Entre los años 1940 y 1984, se reforestaron en España más de 3,5 millones de hectáreas. No por nada, la repoblación forestal fue uno de los puntos programáticos de 1934 con los que la Falange Española quería promover la regeneración del país, y durante el régimen del dictador Francisco Franco se vendió como una herramienta transformadora, que generaría trabajo en el mundo rural de la posguerra. Fueron presentadas como una de las grandes obras públicas del franquismo, y su huella ambiental todavía se percibe en la configuración actual de muchos montes, incluidos problemas asociados a la biodiversidad, las plagas y los incendios.
Así lo analiza Iñaki Iriarte Goñi, Catedrático del área de Historia e Instituciones Económicas por la Universidad de Zaragoza, en el artículo «Realidades y mitos en las repoblaciones del franquismo» publicado en la última edición de la revista Ambienta del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico. Según explica, el pino fue la especie estrella hasta 1970, acaparando el 91% de todo lo repoblado. El «escaso porcentaje dedicado a frondosas», señala, se dedicó a los eucaliptos, que representaron el 8% de las repoblaciones. La tendencia cambió a partir de ese momento, y en los últimos años del régimen los eucaliptos pasaron a representar —junto a los chopos— el 23%.
Galicia fue una de las zonas del país donde hubo una fuerte concentración de las reforestaciones. De hecho, entre 1940 y 1984, tan solo hubo 11 provincias donde se reforestaron más de 100.000 hectáreas, y tres de ellas son gallegas: el ránking lo lidera Lugo, donde se rozaron las 150.000, seguida de Ourense y Pontevedra (a nivel estatal, el récord se dio en Huelva, donde se rozaron las 250.000). Mientras, A Coruña superó las 75.000. Más llamativos son los porcentajes de ocupación en función de la superficie, lista que en este caso lidera Pontevedra, donde se repobló más del 70% de la superficie forestal de la provincia. A esta la siguieron, por orden, Ourense, A Coruña y Lugo, donde se reforestó entre el 15% y el 30% de la superficie forestal.
Unha plantación de eucaliptos, coma as que podemos ver ao longo da contorna galega / Europa Press
La elección de especies no tuvo un respaldo ecológico, sino técnico y productivo: son especies que crecen rápido y en terrenos muy degradados, que permitían aumentar la escasa productividad de los bosques del país. Además, el autor señala a los pantanos como otra de las razones, puesto que al lado de los embalses era necesario recubrir las laderas con árboles; o el crecimiento de la urbanización y de las industrias pasteras. Como resultado, la producción nacional maderera se triplicó entre los años cincuenta y los setenta.
Estas decisiones tuvieron un claro impacto en el medio rural, especialmente porque se apostó por plantaciones monoespecíficas. Por un lado, esto «limitó la complejidad de los bosques y generó menor biodiversidad» de lo que se hubiese conseguido con repoblaciones más heterogéneas y de diferentes edades —por ejemplo, la elección del pino generó sotobosques acidificados poco proclives al desarrollo de otras especies vegetales— y también los hizo más proclives a la expansión de plagas y enfermedades, complicando su control y erradicación.
Pero además, probablemente el problema que más se asocia a las repoblaciones del franquismo es el de la elección de especies inflamables y su relación con los incendios forestales, especialmente cuando las plantaciones alcanzan cierto grado de madurez, a partir de los 30 años. De este modo, el artículo señala que «en las provincias en las que las repoblaciones fueron mayores, una vez que las masas repobladas alcanzaron su madurez, la extensión de los incendios también fue mayor», a lo que, en todo caso, también contribuyó la acumulación de biomasa —combustible— y el abandono de las superficies una vez repobladas.
Finalmente, el artículo hace hincapié en sus efectos sociales. Aunque las reforestaciones se anunciaban como un motor económico en el rural, apenas tuvieron capacidad para retener a la población y desplazaron los usos tradicionales del monte. En Galicia, en concreto, donde alcanzaron cotas muy elevadas, «las nuevas plantaciones compitieron con otros usos del monte como las praderas para alimentar el ganado», compitiendo, de facto, con la actividad ganadera de la producción láctea de la que dependía buena parte de la población y contribuyendo así al éxodo rural. «Denostar la obra repobladora del franquismo como un error absoluto sería injusto», pero defenderla como «una obra magna restauradora», también, zanja el autor al respecto.














