En las calles de Saltivka el tiempo ha pasado con exasperante lentitud. Algunos bloques de apartamentos mantienen las fachadas atravesadas por enormes agujeros. Hay ventanales rotos o remendados con tablones. Los colegios llevan cuatro años cerrados, como muchos de sus comercios. Y aunque misiles y drones suelen pasar ahora de largo por sus aceras heladas, solo un tercio de sus habitantes ha vuelto al barrio. “Me marché seis meses al principio de la invasión a gran escala para poner a salvo a mis hijos. Cuando volví esto parecía Chernóbil, un lugar desolado y fantasmagórico”, cuenta Iryna Moroz en la puerta de su pequeño negocio. Saltivka no es una aldea perdida, sino un suburbio de Járkov — la segunda ciudad de Ucrania— y el muro contra el que chocaron los soldados rusos al tratar de invadirla por el noreste.
Las heridas más serias, sin embargo, no se ven. A Elena Kovalenko, su compañera de trabajo, le cuesta hablar del tema. Su negocio ardió en llamas a comienzos de la invasión, después de que un misil se cebara con el mercado del barrio. Lo perdió todo. El éxodo llegó después. “Mi madre y mi tía se fueron a Polonia. A mi padre lo mataron los nervios. Mi hermano se separó después de que su mujer y su hija se marcharan a Suecia. La guerra ha roto muchas familias”, dice en una pausa para fumar un cigarrillo. “Si por mí fuera renunciaría a Donetsk y Lugansk (las dos provincias del Donbás) a cambio de la paz. Llevan ya mucho tiempo ocupadas por los rusos. No quiero que mis hijos crezcan con esto”, añade. La guerra de Vladímir Putin contra Ucrania no empezó hace cuatro años, sino en 2014, cuando las tropas rusas ocuparon Crimea y parte del Donbás.
Los costes de la guerra
Hablar hoy del precio de la paz en Ucrania es casi ofensivo, por el simple hecho de que es evidente y está a la vista de todos. En sus pueblos y ciudades destruidas. En las decenas de miles de militares y civiles muertos que han dejado pocas familias sin luto que guardar. En sus recursos expoliados y sus millones de refugiados. O en la ocupación del 20% de su territorio, donde el aparato militar ruso trata de borrar la identidad ucraniana con cámaras de tortura, deportaciones de niños o adoctrinamiento a espada.
Pero Putin tampoco ha ganado. Quiso subyugar Ucrania en tres días y este martes cumplirá ya cuatro años sin conseguirlo. En un periodo similar, durante la Gran Guerra Patriótica, el Ejército Rojo avanzó 1.600 kilómetros desde Moscú hasta Berlín, cuando en esta guerra los invasores solo han avanzado 60 kilómetros en la provincia de Donetsk, uno de sus objetivos prioritarios. Zelenski sigue siendo presidente y la OTAN se ha expandido y es ahora más fuerte.
Lo que no quita que los ucranianos estén psicológicamente exhaustos, aunque no dispuestos a rendirse. Tanto porque luchan por su supervivencia como pueblo y como nación, como por las pérdidas de familiares directos que muchos han sufrido. Pero con las negociaciones de paz en marcha, el precio de la paz asoma inevitablemente en las conversaciones y cada vez más ucranianos están dispuestos a hacer concesiones territoriales para detener la guerra, según indican las encuestas.
El diablo está en los detalles
“Hasta 2023 más del 85% de los ucranianos estaba en contra de cualquier concesión territorial, pero hoy la mayoría podría aceptar la congelación de la línea de contacto. Lo ven como la opción más pragmática”, explica Anton Grushetskyi, director del Instituto Internacional de Sociología de Kiev. Dicho de otra manera, que la guerra se detenga tal y como está ahora, aunque sin reconocimiento oficial de la pretendida soberanía rusa en los territorios ocupados, una cuestión que sigue siendo anatema tanto para el Gobierno como la población.
A partir de ahí el diablo está en los detalles. Hasta un 70% de los ucranianos estaría dispuesto a aceptar la congelación de la línea del frente a cambio unas garantías de seguridad creíbles y acompañadas de la entrada de Ucrania en la Unión Europea, apunta Grushetskyi, que ha dirigido numerosas encuestas al respecto. “No hablamos de soldados franceses comiendo cruasanes en Lviv y listos para retirarse cuando Rusia ataque, sino del reforzamiento del Ejército ucraniano y el despliegue de fuerzas de paz en la nueva frontera”, asegura el sociólogo. Más apoyo tendría esa fórmula con la entrada en la OTAN, una opción que parece sin embargo haberse disipado.
Pero por lo que ha transcendido de las negociaciones pilotadas por la Administración Trump, Rusia exige al menos que Ucrania se retire de todo el Donbás, incluida toda la provincia de Donetsk, de la que solo controla unos dos tercios. A Ucrania solo le quedan allí algunas ciudades de entidad, pero toda la zona ha sido fortificada y se considera esencial para la defensa del país. “Aun así entre un 55-60% podría aceptar la retirada del Donbás si se despliegan tropas estadounidenses en Ucrania. Pero primero tienen que ser las tropas y luego la retirada porque casi nadie se fía de Rusia”, señala Grushetskyi. Ese escenario parece muy improbable con Trump en el poder, un dirigente que genera una confianza mínima entre la población.
Polarización en la calle
En la calle la conversación es complicada. Hay una enorme polarización. Depende de las circunstancias de cada uno. Lo que está claro es que hay poca confianza en las negociaciones de la Casa Blanca y particularmente en la idea de que Rusia vaya a detenerse por más acuerdo que se alcance. “Aunque cedamos territorios, en uno o dos años volverán. Putin nunca tendrá bastante, es como Hitler”, dice Anastasia Zvoruyvo, una estudiante universitaria. También Grushetskyi, desconfía. “No es solo Putin o los altos cargos y eso es algo que muchos diplomáticos y periodistas no comprenden. También el funcionario medio y el ruso de a pie sigue hablando de conquistar toda Ucrania”.
Para muchos otros hay poco que discutir. El país ha sacrificado demasiado para ceder un centímetro de su territorio en una agresión no provocada. Es el caso de Lilia Miliyenko, una mujer de 47 años. “Yo daría mi vida ahora mismo a cambio de la paz, pero nada más”, dice en su pequeña tienda de ropa militar en Kiev. “Mi marido y mi hermano murieron luchando en el Donbás y el marido de mi hija lleva un año y medio herido en un hospital”, explica reprimiendo las lágrimas. “Puede que las cesiones territoriales detengan la carnicería, pero acaso podremos mirar a los ojos a la gente que lo perdió todo por ese pedazo de tierra. Yo al menos no podría hacerlo”.
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