Repleto de notas adhesivas. Así queda tras la lectura ‘Koljós’ por poco que al lector le guste marcar un pasaje, una frase, una idea. Este es sin duda uno de los mejores libros, si no el mejor, de Emmanuel Carrère (París, 1957). Quedó finalista del Goncourt 2025, pero podría haber ganado… De hecho, se llevó el Prix Médicis al día siguiente. Es cierto que Carrère, gurú de la autoficción en Francia, es un personaje muy marcado literariamente porque cultiva ese género en el que autor, narrador y protagonista confluyen generando un tipo de narrativa solipsista no siempre al gusto de la crítica. El escritor parisino, quien se dio a conocer a nivel internacional con ‘El adversario’ (2000) -libro psicológico donde narra el asesinato cometido por Jean-Claude Romand en 1993-, ya se había sumergido en la historia de sus antepasados, sobre todo en ‘Una novela rusa’ (2007). Aquí, sin embargo, amplía hasta la dimensión de fresco familiar esta exploración vertical, la relación entre generaciones de una misma familia. En el centro, su madre, la eminente historiadora Hélène Carrère d’Encausse (1929-2023).
Viejo zorro, Carrère enfoca el libro como un homenaje a la madre, que ya aparece en la foto en blanco y negro de la portada rodeada de sus tres hijos de niños. Sin embargo, si bien el libro pivota alrededor de la madre y de su muerte, MDM (muerte de mamá), el homenaje parece dirigirse más bien al padre, el hombre en la sombra, el marido que vive eclipsado por su brillante esposa. Para él, que se dedica a los seguros (su alias es Loulou), no hay nada más fascinante que el encuentro fortuito que se produjo entre él, un francés nacido en el seno de una familia de músicos en Encausse, localidad situada en los Pirineos, y Hélène Zourabichvili, una pobre refugiada cuyos antepasados procedían de Georgia, por parte de padre, y de la aristocracia rusa blanca, por parte de madre. El tema es que el padre georgiano procedía concretamente de un pueblo, Poti, llamado antiguamente Fasis. Y el progenitor de Carrère está convencido de que estas dos localidades tienen un punto de conexión inesperado: Pompeyo, de vuelta a la península Ibérica, se paró en la estación termal de Encausse con su ejército antes de conquistar Fasis, en el 72 a. C. «Curioso guiño de la historia a una pareja del siglo XX», escribe el padre del escritor en sus notas de historiador familiar aficionado. Esta investigación sobre la familia de su esposa es el hilo de donde tira Carrère para alimentar un libro que se despliega abarcando el destino de cada uno de los miembros de la familia hasta llegar a él mismo. De hecho, escribe el libro del padre como si fuera una misión, un viaje desde sus orígenes que lo lleva a revisar la relación con una madre tan poderosa como infeliz.
La literatura tiene muchas funciones, una es la de convertir a las personas reales en personajes inmortales. En ‘Koljós’ vemos a esta madre excepcional como si la tuviéramos delante, incansable, idealista y al mismo tiempo dogmática, una mujer que se abre camino de la nada hasta alcanzar la cumbre y que duerme en un estrecho canapé que se convierte en cama cada noche. Carrère parece pasar cuentas con ella, recriminarle su frialdad ante el marido, su enemistad con su hermano pequeño Nicolai, la oveja negra de la familia y precisamente con quien el autor tiene una complicidad absoluta.
Relacionarse con la lectura
También le perdona cuando evoca un momento delicioso de armonía familiar: la madre reúne a sus polluelos para dormir juntos si el padre está de viaje. Una mujer, además, que promete a su hijo, cuando tiene 11 años, que pronto podrá, ni más ni menos, que leer a Fiódor Dostoievski. La lectura como forma de relacionarse con el mundo está presente en esta familia tan cultivada y marca para siempre a Carrère, cuyo sueño es ser Hans Castorp en ‘La montaña mágica’ y pasarse el día, la vida, leyendo.
En ‘Koljós’ saboreamos el dominio del autor en el arte de pasar de la historia familiar a la Historia en mayúsculas, y así repasa los sucesos más destacados del siglo XX en Rusia y la guerra en Ucrania. A menudo el relato adopta la forma de crónicas de guerra, en las que Carrère entra en discusión ideológica constante con la madre, quien, pese a ser una experta en Rusia, se equivocó cuando predijo que Vladímir Putin jamás invadiría Ucrania. Al menos, y eso es una «buena noticia», cuando la KGB la tanteó para convertirla en agente de influencia soviética, ella «lo rechazó educadamente».
Pese a sus más de 400 páginas, ‘Koljós’ se lee de un tirón, no solo gracias a los numerosos capítulos, sino porque dentro de cada uno hay intertítulos que van delimitando los temas. El estilo es ágil, casi periodístico, y Carrère consigue, con esa capacidad para mirar y narrar la vida, con ese tono sincero y veraz que caracteriza a sus obras, conectar con el lector y llevarlo a su campo. Sin olvidar el humor y lo que en francés se denomina la ‘autodérision’, esa capacidad que tiene de reírse de sí mismo y encajar críticas como las que le lanza su pareja cuando le dice que es un «egoísta», un niño mimado al que nunca la ha faltado de nada.
‘Koljós’ es mucho más que una revisión de la historia materna: es principalmente una historia de amor -y desamor– narrada des de la perspectiva del hijo, pero también una meditación sobre las contradicciones de un amor tan complejo como es el paterno y maternofilial, sobre el peso de la herencia familiar y la nostalgia de los orígenes borrados por culpa de las migraciones.
‘Koljós’
Autor: Emmanuel Carrère
Editorial: Anagrama . Barcelona, 2026.
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