Sin iPhone, sin grandes redes sociales, ni asistentes de inteligencia artificial. Para muchos, el año en el que el Mobile World Congress desembarcó en Barcelona podría ubicarse en la prehistoria digital. No fue hace tanto. En 2006 no había smartphones, la finlandesa Nokia dominaba el mercado de la telefonía móvil, el Blu-ray era el no va más, la gente escuchaba música con reproductores MP3 y Facebook dejaba de ser un espacio para universitarios para convertirse en una red social abierta al mundo. Aún faltaba más de una década para el nacimiento de la IA generativa.
La simbiosis entre el MWC y Barcelona está tan normalizada que parece un fenómeno natural. Las siglas del congreso parece que no pueden entenderse sin ir acompañadas del nombre de la capital catalana. Sin embargo, hubo una época en la que no fue así. La feria, cuya primera edición se celebró en Roma en 1987, era conocida en 2006 como 3GSM World Congress. Su nombre respondía a GSMA, patronal mundial de las empresas de telecomunicaciones y organizadora del evento, pero también al 3G, la tercera generación de tecnologías de transmisión de datos que abrió la puerta a la revolución de la telefonía móvil. Un año más tarde, Steve Jobs presentaba el célebre smartphone de Apple que lo cambiaría todo.
Steve Jobs presenta el iPhone en 2007. / Archivo
«Desde Barcelona vimos cómo el mundo pasó de tener un teléfono en el bolsillo a un ordenador«, explica Eduard Martín, director de innovación de Mobile World Capital Barcelona, la fundación público-privada vinculada al congreso que promueve el desarrollo digital de la sociedad. Eso explica que, en 2008, la feria adoptase oficialmente el nombre de Mobile World Congress.
Congreso transversal
Mucho ha cambiado desde entonces. El MWC ha pasado de ser una feria de dispositivos telefónicos protagonizada por marcas como Nokia, Motorola, Sony o la icónica y ya difunta BlackBerry a convertirse en el epicentro que reúne a toda la industria digital. Aunque la red móvil sigue teniendo un peso capital, el congreso se ha abierto a todo tipo de sectores, desde las finanzas a la salud, pasando por el deporte, la exploración espacial, el entretenimiento o lo militar.
«El MWC no es la industria hablando consigo misma (…) Construimos redes, pero lo importante es cómo se utilizan. Por ejemplo, si nos fijamos en el 5G, la mayoría de las características interesantes son en realidad características de tipo empresarial que pueden beneficiar a los clientes«, explica Vivek Badrinath, director general de GSMA, en una entrevista con El Periódico. Esa transversalidad explica que la organización recuperase el acrónimo MWC como nombre oficial.

Asistentes al Mobile World Congress de Barcelona, en una foto de 2009. / Joan Cortadellas
Si en 2006 reunió a unas 50.000 personas, el año pasado la asistencia se disparó hasta los 109.000, un récord histórico para el certamen. Más de la mitad de los congresistas que visitan cada año el recinto Gran Via de Fira de Barcelona, en L’Hospitalet de Llobregat, ya no pertenecen al sector de las ‘telecos’. Si hace 20 años la feria reunía a unos 962 expositores, el año pasado fueron casi 3.000.
Salto tecnológico
El salto también ha sido tecnológico. El MWC ha pasado de móviles ahora considerados «tontos» —eso es, sin acceso a internet— a pantallas plegables, robots, sistemas de IA que operan como agentes autónomos, coches inteligentes, gafas de realidad virtual, satélites que llevan la conectividad a casi todos los rincones del mundo e incluso chips incrustados en el cerebro que podrían mejorar la vida a personas con discapacidades físicas.
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