La realidad estalló a las cinco menos diez de la madrugada del 24 de febrero de 2022 con los obuses cayendo sobre Kiev. Eran ciertos los avisos de la inteligencia de EEUU y Reino Unido desde hacía semanas. Fue un despertar brutal para los europeos que, resabiados por las mentiras que llevaron a la invasión de Irak en 2003, se obstinaron en que Putin no invadiría Ucrania. Tampoco les hizo caso Zelenski que se negó hasta el último minuto a declarar la ley marcial que hubiera permitido prepararse para lo peor.
Recuerdo el ajetreo y la adrenalina de esa madrugada en la redacción de Euronews para dar cuenta en directo de otra guerra, pero esta vez la guerra total era en Europa.
¡Quién se lo iba a imaginar!
Y sin embargo las señales alarmantes no faltaron: la ocupación de parte de Georgia en 2008 y sobretodo la anexión en 2014 de Crimea por Rusia. Las tropas rusas apiñadas en la frontera de Bielorrusia no estaban de balde. Y Putin dio el paso, animado por la pasividad de los europeos y la convicción de que en un par de semanas se haría con el control de Ucrania. Ni él ni nadie contó con la resistencia numantina de los ucranianos.
Y cuatro años después, la guerra sigue, empantanada en un frente de 1.200 km, sin que Rusia haya logrado añadir a su control más que un 13% de territorio ucraniano y a un coste humano tan elevado que Moscú no publica bajas desde septiembre de 2022.
En cuatro años de guerra, las víctimas civiles ucranianas, entre muertos y heridos, se elevan a 55.550, entre ellos tres millares de niños, según el secretario general de la ONU. António Guterres no conmovió a EEUU que, con un argumento enrevesado y dudoso, se abstuvo, junto con otros 50 países de la ONU en la reciente votación de una resolución de apoyo a Ucrania que exige un alto el fuego ya.
El año 2025 fue el más letal con 2.526 muertos debido a la intensificación de los bombardeos rusos que toman por blanco a los civiles, la prueba es la enorme destrucción de viviendas, que junto con las infraestructuras de transportes y energía constituyen el grueso de la devastación del país. Según el Banco Mundial harán falta más de 500 mil millones de euros para reparar el daño causado por Rusia, un 12% más que lo estimado hace un año.
Y es que 2025 ha sido un año aciago para Ucrania, en el que se conjuraron los peores augurios.
Con la vuelta de Donald Trump al poder, Kiev perdió la ayuda militar directa de EEUU vital para su supervivencia. La UE, tras toparse con una nueva realidad, tuvo que aumentar su contribución. En diciembre de 2025 los 27 aprobaron el vigésimo paquete de sanciones contra Rusia y un préstamo de 90.000 millones de euros para Kiev. La UE iba a celebrarlo el 24 de febrero en Kiev, pero Viktor Orbán y su colega eslovaco, Robert Fico, lo bloquearon con el pretexto de que Ucrania había dañado el oleoducto Druzhba e interrumpido el suministro de petróleo ruso a Hungría y Eslovaquia. Orbán, el mejor amigo de Putin en la UE, es también el protegido de Trump que ha eximido a Hungría de las sanciones vinculadas a la compra de petróleo y gas ruso, a condición de que Orbán gane las elecciones en abril que se anuncian reñidas.
Mientras tanto, Rusia va sorteando, con todo tipo de artilugios y complicidades, las sanciones impuestas por la UE, EEUU y Reino Unido y continúa vendiendo su gas y petróleo para financiar su guerra en Ucrania, que acaba de entrar en el quinto año.














