A los pocos días de su estreno, Salvador llegó en su ambulancia al origen del odio y destronó del podio de Netflix, ni más ni menos, que a la cuarta temporada de Los Bridgerton. La miniserie protagonizada por Luis Tosararranca como un drama íntimo y termina revelándose como algo más incómodo: un retrato del terreno fértil en el que crecen las ideologías ultras en España cuando las instituciones, la familia y la comunidad fallan al mismo tiempo. La trama no se limita a contar la historia de un padre que llega tarde, sino que se pregunta qué ocupa ese vacío cuando nadie más está. Un fenómeno que no solo afecta a España, sino que crece a un ritmo alarmante por todo el mundo.
Salvador es un conductor de ambulancias, exalcohólico y exludópata, que nunca estuvo en la vida de su hija. Ella se marchó con su madre y, cuando esta murió, el vínculo ya estaba roto. La joven no le perdonó la ausencia. La tragedia se consuma la noche en que Salvador descubre que su hija formaba parte de un grupo ultra, los White Souls, que se dedicaba a apalear inmigrantes: ella muere asesinada sin que él haya tenido ocasión de entenderla, ayudarla o salvarla. Son muchas las preguntas que surgen en su cabeza, pero no encuentra las respuestas. La Policía tampoco está muy dispuesta a encontrarlas, preocupada porque en los mismos incidentes ha resultado herido de gravedad uno de sus agentes.
A partir de ahí, la serie se articula alrededor de una búsqueda desesperada de respuestas. Salvador tiene la sensación de que nadie va a investigar lo ocurrido, de que el sistema se limita a pasar página. Esa ausencia institucional es el motor de todo lo que viene después. No hay acompañamiento, no hay justicia clara, no hay red. En cambio, los grupos ultras sí están. Escuchan, acogen, prometen sentido y explicaciones simples a un dolor complejo. De esta manera, el lado oscuro aparece tentándole, prometiéndole unas respuestas fáciles que nadie le quiere dar.
«Salvador» no justifica esta violencia, pero sí la contextualiza. Muestra cómo estas organizaciones se nutren de muchas personas a las que la sociedad ha dejado atrás: juguetes rotos que buscan respeto, identidad y pertenencia. La serie es muy clara en este punto: la radicalización no aparece tanto como una elección ideológica consciente, sino como una respuesta emocional al abandono. A veces, es una simple cuestión de supervivencia. En ese sentido, el recorrido del protagonista funciona como espejo del de su hija. Salvador se acerca peligrosamente a esos grupos por la misma razón por la que ella cayó en sus redes. Él no estuvo. El sistema tampoco. Ellos sí. La simetría es incómoda y deliberada.
La ficción española ya había abordado el miedo de los padres ante hijos radicalizados en El hijo zurdo, la serie de Movistar+ protagonizada por María León. Allí el conflicto se desarrollaba casi por completo en el interior de una familia concreta, como un drama íntimo y moral. Salvador parte de una herida similar, pero desplaza la mirada hacia fuera, hacia el vacío institucional y social que hace posible esa deriva.
La aparición de la amiga de la hija, interpretada por Claudia Salas, introduce un segundo movimiento clave. Ella se convierte en una suerte de sustituta emocional: alguien a quien Salvador todavía puede ayudar, alguien a quien puede alejar de ese entorno violento. Ser su “salvador”, algo que no consiguió con su propia hija, se convierte un objetivo, aunque para ella se puede meter su ayuda por donde le quepa. Es una reparación tardía, parcial, profundamente humana. La actriz, que se dio a conocer en Élite, ha intervenido en otras series de éxito reciente como Furia y Las pelotaris.
Aún a riesgo de que pueda ser un spoiler, el final tiene un sabor agridulce. Puede parecer un happy end, pero no lo es tanto, al dejar claro que aunque caigan los ejecutores, los escalones medios de la organización, los verdaderos responsables permanecen. La serie adopta sin disimulo la lógica de la Hidra: se corta una cabeza y otras dos están listas para ocupar su lugar. El sistema no se desmonta; se regenera.
Uno de los aspectos más inquietantes de ‘Salvador’ es el retrato de sus villanos. No son caricaturas ni monstruos marginales. Son personas con vidas aparentemente normales: un trabajador del sector inmobiliario, un profesor de instituto que encuentra en esa doble vida violenta el respeto que ha perdido en las aulas. Tienen un rostro público y otro oculto, aunque ni siquiera se molesten demasiado en esconderlo. La impunidad forma parte del paisaje.
La organización se presenta como una estructura jerárquica que promete hermandad, pero que trata a sus miembros como piezas prescindibles. La lealtad no sirve de nada cuando es necesario sacrificar a alguien por la causa. Todos los que están abajo son reemplazables. Esa lógica convierte la traición en un mecanismo natural: basta introducir un elemento de discordia para que empiecen a devorarse entre ellos. El desmoronamiento no llega por convicción moral, sino por paranoia y miedo.
En ese sentido, Salvador dialoga con otras series recientes como Task, donde las organizaciones criminales también se sostienen fagocitando a los suyos. Tiene sus mismos mecanismos: captar a individuos rotos, prometerles identidad y sacrificarlos cuando dejan de ser útiles.
La serie también incorpora elementos como el fenómeno incel, conectando el extremismo con la frustración sexual, la masculinidad herida y la pérdida de estatus. Una temática en la que se han adentrado otras de las grandes series del año pasado como Adolescencia o The Pitt. No es una anomalía aislada, sino parte de un malestar más amplio que otras ficciones contemporáneas ya han empezado a explorar.
Todo esto encaja de manera coherente con la trayectoria de su director, Daniel Calparsoro. ‘Salvador’ no es una rareza dentro de su filmografía, sino una evolución lógica. Desde sus primeras películas, el director ha mostrado una obsesión constante por los personajes extremos, por los márgenes, por cuerpos y vidas empujadas al límite. Antes filmaba individuos fuera del sistema; aquí da un paso más y nos muestra cómo algunos de ellos acaban captados por los grupos ultras.
No obstante, Salvador no termina de ser una serie redonda. A medida que avanza, se percibe que algunas tramas funcionan más como relleno que como verdadero desarrollo, como si la historia central, potente y bien definida, se hubiera estirado para alcanzar los ocho episodios. El hecho de que los capítulos se vayan acortando refuerza la sensación de que estamos ante un relato que quizá pedía la contundencia de una película más que la dilatación del formato serial. Podría pensarse que es consecuencia de la dirección de Calparsoro, más acostumbrado al cine que a las series; pero no hay que olvidar que cuenta también con los guiones de un veterano del relato serializado como Aitor Gabilondo guionista de series como Patria, El Príncipe o Entrevías y curtido en procedimentales clásicos como Periodistas o El comisario.
Con todo, Salvador acierta en lo esencial. No ofrece soluciones ni discursos tranquilizadores. Plantea preguntas incómodas. Muestra cómo el auge de las ideologías ultras no se explica solo por lo que defienden, sino por todo lo que ha dejado de funcionar antes. Y confirma algo cada vez más evidente: que la ficción televisiva se ha convertido en uno de los espacios más lúcidos para poner el dedo en la llaga de los problemas sociales de nuestro tiempo, en un mundo en el que las democracias tradicionales parecen resquebrajarse y el vacío nunca permanece vacío demasiado tiempo.













