Cortina de humo o no, es evidente que se ha iniciado una campaña de desprestigio y estigmatización de un deporte: el fútbol. Sin perjuicio de la calidad suficiente o no de las instalaciones deportivas y espacios de recreo en los centros escolares, lo que es inaceptable es que se transmita a un deporte la culpa de las conductas incívicas de estudiantes agresivos, no sólo en los espacios lúdicos sino y sobre todo en el interior de las aulas, como acredita que el 90% de las bajas médicas de los docentes son por causa de la ansiedad y la depresión derivadas de su directa interacción con los alumnos.
Tratar de ocultar que la multiculturalidad y la sangrante brecha salarial están afectando gravemente a la pacífica convivencia en los centros escolares es un fraude, pero lo que es absolutamente pérfido es querer responsabilizar de esta lamentable realidad a la práctica de un deporte y no a las causas sociales señaladas, entre otras muchas.
Como exdeportista me uno a la defensa del deporte rey liderada por federaciones, clubes y asociaciones de jugadores que observan anonadados cómo los grandes valores de nuestro deporte se han vilipendiado por la angustiosa necesidad de algunos por no desaparecer de los focos.
Extraña que los voceros contra el fútbol obvien cuestiones tan evidentes como la aportación de este juego a la integración social, racial y de género que se manifiestan todos los días y en todos los campos de forma incontestable.
Así pues, ningún otro deporte ha empoderado a la mujer como lo ha hecho el balompié como acredita que la final del pasado Mundial femenino tuvo una cuota de pantalla del 66%, lo que supone una audiencia de casi 9 millones de espectadores solo en España. Nunca ha existido un auge tan elevado del sentimiento igualitario femenino, gracias a un deporte, como prueba el incremento exponencial del número de nuevas licencias, de niñas y jóvenes, ansiosas por seguir impulsando la Liga Profesional de Fútbol Femenino.
Tampoco es necesario recurrir al fútbol profesional para visualizar que se trata de un deporte globalmente multirracial compuesto por jugadores de todas las razas, colores y continentes en plantillas de tan sólo 26 jugadores. Es suficiente acudir a cualquier encuentro de la liga de menores de nuestras islas para observar la gran diversidad que se aglutina, pacífica y armónicamente, sobre un simple rectángulo de césped. Cuesta imaginar una convivencia tan particular, sana, saludable y pacífica sin la influencia del fútbol, como fenómeno aglutinador e integrador donde los haya.
Atacar a un deporte es atacar la práctica de hábitos saludables, de inmersión en valores sociales como la disciplina, el esfuerzo, el espíritu colectivo, la competitividad y el respeto mutuo. Estoy de acuerdo en denunciar que desgraciadamente, en muchos casos, sea difícil distinguir espacialmente y más a vista de dron lo que es un patio de colegio del patio de una cárcel, pero eso nada tiene que ver con el deporte ni con la docencia.
Siempre ha habido, hay y habrá abusones. Son siempre los mismos e iguales en todas partes. Son los que siempre se apropian y apropiarán de esa única canasta, de la mesa de ping pong, del banco con sombra, del porche bajo la lluvia o incluso de la merienda ajena. El problema no es el fútbol ni ningún deporte. No. El problema es la falta de educación que emana de una sociedad sin valores, sin proyección de futuro y sin capacidad de respuesta para los retos que tendrán que afrontar las futuras generaciones. Si hay un problema son las personas inadaptadas, sin que ello signifique tampoco que sea exclusivamente su culpa.
¿Fútbol violento o sociedad violenta?… Usted decide.













