Ya he perdido la fe en que al pedir un expreso en cualquier barra, lo que me llegue sea algo parecido a un expreso. Lo que debería ser un placentero trago, efímero y breve; concentrado, intenso, aromático, algo denso y cremoso, se acaba convirtiendo en un trago horrible, aguado, con sabor a Fairy y toques de cianuro. Qué decir ya de esos que vienen en vasitos de usar y tirar. El café es el mejor ejemplo de la mediocridad reinante en tantos bares. Es objeto de maltrato, de falta de sensibilidad, de conocimiento.
A pesar de que el expreso, como su propio nombre indica, debería ser de una intensidad breve, aquí tenemos la manía, por no decir delito, de traducirlo a un café solo, más bien largo y de pésima calidad, una agonía interminable. Por ese temor a recibir el expreso en esta forma, siempre aclaro al camarero o la camarera de turno que quiero un expreso «muy corto», aunque eso sea una estupidez. Pido lo que normalmente sería un ristretto.
De la oferta hostelera de los aeropuertos canarios no podemos, ni debemos, esperar gran cosa. Precios abusivos, productos de ínfima calidad, ultraprocesados… y probablemente el peor café del mundo. Y mire que en esto hay una dura competencia a ver quién ofrece lo más malo. Hace unos días, mientras esperaba para embarcar en el aeropuerto de Los Rodeos, en Tenerife, cometí un error que, a pesar de ir sin expectactivas de tomar un buen café, se acabó colando en el top tres de los peores en años.
A pesar de pedir un expreso «muy cortito», lo que me llegó, por dos euros, fue un desagradable líquido con sabor a lejía, en un vasito de papel y cuyo contenido casi llegaba hasta arriba. El vuelo salía en unos minutos, y me quedé sin tiempo para intentar dialogar con la persona que me preparó eso. Dejé el café entero, hasta arriba, y me fui con mal sabor de boca, literalmente, al avión. Es como si me hubiera acercado a esa barra y les hubiera regalado dos euros a cambio de recibir un tortazo.
Luego recordé que salvo un par de bares de confianza, el café sigue siendo la gran asignatura pendiente de tantos lugares. Los más gandules utilizan el de cápsula, que es más rápido pero igual de malo. La antítesis del hedonismo, como me dijo una vez Ignacio Peyró, el fantástico escritor de libros como Comimos y bebimos: notas de cocina y vida, que no deja de ser un viaje por el hedonismo del buen comer y el buen beber.
Si hiciera cálculos de la cantidad de dinero que he gastado en bares para recibir esa dosis de veneno mañanero, acabaría con ansiedad. Por eso, y ahora que al fin he perdido la fe en encontrarme con cafés buenos, he invertido una pequeña fortuna en una máquina que me los hace perfectos en casa. Me ahorrará disgustos temprano, y eso no tiene precio.














