Tenía y tiene que irse

La última vez, en 1996, no le voté. Como por entonces llevaba yo años escribiendo en los papeles le dedique una columna. Un José Aznar en La Moncloa me producía ictericia, pero al cabo de casi catorce años, tenía que irse. Demasiada corrupción, demasiados escándalos, paralización de las reformas de los años ochenta y primerísimos noventa, falta de apoyo parlamentario estable, partido maltrecho por el hiperliderazgo, la ambición corsaria de los renovadores, la rápidamente envejecida oligarquización guerrista. “Tiene que irse”, decía en mi articulito en ese fugaz y melancólico milagro, La Gaceta de Canarias, “aunque lo que venga sea peor, decepcionante, hasta peligroso: ya lidiaremos con todo eso”. Y descubro con asombro que ese rechazo de entonces es el mismo que comparto ahora. Así que si me permiten ser un poco campanudo, un servidor, en su diminuta insignificancia de escribidor provinciano, escribió hace treinta años que Felipe González debería perder las elecciones – y en efecto, las perdió por poco -y abandonar la dirección del PSOE. Por el bien del país y por la renovación de un proyecto socialdemócrata que parecía agotado, sin impulso, desacreditado. Recuerdo por entonces a muchos de los que hoy lo escarnecen lloriqueando por las esquinas cenicientas del final del felipismo.

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