Todo empezó con una mirada. Fue hace ya casi 15 años cuando los ojos de Francesc C. Conesa se encontraron con los de Natalia Éguez, una joven predoctoral que le escuchaba atentamente entre el público de un congreso sobre arqueología de Barcelona. Aquel chispazo de complicidad, unido al amor que ambos profesan por la ciencia, ha sido suficiente como para gestar una relación sentimental que ha crecido entre restos de cerámica, huesos y paisajes culturales.
La historia de estos dos arqueólogos catalanes no es como la de cualquier pareja, pero es posible que resuene en aquellos que conocen el amor al calor de la investigación. Su relación se puede definir en una sola palabra: complicidad. La misma complicidad con la que trabajan, se apoyan, se animan a conseguir sus objetivos y también la que despiertan cuando se miran.
Una connivencia que, sin embargo, se ha visto obligada a florecer en una circunstancia tan poco favorable como puede ser la distancia. «Cuando apenas llevábamos dos años conociéndonos, Natalia se tuvo que marchar a Alemania durante cuatro años para hacer su doctorado en el extranjero», explica Conesa. «Hasta que no se fue, no me di cuenta de lo mucho que la echaba de menos», revela Conesa que confiesa que aquel sentimiento le invadió en un momento en el que ni siquiera habían formalizado la relación.
Aquella primera separación fue definitoria, pues la distancia llevó a la nostalgia permitiendo al amor surgir aun a kilómetros de distancia. Lo que ambos no sabían –aunque se lo podían temer– es que aquella experiencia se convertiría en la primera de tantas.
Viaje alrededor del mundo
Durante los últimos quince años, su pasión por interpretar los restos que las civilizaciones pasadas abandonaron a su paso, les ha llevado a lugares tan diversos como California, Cambridge, Israel, India o Mongolia. Pero no siempre han podido compartir la experiencia juntos, pese a dedicarse al mismo ámbito de conocimiento.
La exigencia del trabajo científico hace del avión un amigo inseparable. Se requiere a los investigadores tejer redes con otras instituciones, salir al mundo y abrir su mente; aunque eso conlleve a sacrificios personales. «Lo mejor de nuestra relación es que siempre nos hemos entendido» apunta Éguez, que afirma que ha tenido «suerte» porque siempre ha «podido negociar para volver a casa» durante periodos largos.
Una vida en común en Tenerife
Tras varios años de infinitas horas de avión, apenas unos meses compartidos y mucha añoranza, en 2024 pudieron asentarse definitivamente en Tenerife tras ganar, a la vez, un contrato Ramón y Cajal, una de las ayudas a la investigación más competitivas de España. «Para ese entonces ya teníamos una trayectoria común y habíamos establecido algunas relaciones con investigadores de aquí, pero tuvimos que discutir entre nosotros qué tipo de vida queríamos», destaca Conesa.
Finalmente, «decidimos aplicar a varios centros de investigación de Tenerife, y en el Instituto de Productos Naturales y Agrobiologiía (IPNA-CSIC) nos acogieron a los dos a la vez, eso es muy poco habitual», explica Égüez. Con su incorporación, ambos han empezado a gestar el primer departamento de arqueología de este centro canario. «En esta nueva etapa, estamos colaborando mucho con nuestros respectivos grupos de investigación, aunque cada uno se dedica a lo suyo», explica Égüez.
Conesa añade que su colaboración científica no solo es estrecha, sino muy beneficiosa para la propia investigación. «Nos complementamos para hacer mejor ciencia;yo trabajo a una escala de paisaje y ella a escala microscópica», explica. De esta manera, pueden explicar el mismo fenómeno desde distintas perspectivas. Aunque el San Valentín no es lo suyo, ya esperan la llegada del día de Sant Jordi, el 23 de abril. Un día señalado en el calendario de ambos en el que, como explica el arqueólogo: «da igual en qué lugar del mundo nos encontremos, las flores y los libros siempre inundan nuestra casa».
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