrimonial no se conserva con declaraciones de buenas intenciones ni con visitas institucionales puntuales. Se conserva con planificación, mantenimiento y compromiso.
Protección de un sistema histórico de gestión del agua
Lo ocurrido hoy en las Charcas de San Lorenzo debería servir como punto de inflexión. No solo para reparar los daños, sino para asumir una responsabilidad que va más allá de un simple arreglo puntual. Se trata de proteger un sistema histórico de gestión del agua y un camino que forma parte del ADN territorial de Gran Canaria.
Cuando una infraestructura del siglo XVII colapsa por abandono en pleno siglo XXI, la pregunta no es solo qué se ha roto. La pregunta es qué hemos dejado de cuidar como sociedad. Y la respuesta, por desgracia, lleva años escrita en el barro que hoy se ha venido abajo.
Tal vez convendría recordar hoy las palabras y el trabajo de personas que dedicaron su vida a defender el patrimonio de estas islas y de este enclave en particular como mi amigo Paco González, impulsor de la Plataforma Salvar Las Charcas de San Lorenzo hace 30 años, quien ha insistido siempre en que este entorno no es solo una serie de estanques, sino la huella viva de la sociedad que lo construyó. Los caminos, los estanques, las acequias o los muros de piedra también cuentan la historia de Gran Canaria. Cuando permitimos que se deterioren hasta desaparecer, no solo perdemos una infraestructura antigua, perdemos una parte de lo que somos. Quizá el colapso de este estanque en las Charcas de San Lorenzo debería recordarnos que el patrimonio no se defiende cuando ya se ha derrumbado, sino mucho antes, cuando aún estamos a tiempo de cuidarlo.
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