Este domingo amaneció para los paracaidistas y los guerrilleros españoles con una temperatura de cuatro grados bajo cero y sin viento en los alrededores de Bergen, pero con una sensación térmica de -8. Es la condición climática que en este febrero reina en el campo de maniobras de Trauen, en la Baja Sajonia alemana. Berlín queda al Este, y al norte las playas gélidas del Báltico. En un escenario boscoso y helado evolucionan las tropas enviadas por una decena de países miembros de la OTAN para el ejercicio militar más importante programado por la Alianza Atlántica este año: las maniobras Steadfast Dart 26.
Sobre el papel, se trata de un esfuerzo logístico y de coordinaciòn con escasos precedentes para un despliegue de este tipo y esta premura en territorio alemán y en tiempo de paz. El planteamiento del juego de guerra para este ejercicio es un conflicto de alta intensidad encendido en el flanco este europeo ante el que tiene que activarse a toda prisa la Fuerza de Reacción Aliada (o ARF), el mecanismo de respuesta rápida que se pensó en 2022, en la cumbre de la OTAN de Madrid, para afrontar la nueva situación de amenaza en Europa.
Un miembro de las fuerzas de Operaciones Especiales del Ejército, en un bosque próximo a Bergen (Alemania) durante las maniobras Steadfast Dart 26 / NATO
Sobre el terreno, soldados españoles, italianos, checos, turcos… tienen que afrontar las complicaciones de la fecha y del entorno: congelación de elementos logísticos, esfuerzo físico en medio del frío, conducción de vehículos en un terreno accidentado y resbaladizo, coordinación con otras fuerzas avanzando bajo nevadas intensas. Este domingo, por cierto, las precipitaciones de aguanieve han dado tregua… solo hasta primera hora de la tarde.
«Es el escenario perfecto: exigente y complejo», dice el teniente coronel Luis Mora, jefe veterano en la Brigada Almogávares de Paracaidistas. «Bien abrigado, tirarse en la nieve es mucho mejor que hacer cuerpo a tierra en el barro o entre cardos«, bromea ante la imagen de un llano cubierto por más de dos cuartas de manto blanco.
Ligeros de equipaje
Este no es el entorno árido de Irak o Afganistán en el que acostumbraban a desplegarse unidades españolas en operativos multinacionales contra insurgencia. El supuesto es otro más demandante: un ejército convencional de gran tamaño al que parar un entorno atlántico, frío y húmedo.

Un soldado delTercio Ampurdán de Operaciones Especiales, a bordo de un helicóptero en las maniobras Steadfast Dart 26 en Alemania / NATO
Los paracaidistas de la base madrileña de Paracuellos, desplegados con vechículos VAMTAC y «mulas» -que no son animales, sino coches muy ligeros para el transporte rápido de soldados- forman una de las unidades de infantería ligera enviadas por España, una fuerza de choque o punta de lanza para “llegar primero, aguantar y permitir la entrada de tropas mayores”, que es, en definitiva, la misión de la ARF, como explicaba al inicio de los ejercicios el comandante de Estado Mayor del Ejército Pedro Soriano.
Este año le corresponde al ejército italiano liderar la ARF. A mediados dará el relevo a Francia, cuyo ejército será la fuerza dirigente, y su cuartel general la central de guardia para cualquier incidencia ante la que intentar que el conflicto no vaya a mayores. Después de Francia, en 2027, el turno de liderazgo de la Fuerza de Reacción Aliada es para España.

Paracaidistas españoles con un mortero a bordo de un vehículo Uro de alta movilidad táctica en Bergen (Alemania), durante los ejercicios Steadfrast Dart 26 / EMAD
Pero eso son planes sobre el papel. En el terreno, en la cinética realidad del campo de batalla simulado de Bergen, la prioridad es la rapidez y la resistencia.
Ahora el principal enemigo del paracaidista no es el frío, sino el peso. Sus compañías necesitan ir muy libres para moverse con agilidad: apenas sus fusiles, equipos de transmisiones, drones pequeños, sistemas móviles de guerra electrónica, morteros Cardon en algunos de sus vehículos, misiles contracarro Spike de fácil manejo y un grupo de artillería también ligera formado por piezas del obús L-118 resistentes al salto con paracaídas y capaces de alcanzar objetivos con gran precisión a 17 kilómetros de distancia.
Guerrilla en el bosque
La otra unidad ligera está formada por soldados con boina verde del Tercio Ampurdán IV del Mando de Operaciones Especiales (MOE), que tiene su base en el término alicantino de Rabasa.
A esta unidad corresponde liderar el componente guerrillero de estos ejercicios, que se desarrollan con un inocultable objetivo de disuasión a Rusia. La OTAN quiere acreditar que está preparada para responder a una agresión en muy corto espacio de tiempo con tropas de élite de diversos países coordinadas entre sí.
De nuevo, eso es sobre el papel; sobre el terreno implica otras muchas cosas. Entre ellas un capítulo del adiestramiento especialmente duro: técnicamente, en el Estado Mayor de la Defensa lo llaman «buceo de combate en aguas frías», solo que la expresión no es del todo exacta, pues están más bien próximas a la congelación las aguas en los puntos del Báltico en los que se han sumergido, armados y por parejas, los guerrilleros del Tercio Ampurdán IV.

Dos soldados españoles de operaciones especiales en una playa báltica alemana tras practicar el buceo de combate en aguas frías / EMAD
La cosa va en gustos, pero se diría que es la misión más exigente de las desarrolladas en Steadfast Dart 26: meterse en el agua con casco, gafas, chaleco y armamento, agarrarse a un propulsor submarino y bucear hasta aparecer empapados en un punto de tierra, listos para un reconocimiento o un choque con el adversario. Otros duros esfuerzos implica el despliegue en helicóptero, del que bajar cuando se para a baja cota deslizándose por un cabo, pero parece poco comparable.
Perros soldado
Constituye otra dimensión del a veces muy solitario avance de operaciones especiales una maña que exige delicado equilibrio, estabilidad emocional y mucho tiempo de adiestramiento. Es el tabajo de operar con los perros, los K-9 de la unidad. Son soldados caninos, de la raza pastor belga malinois, acostumbrados al despliegue (incluso en paracaídas) con los guerrilleros.
Lucas es uno de ellos. Tiene cuatro años, y lleva con los soldados desde su tercer mes de vida en un entrenamiento sin fin en el que a diario ve armas, botas… y también pelotas de goma y cuerdas que morder jugando.

Un soldado de Operaciones Especiales del Tercio Ampurdán IV con Lucas, su perro de combate, de maniobras en Alemania. / EMAD
Al perro Lucas le han hecho sus colegas humanos unas gafas de sol especiales para su cabeza, auriculares con los que proteger sus finos oídos, y una máscara de óxigeno adaptada a su hocico para los saltos en paracaídas.
Lucas es un integrante del llamado «Núcleo Canino» del MOE. La misión de ese grupo de soldados de cuatro patas es operar a hasta cuatro kilómetros de distancia de sus compañeros humanos, reconocer el terreno y pasar la información. La ventaja de su empleo en el campo de batalla es que no se pone en riesgo la vida de los humanos en los momentos más peligroso del despliegue: el oteo al enemigo y el hallazgo de los temidos IED, los artefactos explosivos improvisados.
El vínculo entre el perro de combate y su guía es aún más estrecho que el que surge entre los policías y sus perros de patrulla. Tiene explicado el compañero humano del K-9 Lucas a un entrevistador de la OTAN que cada perro del MOE vive con su soldado guía y su famiila, como uno más de la manada.
Pero Lucas no responde únicamente a las instrucciones de su compañero de dos piernas. También le han enseñado a guiarse con las instrucciones de un dron. Y esta combinación de robótica y biología, sobre la hierba crujiente y helada del norte de Alemania, es una distópica metáfora de la guerra moderna, la que ya va a hacer cuatro años que comenzó un poco más al Este, en Ucrania, cambiándole el rictus a la hasta entonces despreocupada Europa.
Suscríbete para seguir leyendo











