Canarias es un territorio expuesto a riesgos naturales diversos y, en algunos casos, del todo imprevisibles. Incendios forestales, erupciones volcánicas, temporales marítimos, olas de calor o episodios de sequía exigen una capacidad de respuesta pública sólida y coordinada. En este contexto, es importante reconocer que la gestión de emergencias en Canarias ha experimentado importantes avances relevantes en los últimos años, aunque persisten desafíos estructurales que conviene abordar desde el análisis y no desde la alarma. Las emergencias son una prueba exigente para cualquier administración, y también un indicador de su capacidad de aprendizaje. Ahí está el lamentable caso de las inundaciones en Valencia.
Es cierto que en las Islas se ha logrado evolucionar hacia un sistema de protección más profesional y mejor preparado. Uno de los principales avances ha sido la profesionalización progresiva del sistema de emergencias. La mejora en la formación de equipos, la especialización de los cuerpos que intervienen y la consolidación de protocolos comunes han conseguido fortalecer la respuesta operativa ante situaciones críticas.
Sistemas de alerta temprana, centros de coordinación más eficientes y un mayor uso de datos contribuyen a respuestas más ágiles. Estos avances no eliminan el riesgo, pero sí reducen su impacto»
La experiencia acumulada en emergencias recientes ha permitido mejorar la coordinación entre servicios de protección civil, sanidad, fuerzas de seguridad y personal técnico. Hoy existe una mayor capacidad de movilización rápida y una mejor integración de recursos entre las distintas islas.
A la coordinación operativa se ha sumado además el uso de tecnología. La gestión de emergencias en Canarias ha incorporado de forma creciente herramientas tecnológicas para la monitorización de riesgos, la toma de decisiones y la comunicación con la ciudadanía. Sistemas de alerta temprana, centros de coordinación más eficientes y un mayor uso de datos han contribuido a respuestas más ágiles y fundamentadas. Estos avances no eliminan el riesgo, pero sí reducen su impacto y mejoran la seguridad colectiva.
Rescate de un parapentista, este sábado, en la zona de la presa de Mala, en el norte de Lanzarote. / Emerlan
En esta tesitura la prevención se perfila como siguiente gran salto que hay que dar. A pesar de los progresos en la fase de respuesta, la planificación preventiva sigue siendo el gran reto pendiente. La actualización de planes de emergencia, la integración del cambio climático en la ordenación del territorio y la gestión del entorno natural requieren un esfuerzo sostenido y transversal.
Invertir en prevención no es solo una cuestión técnica, sino también cultural y política. Supone priorizar el largo plazo frente a la urgencia del momento.
Otro avance destacable en Canarias, que inauguró Federico Grillo, ha sido la mayor atención a la comunicación pública, con mensajes más frecuentes y presencia técnica en la información»
Claro que como ya vemos en la isla de La Palma la reconstrucción y recuperación forman parte de la fase más compleja. Tras la emergencia siempre comienza un proceso igualmente crítico: la recuperación. Aquí los avances son desiguales. La tramitación de ayudas, la reconstrucción de infraestructuras y la adaptación de los territorios afectados suelen verse ralentizadas por la complejidad administrativa y la falta de coordinación entre instituciones. Mejorar esta fase es clave para mantener la confianza ciudadana y cerrar idóneamente el ciclo de gestión del riesgo.
Lo hemos visto desde los atentados de Barcelona. Comunicar mejor genera confianza. Y es que otro avance destacable en Canarias, que inauguró Federico Grillo, ha sido la mayor atención a la comunicación pública, con mensajes más frecuentes y presencia técnica en la información. Aun así, sigue siendo necesario avanzar hacia una comunicación todavía más clara, coherente y unificada, especialmente en los contextos en los que hay alta incertidumbre.
Canarias ha avanzado en la gestión de emergencias, especialmente en capacidad operativa, profesionalización y coordinación. El desafío ahora es consolidar los avances y dar el salto hacia una planificación preventiva más robusta y una recuperación más ágil y coordinada. Reconocer lo que funciona no impide señalar lo que debe mejorar; al contrario, es la base para seguir avanzando.
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