Hay detalles que acaban marcando una temporada. En el caso del Girona, uno de ellos se repite con demasiada frecuencia: los minutos finales. El equipo de Míchel ha demostrado carácter para competir, dominar y ponerse por delante, pero le está costando cerrar partidos cuando el reloj entra en zona roja.
El último ejemplo llegó en el Sánchez-Pizjuán. Tras adelantarse y controlar buena parte del encuentro, el cuadro ‘blanc-i-vermell’ vio cómo los hispalenses igualaban en el descuento, privándole de una victoria que parecía encarrilada. No es un caso aislado. El balance del curso es claro: el conjunto ‘gironí’ solo ha sumado un punto en el tiempo añadido —el empate agónico frente al Getafe—, mientras que ha perdido mucho más de lo que ha ganado en ese tramo.
Dos puntos volaron ante el Celta por un penalti en el descuento. Otros dos se escaparon frente al Oviedo con el tanto de Carmo en el añadido. Dos más se dejaron en Sevilla con el gol postrero de Kike Salas. Y también se perdió un punto en Montjuïc, en la ida frente al Barça, cuando Araujo empató en los últimos instantes. Cuatro golpes en el añadido por una sola alegría.
Si se eliminara ese peaje final, el Girona tendría seis puntos más en su casillero. Estaría octavo y a un solo punto del séptimo puesto. No es una cuestión menor. Es una diferencia que separa la zona media de la pelea europea.
Ante el Barça, la tarea es clara. Más allá del plan de partido o del acierto en las áreas, el equipo necesita aprender a cerrar encuentros. Gestionar ventajas, dominar emociones y no conceder segundas jugadas cuando el rival ya juega a la desesperada.
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Porque en una competición tan ajustada, los detalles no solo cuentan: deciden. Y el Girona ya ha pagado demasiado caro el descuento.















