Isabel Arias (1980) escribe como quien charla tranquilamente con una amiga en una cafetería para ponerse al día, sin artificios y con la convicción de que las historias más poderosas son a veces las que se acercan más a la realidad de cada uno. Abogada de profesión y viajera incansable, ha encontrado en la literatura su manera de arrancar una sonrisa y hacer reflexionar a sus lectores con novelas contemporáneas que van mucho más allá de la amistad y el amor. En 2024 cumplió su sueño de publicar con Planeta su primera novela ‘Cuando volvamos a vernos’, y este febrero ha vuelto a las librerías con ‘Amigos, nada más’.
Es abogada y trabaja a jornada completa. ¿Cómo logra conciliar su profesión con la escritura?
Durmiendo poco y no viendo la tele. Siempre he necesitado pocas horas de sueño y aprovecho mucho el tiempo. Trabajo a jornada completa y además hago guías de viaje, así que escribo generalmente por la noche, cuando hay menos interrupciones. Para concentrarme en una novela necesito tranquilidad; si me están llamando constantemente es imposible.
Si tuviera la posibilidad de dedicarse exclusivamente a escribir, ¿daría ese paso?
No. Mucha gente me lo dice, pero no lo haría. Me gusta mi trabajo y, además, vivir únicamente de la escritura me generaría mucha inestabilidad. Ya trabajé como traductora y la incertidumbre económica me estresaba. Tener otra profesión me da libertad para escribir lo que quiera, sin la presión de que mi sustento dependa de ello. Leí una vez a Rosa Montero decir que no pretendieras vivir solo de la escritura, que buscaras otra cosa de la que vivir y además escribieras. Esa idea me encaja bastante.
Isabel Arias, autora de ‘Amigos, nada más’ / Planeta
Publicó su primera novela con Planeta en 2024. ¿En qué se diferencia esta segunda publicación de la primera experiencia?
La segunda se aborda con un poco más de tranquilidad. La primera vez todo era nuevo y yo estaba fascinada. Aunque soy lectora desde niña, no conocía el trasfondo del mundo editorial y me pareció apasionante descubrir todo lo que ocurre desde que un escritor termina un manuscrito hasta que el libro llega a las manos de los lectores. Ahora ya conocía el proceso, pero aparecen otros nervios. La primera vez eres casi inconsciente: escribes, se publica y no hay expectativas previas. En cambio, en la segunda sientes la responsabilidad de pensar: ¿gustará tanto como la primera?, ¿convencerá a quienes ya me leyeron?, ¿hará que nuevos lectores se acerquen a la anterior? Esa presión está ahí. Pero la ilusión sigue siendo la misma. Ver los ejemplares en casa o encontrarlos en una librería sigue siendo una sensación increíble.
Le envié un ejemplar de mi novela autoeditada a mi amigo Máximo Huerta. Subió una foto a Instagram animando a los editores a hacerse con los derechos […] y ahora comparto editor con él»
¿Cómo ha sido su trayectoria hasta llegar a una gran editorial?
Desde pequeña decía que quería ser escritora, aunque había escrito pocas cosas. Cuando tuve la idea de mi primera novela decidí autoeditarla, sin demasiadas expectativas. Fue bien, y le envié un ejemplar a un amigo, Máximo Huerta. Le encantó y subió una story a Instagram animando a los editores a hacerse con los derechos. Yo estaba volando en ese momento. Cuando aterricé tenía llamadas de varias editoriales. No me lo podía creer. Finalmente me quedé en Planeta y ahora comparto editor con él. Todavía, cada vez que veo el nombre de mi editor en la pantalla del móvil, pienso que me va a decir que todo fue una broma.
Ha pasado poco tiempo entre su primera y segunda novela, pero, ¿percibe una evolución en su manera de escribir o de enfrentarse al proceso creativo?
Quizá más serenidad y madurez. He pensado más cada decisión. Por ejemplo, quería capítulos cortos porque como lectora me agobia quedarme a medias. También intento que cada personaje tenga una voz diferenciada. Ahora, además, leo de otra manera. Me fijo en los recursos. Hace poco releí La sombra del viento y la disfruté muchísimo, pero con otros ojos. Igual que ocurre con libros como El principito: tú cambias y la lectura cambia contigo.

Isabel Arias, autora de ‘Amigos, nada más’ / Planeta
En ‘Amigos, nada más’ aborda la amistad verdadera entre hombres y mujeres heterosexuales. ¿Qué le interesaba explorar con esa premisa?
Es un tema que llevaba mucho tiempo rondándome. El clic llegó tras un viaje de trabajo a Chicago con tres compañeros, dos hombres y una mujer. Durante esa semana pensé que eran personas con las que podría entablar una amistad sincera que, sin embargo, seguramente no prosperaría por circunstancias externas. Además, yo misma he vivido situaciones en las que se cuestiona la amistad entre un hombre y una mujer. Incluso tengo un amigo íntimo cuya pareja prefiere que nuestra amistad sea casi clandestina. Me da pena que no se normalice más. La novela intenta poner esa cuestión sobre la mesa: una amistad entre un hombre y una mujer puede existir sin que haya nada más.
¿Qué lugar ocupa la amistad en su universo literario y personal?
Es fundamental. Se puede estar soltero y ser feliz, pero es difícil imaginar una vida sin amigos. Son la familia que eliges. Algunos estarán en todo el libro de tu vida y otros solo en algunos capítulos, y está bien. Pero saber que puedes coger el teléfono y ahí estarán es un recurso del que deberíamos tirar más.
Perdí el pelo hace años, en uno de los peores momentos de mi vida. Me vi con treinta y tantos teniendo que llevar peluca y gestionando las miradas y las conversaciones»
La protagonista pierde el pelo en un episodio de estrés y ansiedad. ¿Cómo decidió incorporar una experiencia y tan íntima?
Porque es mi propia experiencia. Perdí el pelo hace años, en uno de los peores momentos de mi vida. Me vi con treinta y tantos teniendo que llevar peluca y gestionando las miradas y las conversaciones. A veces lo más difícil no es la peluca, sino el entorno. En la novela lo llevo al terreno del cabello, pero podría ser cualquier complejo o cicatriz. Todos tenemos algo que nos incomoda. Quise reflejar cómo, con el apoyo de los amigos, se puede aprender a relativizar y a aceptar.
¿Fue terapéutico, en parte, escribir sobre ello?
Sí. Aunque es un tema que tengo normalizado con mi entorno cercano, escribirlo fue una forma de ordenar sentimientos. A veces al escribir entiendes cosas que ni siquiera habías pensado con claridad. Cuando lo compartí en redes recibí muchos mensajes de mujeres que estaban pasando por situaciones similares. Haber podido tender esa mano, como en su día hicieron conmigo, ha sido de lo más satisfactorio.
El tiempo que perdemos lamentándonos es tiempo que no disfrutamos»
Sus historias tienen ese toque realista, alejadas de grandes artificios. ¿Qué tipo de huella le gustaría dejar en el lector?
Escribo lo que me gusta leer. Me gustan las novelas tranquilas, con personajes normales, con vidas reconocibles. Gente que va a desayunar al bar de siempre, que trabaja, que viaja de vez en cuando. Eso facilita la empatía. Y los dos mensajes principales que quiero transmitir a los lectores son que no descuiden a sus amigos y que no cierren la puerta a una amistad por prejuicios; y, por otro lado, que aprendamos a relativizar nuestros complejos. El tiempo que perdemos lamentándonos es tiempo que no disfrutamos.
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