Ese isleño entre bambalinas pero con un gran peso específico en la Copa del Rey es Diego Morales, un gomero de 34 años que ha cumplido, en Valencia, su sexta edición en el torneo paralelo infantil. Como «responsable de producción», su cometido es que todo salga adelante en un trabajo que se remonta «a cuatro meses» antes de esta cita de febrero. Dejarlo todo atado «con los distintos proveedores» es su principal cometido para que jóvenes de 13 y 14 años se sientan durante varios días «como profesionales».
Tras estudiar Publicidad en la Universidad Complutense de Madrid y añadir a su formación un máster en marketing deportivo, Morales realizó las prácticas «en la Liga Nacional de Fútbol Sala» y a continuación se hizo un hueco en Kosmos, la empresa de Gerard Piqué que le permitió vivir la experiencia de la Copa Davis en 2019.
Esa Navidad, mientras descansaba en su tierra, recibió la llamada de la ACB, y «el 2 de enero de 2020» arrancó su periplo en la Asociación de Clubes dentro del departamento de marca, dedicándose especialmente al área de «eventos y patrocinio». En 2021 se estrenaba en la Minicopa y gracias a su implicación y efectividad, desde 2024 es el responsable principal del correcto desarrollo de un torneo que cada año va adquiriendo una mayor trascendencia.
Que los infantiles gocen.
En su día a día Diego se encarga de «gestionar las cuentas de algunos patrocinadores de la ACB; ser su contacto directo». Pero es esta época del año, «pese a ser la más agotadora», la que más le congratula y le «divierte». Y no tanto por su propia satisfacción, sino por «la sensación de disfrute» que genera en los verdaderos protagonistas de la Minicopa, tanto en esta fase final como en la previa de clasificación, un preámbulo «de menos días, pero de una locura más grande».
«La mayoría de los chicos están acostumbrados a pabellones normalitos, pero cuando entran en los de la Minicopa y ven todo lo que la rodea… La U televisiva, las cámaras, el videomarcador… Al final es una experiencia para el chico que a mí, particularmente, me gusta más, que la que viven los grandes… Realmente muy pocos de esos niños llegarán a la Copa de los grandes, y esto será inolvidable para ellos», señala Morales.
«Esa experiencia de que por unos días se sientan profesionales es un chute de energía para mí», añade Diego sobre un cargo con el que se siente tremendamente a gusto. Quizá por ello no le genera obsesión poder dar el salto a la Copa de los mayores. «Claro que tengo ilusión, pero no me muero por ello. Si llega alguna vez, que sea todo de forma natural y por haber ido evolucionando en este aprendizaje», argumenta el gomero.
El reto de innovar.
Pero lo que la mayoría ve en apenas cinco días comienza a tomar forma «cuatro meses antes», si bien el rodaje ayuda a Morales «a que los proveedores ya sean de confianza y sepan cómo se mueve esto», para hacerlo todo algo más sencillo. Aunque lejos de relajarse por esa supuesta rutina, Diego tiene un propósito claro y con el que pretende diferenciarse un tanto de la Copa de los mayores: «Innovar e intentar hacer cosas nuevas». «Este año, por ejemplo, hemos puesto un LED publicitario curvo, y también pegatinas en la pista estilo NBA. ¿Es más carga de trabajo? Sí, pero te diviertes», sostiene el isleño.
Esos pasos al frente que Morales tiene como premisa fundamental una Minicopa tras otra, se han visto reflejados, por ejemplo, en la afluencia de espectadores, con los 7.143 aficionados que reunió la final de ayer en el Roig Arena, cifra solo superada en 2023 en el partido por el título en Badalona: 8.630 personas. «Ver eso me emociona, claro, pero lejos de conformarme lo que hago es cargarme con más trabajo para intentar que la siguiente sea aún más espectacular», revela Diego.
Una mejora para la que Morales trata de tener una visión lo más amplia posible. «Soy un tipo muy curioso y mi pareja dice que no paró de ver deporte en Teledeporte; ahora con los Juegos Olímpicos de Invierno estuve con el curling. Siempre en otros deportes se pueden ver ideas que implementar al baloncesto», admite el responsable de la MInicopa, que además contar con otro factor a favor. «Al final esto es una cosa de inspiración, y por suerte a mí me permiten hacer cosas nuevas en la Minicopa», relata.
Los recuerdos de niño.
El estrecho vínculo que actualmente posee Diego con el baloncesto, fue solo relativo de pequeño, aunque el ahora responsable de la Minicopa resalta dos detalles concretos. Uno de ellos lo revivió en la edición copera de 2025, disputada en Gran Canaria. «Estar en el Centro Insular me hizo recordar cuando de niño me aficioné al baloncesto viendo los partidos del Unelco Tenerife y el Gran Canaria, cuando los emitía Televisión Canaria los domingos a las 12», rememora.
El otro recuerdo le ayuda a entender cómo pueden sentirse muchos de los jugadores de la Minicopa. «Yo apenas jugué a baloncesto, pero sí fui a los campus que el CB Santa Cruz de Alberto Déniz hacía en el famoso Camping Nauta. Salir con 12 o 13 años de La Gomera, hacer todo lo que hacíamos y estar junto a niños que parecían más formados que tú, era algo sorprendente. Es como si estuviera jugando la Minicopa», apunta sobre aquella época de hace algo más de dos décadas.
En la Minicopa Diego Morales parece haber dado con su trabajo ideal. En la sombra, pero permitiendo que muchos adolescentes vivan, durante unos días, una experiencia única. «A cada uno le gusta ir creciendo, pero al final lo importante es que te recuerden más como persona que como profesional», es su lema. Por ahora no le ha ido nada mal.
Un niño hiperactivo que logró lo que se propuso
La de Diego Morales es una historia con valor añadido. La de «un niño muy hiperactivo» y que estuvo marcado por un estigma durante no pocos años. «Los maestros creían que acabaría siendo un bala perdida», recuerda. Quebraderos de cabeza escolares, con una madre que convivía con el sufrimiento y obligada a acudir a «hablar con los profesores al colegio cada semana», y hasta una especie de señalamiento al ubicarlo, «en Tercero de la ESO, en un aula en la que estaba lo mejor de cada casa».
Lejos de resignarse por aquella pesada cruz, Diego tiró de orgullo y alcanzó sus propósitos. Se trasladó a Tenerife a estudiar un ciclo medio y luego otro superior, ambos en La Laboral de La Laguna, antes de dar el salto a la Complutense. Ahora la ACB disfruta de aquel afán de superación que todavía conserva intacto. Por eso, su mensaje es claro: «Si alguien tiene un hijo hiperactivo y en clase los profesores le dicen que no va a llegar a hacer nada, que no haga caso». Así de directo y así de claro.












