La rápida actuación de sus pacientes, en menos de un minuto, tras escuchar los gritos, no fue suficiente para salvar la vida de Ana Sorribas, la enfermera de 64 años que falleció el lunes tras ser apuñalada presuntamente por su expareja sentimental, Vicente G., de 71 años, en el centro de salud de Benicàssim.
Hugo Velázquez, el primer testigo del crimen machista, aún revive con temblor en la voz los instantes en los que intentó auxiliarla. Era su turno de consulta. Acudía dos veces por semana a curas y llevaba años tratándose en el centro.
Tenía cita a las 12.20 horas y aguardaba sentado en la sala de espera. Mientras la enfermera atendía a otro paciente para realizarle un electro, salió un momento a recoger el aparato y, al verlo en el pasillo, le dijo: “Hugo, ahora te atiendo”. Él respondió: “Tranquila, no tengo prisa”. Regresó a la consulta, terminó la prueba y pulsó el sistema para llamar al siguiente número. En la pantalla apareció el suyo. Eran alrededor de las 12.30.
Fue entonces cuando el agresor avanzó por el pasillo de urgencias a paso muy rápido y entró directamente en la consulta. “Pensé que era alguien que se había olvidado de preguntar algo. Cerró la puerta con un fuerte golpe”.
Apenas 30 segundos después comenzaron los gritos.
“Escuché ‘ay, ay, ay’ y pensé que era algún enfermo que se encontraba mal, pero me dio la impresión de que venían de la consulta de Ana”. Se levantó y abrió la puerta. “No llegó ni al minuto desde que escuché los gritos hasta que entré”.
La intervención en cuestión de segundos
Al abrir la puerta se encontró con la escena mientras la agresión aún se estaba produciendo. “La había tirado al suelo, entre la camilla y el escritorio. Estaba encima de ella”.
“Pensé que la estaba golpeando con la mano. Le grité que la soltara y cuando se dio la vuelta vi entonces el cuchillo y entendí que la estaba apuñalando”.
“Tiré la mochila y la chaqueta encima de la mesa y miré a mi alrededor. Cogí una silla para golpearle, pero tuve miedo de darle también a ella”.
En ese momento entraron otros dos hombres de la sala de espera tras escuchar los gritos. “Se tiraron sobre él, lo sujetaron y lograron retenerlo en el suelo mientras intentaba zafarse. Incluso le consiguieron atar con algo hasta que llegaron los policías”.
Uno de ellos fue el último paciente al que atendió la enfermera. “Le recuerdo perfectamente porque llevaba una camiseta de colores y unas zapatillas llamativas”.
“No pasaron más de tres o cuatro minutos hasta que lo tenían reducido”.
“Había perdido mucha sangre”
Cuando pudo fijarse en la enfermera, la gravedad era evidente. “Había un charco de sangre impresionante. Había perdido mucha sangre. Pensé que no se iba a salvar”.
“Aún sacó fuerzas para arrastrarse hasta la puerta, pero estaba muy débil”, recuerda profundamente afectado.
Velázquez la describe como “una enfermera espectacular, muy buena, muy cariñosa, siempre con una sonrisa. Nunca la noté triste ni diferente”.
“La última vez me dijo que iba a probar otra medicación para ver si mejoraba la herida. Le ponía una dedicación impresionante a su trabajo”.
Le cuesta asumir que la vio apenas cinco minutos antes, “bien como siempre”. “Es todo muy triste. No puedo dejar de revivirlo”.
Vicente G. fue arrestado por las fuerzas de seguridad y trasladado al cuartel de la Guardia Civil. Según fuentes próximas a la investigación, el arrestado portaba dos cuchillos en el momento de los hechos. Este miércoles pasará a disposición judicial.
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