Un buen amigo, de nombre Magnolio, al que veo desde la ventana del lugar en que escribo, me inquieta cada año por estas fechas cuando florece tan prematuramente (con relación a otras especies) que las penúltimas invernadas suelen cargarse su esfuerzo de belleza. Este año anunció muy pronto con sus brotes el futuro espectáculo de flores blancas y rosa y me puse en lo peor al empezar el largo tren de borrascas. Sin embargo esta vez se contuvo y supo esperar, metido en sus capullos mientras uno tras otro arreciaban los temporales, aguardando una franca mejora del tiempo para desplegar, como empieza a hacer, todo el magnífico vestuario. Atribuir a Magnolio una mente tan preclara y eficaz para adaptar las funciones del cuerpo a las circunstancias puede ser pura imaginación, pero si la inteligencia de la naturaleza la ha permitido llegar hasta aquí cabría considerar seriamente la hipótesis.
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