“Todos deseamos ser felices. O al menos gozar de un aceptable estado de bienestar que nos permita hacer más ligero nuestro viaje. A nadie le gustan los temblores en las rodillas o los seísmos en el pecho, como tampoco deseamos que la cabeza cambie de lugar y se extravíe por rutas incontroladas. Cuando esto sucede, los remedios del mundo real acuden en nuestro auxilio. Los hay sencillos: una charla con un amigo que nos escuchará atentamente; un beso sincero envuelto en alas de mariposa; o la certidumbre de que nunca nos faltará el calor del hogar. Y si no queda más remedio, consumimos alguna pastilla o nos encomendamos a psicólogos o psiquiatras si se nos nubla la razón. Mas todo está aquí, a nuestro lado, sin que tengamos necesidad de abrir ningún otro tabique.
Hasta que los amos del mundo (existen, están siempre al acecho: Google, FMI y tantos otros) decidieron ayudarnos a cumplir nuestros sueños. Nos proporcionarían burbujas de felicidad, dijeron, nos embriagarían con sueños de placer, aseguraron. Y cumplieron su promesa. Bastó con abrir un tabique nuevo para que nos precipitáramos a una dimensión desconocida. Se había acabado el mundo real, lo que nos pusieron delante era otra vida, hecha de placebos y de coloridas pomadas envueltas en engañosos fardos de celofán. Si bien, supimos pronto que no eran unos filántropos, precisamente, y que, en consecuencia, era a nosotros a quienes correspondía pagar los portes del servicio.
Desde entonces pasamos más tiempo en el interior del otro tabique que en el nuestro. Ahora todo es más confortable. De pronto recibimos docenas y centenares de notificaciones que proceden de lugares maravillosos. Nos los manda algún amigo o amiga que dice que nos quiere mucho. No importa que no le veamos el rostro, lo más interesante es la carga emocional que nos transmite. El mensaje es cálido, prometedor, podemos pedirle una cita con la seguridad de que nos atenderá en cualquier sitio y a cualquier hora. Además, esas relaciones nunca se consumen, pueden durar todo el tiempo que necesitemos para aliviar el peso del mundo real. Fuera, pues, la rutina diaria, el cabreo por no encontrar trabajo, la hipoteca del piso durante treinta años. Ya no desayunaremos solos, ni nuestra pareja nos molestará contándonos las dificultades para llegar a fin de mes, ni nos agobiará nuestro hijo repitiendo una y otra vez que el suspenso en matemáticas es culpa del profesor que no corrigió bien el examen. Por las noches, cuando vayamos a la cama, dormiremos arrullados por melódicos pitidos y nos levantaremos frescos, con la maravillosa sensación de que el mundo nos pertenece, o nosotros le pertenecemos a él, para qué preocuparse por esas tonterías. No nos sentiremos culpables si nos equivocamos al pulsar un botón y en lugar de unas islas paradisíacas aparecen las ruinas del genocidio de Gaza o la escalofriante hambruna de Sudán. Sabemos que la máquina está siempre vigilante y que nos advertirá del error. En la pantalla no aparecerá “pulsa otra vez”, sino “cambia de canal”.
Incluso cuando no nos quede más remedio que subirnos a la barca de Caronte para surcar la espuma del más allá (o del más acá, eso nunca se sabe), es posible que podamos hacer la travesía acompañados del móvil o de la tablet para seguir entreteniéndonos. De este modo, la estancia en el cementerio nos resultará más agradable, hasta podremos ponernos en contacto con los vecinos de al lado. Y por si fuera poco, los arquitectos de la realidad virtual nos harán un pequeño descuento, pues los muertos no acostumbran a hacer muchas reclamaciones. Y así todos contentos.
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