Desde que hace ahora casi cuatro años llegase a la presidencia del Partido Popular (PP), y dejase para ello su puesto como presidente de la Xunta de Galicia, Alberto Núñez Feijóo ha llevado a gala el respeto a la autonomía de los barones autonómicos y de todos y cada uno de los líderes territoriales de su partido. Algo a lo que parece que en principio obliga el haber sido, y durante nada menos que trece años, uno de ellos. Pero las elecciones recientes en Aragón y, sobre todo, las de Extremadura el pasado diciembre, parecen haber activado resortes algo más ‘jacobinos’ o centralistas del expresidente gallego.
El mismo Feijóo que en su reciente y muy sonada comparecencia en la comisión de investigación en el Congreso de los Diputados sobre la dana de Valencia le reprochó a una diputada de Compromís que se hubiera referido al Partido Popular de la Comunitat Valenciana (PPCV) como a una «sección» del PP. «No tenemos secciones», le espetó, refrendando la autonomía y la personalidad propia de su formación en cada una de las comunidades autónomas.
El titular que este lunes dejó en Génova la vicesecretaria de Regeneración Institucional del partido, Cuca Gamarra, sobre las negociaciones con Vox, quedó claro: la dirección nacional tomaba el mando de las mismas. Aunque esa expresión no fuese del gusto de la cúpula del partido. Fuentes de la dirección popular enseguida hablaron de un «acompañamiento» y en ningún caso de un tutelaje. Pero las palabras de Gamarra, ex secretaria general del partido, llegaron apenas siete días después de que por medio de otra vicesecretaria, Carmen Fúnez, la dirección popular mandase un serio toque de atención al PP de Extremadura, reclamándole mayor «discreción» y menos «ruido» en las negociaciones.
Y todo se remató con la publicación de un documento marco en forma de decálogo delimitando el terreno de las negociaciones. Justo antes de que el propio Feijóo, en una entrevista en Onda Cero, desvelase una conversación con Abascal este domingo, de alrededor de una hora, según detalló, y de la que sacó una conclusión muy clara: que Vox habría abandonado ya el «requisito» de entrar en el Gobierno de Extremadura. «Así como en diciembre plantearon entrar con tres consejerías, la vicepresidencia, etc en el Gobierno de Extremadura, esta vez han retirado formalmente ese requisito y han dicho que primero uno marco político de acuerdo y que después hablarán si quieren o no entrar en los gobiernos del PP en Extremadura y Aragón», explicó el presidente del PP.
El presidente del PP, en el programa ‘La Brújula’ de la cadena de Atresmedia, reiteró además su voluntad de, llegado el momento, gobernar «en solitario», dado que, segñun volvió a opinar, las coaliciones han sido una mala experiencia en España.
Mientras que desde esa formación regional que lidera la presidenta de la Junta en funciones, María Guardiola, se asegura que son ellos quienes siguen liderando una negociación, solo que ahora, explican, «nos parece necesaria la posición nacional para no caer en el marco de VOX. No puede ser que Vox intente hacer ver que hay diferentes pepés. O que unos presidentes defienden unas políticas en una región y otras distintas en otras. Y como es lógico, tampoco se puede pedir una cosa en Extremadura y que no se pida en Aragón». Todo ello a una semana de que, el próximo martes, se celebre el primer debate de investidura, que podría ser fallido, aunque no definitivo.
Un reseteo de las negociaciones
Pero que Génova tome ahora las riendas, en un reseteo de las negociaciones con la extrema derecha confirmado también por el secretario general de Vox, Ignacio Garriga, tiene otra lectura no menos importante, la de que el PP asume la negociación con la idea de que se llegue a buen puerto en las dos comunidades autónomas, y eso implica que se pueda investir a Guardiola y a Azcón sin gobiernos de coalición con los de Santiago Abascal. Es decir: lo que no ocurrió en 2023, con las consecuencias posteriores en las elecciones generales adelantadas por Pedro Sánchez para mitad del verano, de manera inédita. Desde ese punto de vista, las palabras de Garriga este lunes, y el hecho de que fuese él el encargado de comparecer ante los medios tras la reunión de la cúpula de Vox, y no el portavoz nacional, José Antonio Fúster, como es habitual, no pasó inadvertido en la dirección del PP.
Es más, la literalidad de lo dicho por Garriga sonó casi a música celestial entre los populares. Que el número dos de Abascal anunciase, en un tono muy conciliador además, que se hacía una suerte de borrón y cuenta nueva, y que se negociaría con toda la transparencia del mundo -el secretario general de Vox llegó a plantear que se levantase «acta» de cada reunión con el PP- se tradujo como un reconocimiento de que no se puede jugar, tampoco desde Vox, a la ruleta de una repetición electoral. O planteado de otra manera, y siempre bajo la óptica del PP, que Abascal ya no pone la entrada en los gobiernos autonómicos como una exigencia. El propio Garriga dijo que, en todo caso, eso quedaría para una segunda fase, posterior a la primera, en la que se determinarían las políticas que ambos partidos pueden y deben pactar.
En el PP, quizás bordeando en ocasiones el ‘wishful thinking’, aunque también recogiendo la experiencia de los últimos años, consideran que Vox prefiere seguir surfeando la dulce ola electoral que experimentan (y que no es ajena a la irrupción desde hace un año del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en la política occidental) sin «mancharse» con consejerías en gobiernos autonómicos que les podrían pasar factura. Aunque nadie puede descartar que llegado el caso de hablar del Gobierno central, cuando se celebren las elecciones generales, a más tardar el año que viene, los de Abascal consideren que es el momento propicio para entrar en el Gobierno central.
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