El ovetense Francisco Bescós (1979) se está convirtiendo en uno de los grandes maestros de la novela negra en España. Este escritor que trabaja como publicista acaba de publicar en Reservoir Books su quinta novela, titulada “Mantis”, que tiene una protagonista, Fina, digna de recordar. Bien merece una secuela. Fina sufre una parálisis cerebral y está empleada, cubriendo el cupo de empleados discapacitados, en un inmenso almacén logístico perdido en mitad de la nada. El almacén, al que llama “El Monstruo”, es el otro gran personaje de “Mantis”. En sus tripas de estanterías interminables y carretillas elevadoras se desarrolla la trama con cadáveres, intriga, crítica social, fino humor y también acción con un aire a “La jungla de cristal”. Las noveles de Bescós gozan tanto del respaldo de los lectores como de los jurados de los premios del género negro. La primera, “El baile de los penitentes” (2014) fue Premio Internacional de Novela Negra Ciudad de Carmona. Luego dio a la imprenta “El costado derecho” (2016) y después “El porqué del color rojo” (2018) que fue Premio Novelpol, Premio Pata Negra del Congreso de Novela y Cine Negro de la Universidad de Salamanca y Premio Cartagena Negra. La cuarta novela, “La Ronda” (Reservoir Books, 2023), se alzó con el premio Ciudad de Santa Cruz de Novela Criminal 2024. También es autor del ensayo “Las manos cerradas” (2020), sobre su experiencia como padre de una niña con parálisis cerebral. Francisco Bescós presenta “Mantis” este viernes, a las 19 horas, en la librería Matadero Uno de Oviedo.
Después de pasar más de dos décadas viviendo trabajando en Madrid, Bescos, su esposa y sus tres hijos se instalaron en Oviedo. Las claves: vivienda económicamente más accesible, mejor calidad de vida y, además, el teletrabajo que facilitaba el retorno. “Yo realmente sabía que aquí iba a estar bien, pero no sabía que iba a estar tan bien. Todo lo que Asturias tiene para ofrecer es incomparable, es lógico que la gente vuelva. Además, cuando veníamos en verano, íbamos a Luanco, pero con Oviedo casi no teníamos relación. Así que, por un lado, me vengo como de nativo, pero, por otro lado, soy más forastero que nadie. Siempre digo que estoy desforiatizando”.
-«Mantis» interesa, en primer lugar, porque la protagonista es una persona discapacitada, con parálisis cerebral.
-Fina es un personaje que tiene una discapacidad muy evidente, aunque no excesivamente invalidante. Tiene un lado de independencia muy grande. Con ella quería estirar un poco ciertas cosas que dije en el ensayo de “Las manos cerradas”, sobre mi hija. Es un personaje que no se intenta contar a sí misma dentro del relato hegemónico que yo llamo “el relato de la superación”. Ella es un ejemplo, no de superación, sino de adaptación. Ella no va a superar sus problemas, pero sí que se va a hacer amiga de sus propios problemas y los va a utilizar en beneficio propio. Detesta todo ese paternalismo. Toda esa explicación impuesta de los problemas que ella tiene y con los que no se identifica, los usa en su propio beneficio. Utiliza la capacidad de la adaptación para salirse con la suya en la mayor parte de las ocasiones.
-Pues, como lector, le confieso que ese enfoque me sorprendió.
-Una de las cosas que yo menciono en “Las manos cerradas” y que quería desarrollar aquí, explayarme mucho en ello, es la manía que me da el hecho de que a las personas que formamos parte de este colectivo se nos considere previamente ya héroes y se nos otorgue la virtud sin que nadie nos conozca. Se nos dé por buenas personas y por héroes. Siempre me ha fascinado el hecho de que la primera libertad que pierde una persona con discapacidad es el libre albedrío, o sea, la libertad para ser mala persona.
-Porque Fina es un poco maluca.
-Claro, pero Fina podría ser una proyección perfectamente de mi hija, lo que pasa es que mi hija tiene muchísima más afectación. Mi hija tiene picardía, tiene astucia. Tiene 10 años y, como cualquier niño, consigue lo que quiere volviéndote loco, manipulándote dentro de su forma de interactuar con las personas, que es muy específica, porque está muy condicionada por su parálisis cerebral. Y el caso de Fina es un poco lo mismo. Fina es un antiheroína. Es una persona con unos valores muy concretos, pero que no son los hegemónicos, no son los habituales y no tienen ningún problema en utilizar todos los recursos que le da su condición y todos los recursos que le da el lugar que le ha colocado la vida para salirse con la suya.
-Es interesante eso que dice usted: parece hoy por tener una enfermedad, una discapacidad o pertenecer a una minoría más o menos oprimida, ya obtienes una especie de carné de referente moral.
-Ese es el primer síntoma de estereotipo que hay por parte de los demás. En “Las manos cerradas” menciono un spot de publicidad de una fundación en Bélgica que había sido premiado, no me acuerdo en qué festival. Había un señor en un restaurante y estaba con un discurso de “cuñao”, profiriendo comentarios racistas, antisemitas, machistas. Y de repente tiraba detrás abría plano la cámara y descubrías que estaba en una silla de ruedas. Entonces un locutor decía: es discapacitado, pero antes que eso es un hijo de puta. Entonces, ¿qué forma mejor de reconocer la plena igualdad que reconocer a alguien que pueda ser mala persona, sin verlo condicionado por la circunstancia que tenga, por su parálisis cerebral o por su movilidad reducida?
-Al final de “Mantis”, Fina casi te enamora. Este personaje pide una secuela.
-Todas las novelas que he escrito dejan algún fleco abierto. Todas son autoconclusivas dentro de su propia trama, pero abiertas dentro de su universo. Lo hago para ver qué pasa. La cosa está muy mal para los escritores y cuando terminas una novela y empiezas a escribir otra, es como ir a una perrera: tienes que adoptar un perrín, pero sabes que solo puedes adoptar y vas a dejar otro montón de perrinos monísimos ahí. Entonces, nunca sabes de dónde te va a surgir la oportunidad. Si, de repente, se te ocurre una idea buenísima para continuarla o la novela da un petardazo y los lectores te piden a escribir una secuela, ahí tienes el universo abierto con el personaje.
-Me sorprende que diga que solo escribe novelas de evasión. «Mantis» tiene más fondo del que parece. No es solo entretenimiento. ¿Cuál es la diferencia entre la literatura de evasión y la que no lo es?
-La novela de evasión la describiría como esa que no aspira a salvarte la vida, pero sí aspira a salvarte el fin de semana. Es un término muy subjetivo. A mí muchas de las novelas de mayor venta no me salvan el fin de semana, porque me parecen tan estúpidas que no lo leo. Me gusta escribir novelas que te van a sacar de tu vida habitual, que no se van a regodear en los problemas cotidianos de una persona normal y corriente, pero que en cualquier caso pueden escarbar en el tejido social, en los problemas sociales… Pero siempre aportando un envoltorio de caramelo que ayude al lector a pasar la página. Y eso básicamente es una trama, unos personajes con algo que hacer o una motivación que les vaya siguiendo y que te ayude a pasar esas páginas.
-Por eso eligió el género negro.
-En los inicios de mi carrera no me consideraba capaz de escribir una novela. Me empecé a escribir la primera por ponerme a prueba y elegí el género negro porque en la universidad había dado muchos cursos y asignaturas relacionadas con el cine y creía que era un género en el que las estructuras estaban muy marcadas y que me iba a resultar más o menos sencillo. Escribí esa primera novela, “El baile de los penitentes”, me fue muy bien y una vez que encuentras tu zona de confort yo me la mueblé que quedase bonita para quedarme a vivir en ella.
-El centro logístico donde se desarrolla “Mantis”, al que usted se refiere como el «Monstruo”, también es un personaje: el paradigma del trabajo automatizado. ¿Cómo llegó a eso?
-Fue muy azaroso. La mayoría de las cosas se me ocurren o en la ducha o conduciendo, pero en este caso, como yo trabajo como autónomo freelance en marketing, empecé a colaborar con una startup que desarrollaba una solución de comunicación para audiencias pequeñas, como podían ser plantillas de empresas. Y se las ofrecían a departamentos de recursos humanos. Era como una especie de buzón de sugerencias sofisticado. Uno de los proyectos pilotos que desarrollamos fue en dos almacenas logísticos como el de la novela. Cuando empecé a trabajar en eso la automatización no había llegado al nivel actual. Ahí he tenido la suerte de que esa idea (la del Monstruo) se ha podido convertir en un reflejo de un conflicto más global que tiene que ver con las relaciones laborales, con la automatización y con la deshumanización del trabajo.
-Usted se pasa el día escribiendo textos por su trabajo en el sector de la publicidad. ¿Y luego por qué sigue escribiendo (novelas) en las horas libres?
-Hay varias respuestas ahí. Una más fea y otra más bonita. La primera es que en todos los que escribimos literatura con afán de publicar y de que nos lean, hay algo de vanidad bien entendida ahí. Somos seres humanos, el ser humano es un ser gregario hasta el punto más patológico, hasta el punto de que el rechazo de la tribu te provoca una absoluta desazón. creo que los escritores, y los artistas en general, estamos entre los más temerosos de que nos expulsen de esa tribu. Entonces necesitamos hacer cosas que gusten para sentir que nos quieren y que no nos van a echar de la tribu. En segundo lugar, escribo por placer. Mira que me gusta hablar de mis libros, pero tardé en descubrir que lo que más me gusta es estar escribiendo. Esa es la única recompensa que tienes y está absolutamente a salvo. No depende de cuántos ejemplares vendas. Es un momento que ya nadie me va a robar.













