Lo que, con poca precisión, entendemos como «asturianada» o «canción asturiana», un conjunto muy variado de composiciones más o menos tradicionales o consagradas por determinados intérpretes, es, en general, un complejo cultural-musical muy apreciable, tanto por sus virtudes musicales cuanto porque, por su temática y mundo referencial, constituye parte de nuestra identidad emocional.
No debe escapársenos, sin embargo, que en ese patrimonio existen un conjunto de piezas que son, más bien, una muestra de tosquedad o simplicidad. Por otro lado, una gran parte de esas composiciones del acervo tradicional no son más que la suma de pequeñas piezas –cuartetas, por lo general– que se suman para lograr una canción de una dimensión más aceptable o canónica. La suma de esas piezas independientes manifiesta a veces una incoherencia notable, como el añadir al «Arrimadín a aquel roble…» el «Torga la gocha, Antona….», o el mismo «himno nacional», con tres elementos distintos y bastante incoherentes entre sí.
(Digamos, a propósito, que mucho de ese repertorio que hemos hecho nuestro tiene una procedencia exterior, como la santanderina «Asturias, patria querida», o es común a otras regiones, lo que no impide sentirla como nuestra).
En otro orden de cosas, quien siga los concursos de la canción asturiana observará que, mientras existe una renovación de intérpretes, con entrada de jóvenes y mujeres en el elenco de cantantes, el público, en general, presenta poca renovación, acaso porque el género, repetidas sus formas musicales una y otra vez, reiteradas las canciones y los temas, presenta escaso atractivo para las generaciones criadas en la ciudad y para los jóvenes.
Hace unos meses decía aquí Joaquín Pixán, en un artículo titulado «Hacia un nuevo lenguaje para la asturianada: la canción tradicional quiere reinventarse», que «la Asturias de nuestro tiempo ya no se reconoce únicamente en la quintana, la mar, la minería o el ganado vacuno». Ello es evidente. Hace falta, de un lado, una renovación temática que retrate el mundo, las realidades y los sentimientos de hoy, ligados a Asturies e insertos en ella, evidentemente: no se trata de realizar una de nuestras habituales «asturianadas» de salir a redimir el mundo olvidándonos de nosotros mismos. Y, por otra parte, debe renovarse la formulación musical, en diálogo con la tradición, sin quedar encerrada en ella.
Esa renovación –cuyo objetivo, no lo olvidemos, es el de, enlazando con la tradición, y siguiendo siendo «asturianada», llegar a constituirse en fundamento de la emocionalidad musical identitaria de las generaciones del presente y en «tradición de toda la vida» para las del futuro– no debe consistir únicamente en la composición de nuevas melodías y textos, sino en nuevas formas de ejecución y acompañamiento: el piano, la flauta, el violonchelo…
Pero es necesario avanzar más. La nueva asturianada debería abrirse a una instrumentación de cámara, flexible y variada: voz y gaita, voz, gaita y piano; violonchelo y gaita; voz y violonchelo; voz y flauta… Incluso, es posible atemperar la sonoridad de las gaitas, como ya han hecho algunos artesanos, para que su acompañamiento de la voz sea más armónico.
En alguna medida, esta propuesta de renovación no es nueva. Existen ya ejemplos concretos, realizaciones concretas que en el artículo citado de Joaquín Pixán se mencionaban.
Pues bien, si me lo permiten, les diré que el tenor Joaquín Pixán y yo hemos hecho una propuesta en ese sentido, una más en la línea de iniciativas de renovación antedichas, que él mismo estrenará pronto.
Que la disfruten y, sobre todo, que sea un pasín nesi camín pel que tratamos de buscar nuevos senderos pa que lo de siempre sea nuevo.
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