Hablemos de amor. Con mayúsculas y sin postureo. Hoy, los carteles publicitarios anuncian San Valentín y los comercios amplían sus ofertas de regalo. Pero las parejas de este reportaje no celebran el 14 de febrero, ni falta que les hace. Nunca lo han hecho, y eso que llevan medio siglo juntos, toda la vida. Se casaron, por la iglesia, en un tiempo donde hacerlo de otra manera era impensable e imposible. Se casaron, asumiendo en sus votos matrimoniales que se amarían «en la salud y en la enfermedad». Nadie les dijo cuándo la enfermedad llamaría a su puerta, ni qué enfermedad sería. Ya lo saben. Se llama alzhéimer y es «demoledora». Hoy Levante-EMV rinde homenaje a aquellas parejas que se quieren, que se cuidan, que se protegen y que asumen que el camino que ahora recorren, en la etapa de su vida donde ya están jubilados, con los hijos mayores y los nietos como motor de felicidad, es el más difícil de transitar. Porque amar con alzheimer son palabras mayores.
La historia de amor de Elisa y Ángel podría ser la de tantas parejas de su edad (ella 72 años; él, 77) que se conocen en la falla cuando eran unos adolescentes. Cosa bien distinta es mirarse como ellos se miran, 56 años después. Juntos recuerdan cómo él le pidió que fuera su novia con 21 años el día antes de irse «a la mili», no fuera «que alguien se me adelantara mientras estaba fuera»; y cómo ella, a sus 16 años, se hizo la «interesante» con un «me lo pensaré» para decirle que sí justo el día que volvió de su primer permiso. «Me escapaba del colegio para ir a verle al cuartel en Bétera. Iba en tren con una amiga y al despedirnos… unas ‘lloreras’ impresionantes», recuerda Elisa. Y sonríe. Tiempos felices de un amor que empezaba y que se materializó cinco años y medio después con la pertinente boda. Y aquella celebración, cincuenta años después, se conmemoró con un viaje familiar. «Nos fuimos de crucero con mis hijas, sus maridos y nuestros tres nietos», recuerda. Unas bodas de oro diferentes para celebrar las «cosas buenas de la vida» porque las malas «llegan si avisar». Así llegó el alzhéimer a sus vidas. Primero con la madre de Ángel. «En la familia de mi suegra eran tres hermanos, pues los tres han tenido alzhéimer», explica Elisa.
Ángel y Elisa, en un parque de València. / Germán Caballero
En 2022 llegó el diagnóstico de Ángel. Y su mujer se hundió. «He visto cómo evoluciona la enfermedad. Lo he visto en mi suegra y en sus hermanos. Es horrible, es una enfermedad demoledora y por eso me hundí. Porque Ángel es mi compañero de vida, siempre ha estado a mi lado. Lo quiero como el primer día y sé que debo ser fuerte y no me tengo que hundir. Hay que ir a terapia y hacer todo lo que esté en nuestra mano, pero es duro. Es muy duro pero estaré con él hasta el final«. Y aquí ya hay brillo en los ojos de Elisa porque la emoción es imparable, sobre todo al pensar en sus hijas, Minerva y Eva. «Espero que a ellas no les afecte. Que nunca pasen por esto. Ellas son nuestro principal apoyo, pero mi día a día es con él y convivir con la enfermedad no es nada sencillo. Pero ya se lo dije cuando me casé y seguiré con él en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida», explica mientras él la mira con ternura. «Casi no te doy faena», le replica él, un hombre ahora tranquilo que ha sido pura energía. «La enfermedad pesa mucho al cuidador pero Ángel lo compensa con detalles como decirme que me quede en el sofá que ya va a tender él la ropa. Es un hombre que siempre ha cultivado el amor de esa manera. Yo no he tenido regalos de San Valentín ni los he echado en falta porque el amor es otra cosa», concluye Elisa. Y, de nuevo, gestos de cariño y complicidad entre quienes saben que amar con alzhéimer son palabras mayores.
Un beso en «Barrachina» y una vida juntos
La historia de Inmaculada y Vicente llega entre risas. Porque esta pareja, ella de 69 años y él, de 79, no para de reír. Recuerdan su primer beso, mientras comían bombones en el mítico local «Barrachina» de València y cómo vivieron su noviazgo y sus primeros años de casados ella, en la capital del Túria, donde trabajaba como profesora de matemáticas, y él, en Oliva, donde tenía un horno. Cuando pudieron acercar sus trabajos llegó su convivencia total y en el año 1984, su única hija, Anna. El año que viene cumplirán 50 años de amor, pero no tienen claro cómo lo van a celebrar. Lo que sí saben es que San Valentín es una fecha a la que no le prestan ninguna atención. Ni antes ni ahora.

Inmaculada y Vicente cumplirán el año que viene 50 años juntos. / Miguel Ángel Montesinos
«En una pareja hay que distinguir distintas fases: la explosiva (donde nos conocemos y estamos encantados el uno con el otro); la del descubrimiento (que es clave porque tienes que aceptar la forma de ser, pensar y sentir del otro, hay que entenderlo e intentar limar en lo que no se coincide) y la tercera fase, que es en la que estamos ahora, donde él enferma y me quiere porque me necesita y yo le quiero, de distinta forma pero le quiero muchísimo, y sé que lo tengo que cuidar». Así, de forma clara y didáctica, como buena profesora que es, explica Inma las claves para un amor duradero como el suyo.
La enfermedad llegó a su vidas hace una década, con «cosas raras» y un ictus de por medio, pero el diagnóstico de alzhéimer es reciente. «Mi filosofía es estar contenta siempre porque los que te quieren te verán feliz y los que no… rabiarán», explica. Vicente, a su lado apunta con humor: «la clave está en darle siempre la razón». Y, de nuevo, risas.
La pareja destaca la labor fundamental de la Federació Valenciana d’ Associacions de Familiars i Amics de Persones amb Alzheimer (FEVAFA) ya que «realizan un trabajo impresionante y el apoyo que prestan es fundamental para parejas como nosotros. Hay que formar a los cuidadores de las personas enfermas. Necesitamos saber cómo actuar ante determinadas dificultades o circunstancias«, explica Inmaculada. Se despiden. Blanca, su nieta de 8 meses, les espera en la guardería. «Ella es nuestra alegría y el alzhéimer, lo que nos ha tocado vivir».
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