Cuando se cumplen cuatro años de la invasión rusa en Ucrania —iniciada el 24 de febrero de 2022—, el conflicto parece haber alcanzado un punto muerto, sin que se vislumbre una solución clara. Aunque los ataques continúan y la violencia sigue marcando el día a día, el frente de batalla apenas ha registrado avances significativos en los últimos meses. Un escenario que refuerza la percepción de una guerra de desgaste que se prolonga en el tiempo y cuya resolución no parece cercana, al menos a corto plazo. Rusia mantiene su ofensiva militar, pero se enfrenta a crecientes dificultades logísticas, económicas y humanas, agravadas por las sanciones internacionales. Por su parte, Ucrania continúa resistiendo gracias al apoyo militar y financiero de sus aliados occidentales. Sin embargo, la dependencia de esta ayuda externa, junto con el desgaste acumulado de sus fuerzas armadas, limita su capacidad para emprender grandes contraofensivas.
La guerra ha tenido, además, un profundo impacto en la vida de millones de personas. Es el caso de Aleksei Burlaka, padre de una familia de ocho hijos, que se vio obligado a abandonar Ucrania al inicio de la invasión rusa. Actualmente reside en Alemania, aunque viaja con frecuencia a Canarias, donde continúa desarrollando su labor religiosa tras haber ejercido como abad en Odesa. Al comenzar la ofensiva, Burlaka huyó junto a su familia a través de Moldavia, Rumanía y Polonia, desde donde finalmente llegaron a Fuerteventura. En la Isla se instalaron durante dos semanas y, tras pasar por Tenerife, se trasladaron a Navarra.
«En el barrio en el que vivíamos, los militares ucranianos comenzaron a instalar infraestructuras defensivas, lo que nos obligó a tomar la decisión de abandonar el país», explica el abad. Debido a las características de su familia —numerosa y con varios menores a cargo—, resultó muy complicado organizar la asistencia en el Archipiélago, circunstancia que motivó finalmente su traslado a la Península. La razón por la que no se estableció definitivamente en España fue la diferencia en los sistemas de acogida. Alemania, según explica el abad, ofrecía en aquel entonces más recursos y apoyo a las familias refugiadas que España. «Tenía muchas más posibilidades para ayudar a las personas refugiadas«, apunta.
Andrea Pérez, bailarina / Defensor del Pueblo
La integración
El «miedo a perder a la familia» fue la principal razón que llevó a Aleksei Burlaka a abandonar Ucrania, junto a la convicción de que la guerra no iba a concluir de forma rápida. A ello se sumaba su situación personal: al ofrecer un servicio público como la celebración de misas, se sentía especialmente expuesto. «Si criticaba la guerra, podía ir caminando por la calle y que me metieran en un furgón para obligarme a ir al frente en contra de mi voluntad», relata. El contexto es «caótico» y, más allá del conflicto armado, el país arrastra graves problemas estructurales. «Hay mucha corrupción y, aunque la gente no quiera participar en la guerra, en muchos casos la obligan», afirma. Una situación que convierte a Ucrania en un lugar «peligroso», marcado por un creciente cansancio social: «La gente sigue perdiendo la vida».
En este sentido, muchas personas han dejado de creer en la idea de «defender su tierra» frente a la invasión de Rusia, y prefieren argumentar que el conflicto se trata, en realidad, de «una cuestión política». Una percepción que se ve reforzada por hechos cotidianos: en Ucrania ya no se puede escuchar música rusa, y monumentos clásicos relacionados con Rusia han sido retirados o destruidos. La polarización cultural y la censura de ciertos símbolos muestran cómo la guerra ha trascendido lo militar para convertirse en un enfrentamiento ideológico que afecta la vida diaria de la población.

Encuentro de la asociación ucraniana Dos tierras, dos soles, en Vegueta, en Las Palmas de Gran Canaria / Sofiya Cherniy
El futuro
Las expectativas de futuro no son muy alentadoras. Sobre su estancia en Alemania, Aleksei Burlaka reconoce que la política del país cambia con frecuencia, por lo que es difícil prever qué ocurrirá a largo plazo. Por ello, el abad continúa su formación académica: asiste a clases de alemán, trabaja y, además, estudia electromecánica. En caso de que la guerra termine pronto, opina que muchas de las personas desplazadas probablemente no querrán regresar a Ucrania. Una situación que plantea un reto adicional: la despoblación, que podría agravar las consecuencias de la guerra y dificultar la reconstrucción del país.
El éxodo ha sido masivo. Según estimaciones de agencias internacionales, aproximadamente 6,9 millones de ucranianos han salido del país y se han registrado como refugiados en el extranjero – principalmente en países de Europa - hasta finales de 2025. A ellos se suman aproximadamente 3,7 millones de personas desplazadas dentro de Ucrania – es decir, refugiadas internas que han tenido que abandonar sus hogares pero permanecen en el país -. En conjunto, esto significa que alrededor de 10 a 11 millones de personas han sido desplazadas por el conflicto desde febrero de 2022.
«Las personas volverán a Ucrania como visitantes, para viajar, pero no para asentarse definitivamente», sostiene Burlaka. Este argumento cobra fuerza si se considera que muchas ciudades han quedado «completamente destruidas». En este contexto, millones de personas han perdido «todo y no tienen nada a dónde regresar». «No tienen casas, lo han perdido todo», subraya el abad. A ello se suma que muchos de los desplazados que ya se han asentado en otros países han comenzado a construir un nuevo proyecto de vida. Volver a Ucrania implicaría «empezar de cero», y hacerlo sin poder contar con el apoyo del Gobierno ucraniano resulta casi imposible. «No les van a ayudar tan rápido. Todo se ha detenido. Es imposible levantar la economía así», concluye, describiendo un escenario crítico que podría prolongar el éxodo y dificultar la reconstrucción del país.
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