En Feijóo se incumple estrepitosamente el dicho según el cual, si te encuentras a un gallego en una escalera, no lograrás averiguar si sube o baja.
Feijóo siempre baja.
Hay personas que, incluso cuando se equivocan, transmiten la impresión de avanzar. Se caen hacia delante, por así decirlo. Tropiezan, pero el movimiento general resulta ascendente. Lo de Feijóo es distinto: cae sin método. Escuchas sus intervenciones públicas, diseñadas para no molestar a nadie, excepto a Pedro Sánchez, y te preguntas qué clase de asesor sintáctico tienen en Génova. La sintaxis, como decía Valery, es una facultad del alma. Sin ella, sin el alma, resulta imposible producir oraciones gramaticalmente aseadas. La política española, como casi todas, tiene algo de edificio antiguo: escaleras de piedra, barandillas gastadas, rellanos donde la gente se cruza y se mide. En ese edificio hay dirigentes que suben, otros que bajan y algunos que se quedan quietos a la espera de una coyuntura favorable. Feijóo pertenece a una categoría peculiar: la de quienes descienden moralmente convencidos de que suben electoralmente. Lo hace con tal empeño que ha terminado por convertir su programa en una caída. Le han convencido de que el sótano es una de las apariencias de la cumbre.
Tal vez el problema no sea ideológico, sino postural. Hay quien que desarrolla con los años una especie de memoria muscular para determinadas posiciones del espíritu. Como quien se acostumbra a caminar ligeramente encorvado y termina creyendo que el mundo se ha vuelto más bajo. Feijóo parece haber adquirido ese hábito moral: el de inclinarse (ante Trump o ante Abascal o ante la patronal, pongamos por caso) fingiendo que se estira. Tal vez por eso, cuando uno lo observa durante un rato, termina recordando inevitablemente la foto del yate con el famoso narco: se untaba el hombre la crema de protección solar con el gesto de quien cree haber llegado arriba cuando no hacía otra cosa que iniciar un descenso hacia sí mismo.















