Crupieres; mesas de black jack ambulantes coronadas por sombreros con cartas; ruletas rojas y negras convertidas en faldas giratorias; capas estampadas con tréboles y picas; máquinas tragaperras que bailaban y los Elvis Presley y las Marilyn Monroe, que multiplicaban sus apariciones. La Gran Cabalgata convirtió a Las Palmas de Gran Canaria en un casino a cielo abierto a ritmo de reguetón, salsa, merengue o música de verbena donde hasta los dados rodaban entre las carrozas y las miles de mascaritas que las acompañaban en el trayecto de Manuel Becerra al parque de San Telmo.
Bajo un cielo encapotado que amenazaba lluvia, la comitiva partió puntual a las 16.00 horas. Una hora antes de lo habitual para agilizar un desfile que este año reunió finalmente a 113 carrozas, cuatro menos de las previstas, por problemas de aforo, y unas 140.000 personas, según la organización. La salida estuvo encabezada por la alcaldesa, Carolina Darias, y el concejal de Carnaval, Héctor Alemán, disfrazados para vivir la gran cita de despedida de las carnestolendas del medio siglo. En el parque Santa Catalina abundaban los turistas, probablemente de cruceros, que observaban el desfile con una mezcla de sorpresa y curiosidad
Abría la comitiva la Filarmónica de los Nietos de Kika, seguida de batucadas, que cedían el paso a las reinas del Carnaval con sus damas y los drags premiados. Las primeras carrozas llegaron a la plaza de la Feria sobre las 19.30 horas con poca gente entre vehículos, algo que cambiaba después del medio centenar, cuando avanzar entre la multitud se volvía una misión complicada. Lo que no faltaba era el baile, tanto desde el interior de las terrazas como en la calle.
Entre el público que presenciaba la cabalgata a su paso por el entorno de Alcaravaneras se encontraba la exconcejala capitalina Inma Medina, que siguió el desfile desde la zona junto a otros asistentes. También participó en el recorrido el cantante grancanario Pedro Quevedo, quien hace un año se lamentaba en redes sociales no poder disfrutar de las fiestas y este 28 de febrero pudo vérsele en una de las carrozas y disfrutando del ambiente festivo durante el trayecto.
Desde el borde
Sentada en una silla plegable en León y Castillo, Wendy, vestida de cabaretera de Las Vegas, explicaba que este año tocaba ver la cabalgata desde la acera. «Vivimos aquí al lado y nos quedó supercómodo. El año pasado sí nos unimos, pero ahora hay un bebé», decía mientras ajustaba las plumas del tocado. A pocos metros pasaba José Antonio, disfrazado de repartidor de Glovo junto a un grupo llegado desde Telde. «Nos uniremos a la cabalgata, pero nos retiraremos antes de San Telmo porque vamos con muchos niños», explicaba mientras sujetaba una caja de pizza vacía, que servía tanto de atrezzo como de improvisado paraguas.
Noelia, sin disfraz, observaba el desfile una docena de carrozas desde un hueco techado en el edificio de Servicios Múltiples III mientras cuidaba de una persona con discapacidad. «Todos los años veo la cabalgata. Me gusta el colorido, la alegría, olvidar el estrés, ayudar a que personas con discapacidad también disfruten…» relata, antes de criticar la falta de accesibilidad de la fiesta. «Se echa mucho en falta el apoyo a personas con discapacidad y mayores, para que puedan disfrutar del carnaval. Hay poca calidad en los servicios», agrega.
También al borde de la carretera, Jésica, disfrazada de maruja, acudía junto a su hijo y su madre dispuestas a improvisar. «Veremos la cabalgata y si nos gusta alguna carroza pues nos apuntamos y vamos hasta San Telmo», cuenta. Para la confección de su caracterización, reconoce que lo pensó «en el último momento», al igual que su madre, que iba de mini mouse, «de tener un vestido negro y ponerse tres o cuatro cosas»; el único que lo tenía claro desde hace meses era su hijo, que quería transformarse en el protagonista de su serie de anime favorita.
En la Cabalgata
Dentro de la cabalgata, el espíritu era otro. Marta, con falda estampada de cartas de póker y acompañada por crupieres, revelaba que iba de «reina del casino», una alegoría confeccionada por un vestido comprado por internet al que le añadió toda clase de detalles relacionados con el carnaval de Las Vegas. «Nos gusta siempre ir acorde a la temática». Su itinerario estaba definido: entre el Metropole y la plaza de la Feria, porque tenían «un tenderete montado» a pocos pasos, en su vivienda. «Tenemos el avituallamiento en casa», bromeaba.
El viento obligaba a sujetar pelucas y capas, y más de uno miraba al cielo con desconfianza. «Hace un frío…», se quejaba una asistente. En un balcón de León y Castillo convertido en discoteca doméstica, una mujer ironizaba sobre la decoración: «Más no le pusieron porque no tenían».
Un duende del bosque atraía fotos de otras mascaritas. Víctor cuenta que su disfraz está elaborado por profesionales y consistía en un sombrero punteagudo, un pantalón con toda clase de detalles, una prótesis en el rostro y unas lentillas verdes. «Cada año intentamos sacar una nueva alegoría. Somos de Las Palmas de Gran Canaria. Nosotros siempre empezamos el carnaval en Santa Cruz de Tenerife y acabamos aquí», revela. Con el pecho al descubierto y pintado de verde, asegura, riendo, que combate el frío con «sangre de demonio».
Espíritu carnavalero
Entre las carronzas, Alberto no paraba de sacarse fotos con quien se lo pidiese. “Es una locura, estoy muy agradecido, la cabalgata de Las Palmas de Gran Canaria siempre es agradecimiento puro», manifiesta. Para el disfraz, de drag queen, cuenta que se ha inspirado en el mar. «Estoy super contento, muy feliz». Fue una de las primeras mascaritas en sumarse al desfile y tiene claro que tras llegar al parque de San Telmo, «volveré y atravesaré todo de nuevo” para tener doble ración de cabalgata.
También atraía numerosas fotos una viejita con una montaña de quesos sobre su cabeza y carteles anunciando el producto. “Mis compañeras van vendiendo los huevos, las papas, las zanahorias y las naranjas. Yo vendo quesito duro y quesito tierno», explica Jose Juan, que lleva ya 16 años repitiendo el atuendo, que requiere de madera, corcho y tornillo, y se ha convertido en un personaje típico del carnaval. «Es un pequeño homenaje a esas personas que venían de la cumbre a la capital, cargadas con sus productos de la tierra. Y también por recuperar ese carnaval de antes, cuando cogíamos la ropa de nuestros padres y abuelos, lo que tuviéramos en casa y nos hacíamos un disfraz, porque lo importante es disfrazarnos», detalla. Entre foto y foto, espera volver a hacer la cabalgata de camino a la Isleta tras llegar a San Telmo.
Entierro de la Sardina
Una reina de corazones se bajaba de una de las carrozas para disfrutar del carnaval a pie de calle. «Vengo solo, pero me da igual, vacilo igual», indica Francisco, riendo. Vecino de la capital, explicaba que conserva el disfraz desde hace años, confeccionado por una costurera. Tiene claro que irá a los mogollones y, sobre el concierto de Ozuna, confiesa que le es indiferente si llega o no a tiempo: «Yo estoy viviendo el carnaval que es lo importante”.
También Raimundo, ataviado de viejita y acompañado de un perro de peluche sujeto con correa, recurría a un disfraz rescatado de ediciones anteriores, surgido en su día de forma improvisada. Su plan pasaba por completar el trayecto hasta San Telmo y retirarse después. «Las viejitas ya tenemos una edad», bromeaba.
La despedida definitiva del carnaval llega este domingo con el Entierro de la Sardina, que recupera su itinerario clásico desde León y Castillo hasta la calle Tenerife, uno de los actos más multitudinarios del Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria, que este año vuelve a su itinerario clásico. Pero la jornada comenzará antes con la segunda edición de la carrera Viudas a la Carrera. La prueba arranca a las 13:00 horas y con un recorrido único de 3,5 kilómetros, con salida y meta frente al escenario de la Plaza de Canarias, junto al edificio Miller, en el Parque de Santa Catalina. Posteriormente, a las 14.00, da comienzo el Carnaval de Día, una fiesta al aire libre con conciertos programados en varios escenarios repartidos por la ciudad













