En 1921, la automovilística Ford empezó a vender su tractor Fordson, que se convirtió en un icono de la cultura popular estadounidense. Hasta el punto de que solo dos años más tarde, tres de cada cuatro tractores vendidos en Estados Unidos eran Fordson. Mientras el campo estadounidense empezó a tranformarse rápidamente, al otro lado del Atlántico los agricultores seguían arando con bueyes y caballos. No fue hasta 30 años más tarde cuando en España empezaron a popularizarse los tractores, sustituyendo progresivamente la tracción a sangre por la motora.
“Solemos pensar en la irrupción de las nuevas tecnologías como una cosa instantánea y universal y no es así. No funciona como una varita mágica que la mueves y ‘pam’. Sigue un proceso de erupción social y depende de la cultura de cada sitio”, explica profesor del departamento de Data, Analytics, Technology e IA de Esade, Esteve Almirall.
Hoy en Texas o en Shenzhen es habitual subirse a un taxi sin tripulante alguno, conducido por la inteligencia artificial, mientras por las calles de Barcelona dicha estampa sigue pareciendo futurista y asociaciones de taxistas, como Elite Taxi, siguen teniendo un alto poder y representatividad. No en vano, organismos como Goldman Sachs considera que el impacto de la IA no se notará significativamente hasta dentro de diez años.
Tres años y unos pocos meses después de que OpenAI lanzara Chat GPT al público general, la inteligencia artificial va moldeando los procesos productivos y las relaciones laborales, potenciando determinados perfiles, modificando el rol de otros y suprimiendo algunos. “En China, por ejemplo, los camiones de transporte o los repartos de última milla ya es habitual que los realicen vehículos sin conductor”, explica Almirall.
El impacto en la productividad es notable, ya que un coche autónomo no es un humano y necesita parar cada cierto tiempo a descansar
Esta ha sido la solución que los empresarios chinos han encontrado al reto generacional común en varios países –España incluido-, donde la flota de conductores envejece y choca con una falta de relevo generacional que acepte las condiciones y los salarios que paga el gremio. “El impacto en la productividad es notable, ya que un coche autónomo no es un humano y necesita parar cada cierto tiempo a descansar”, añade.
La supresión de ciertos empleos por el avance de la inteligencia artificial es una inquietud extendida entre la población pero todavía residual en España. Según el último barómetro lanzado por Infojobs al respecto, uno de cada cuatro trabajadores siente amenazado su puesto por la IA. Ese impacto ya se va notando en las estadísticas en determinados territorios, siendo habitualmente las grandes ciudades donde antes llegan las nuevas tecnologías. El último informe presentado por la Diputación de Barcelona y la Cambra de Comerç sobre la evolución del empleo en la capital catalana dejó una cifra destacada: en los dos últimos años las nuevas tecnologías han contribuido a destruir casi 3.000 empleos en el sector de oficinas y despachos.
¿Quién resistirá mejor a la IA?
“Tranquilo, tranquilo del todo no puede estar nadie”, avisa el director nacional de Randstad Digital, Adrián Gómez. “Todas las profesiones se verán impactadas, otra cosa es el tipo de impacto. Si la IA será para ellos un apoyo o les acabará sustituyendo”, añade. El último informe realizado por esta consultora sobre la materia –actualmente en revisión para una nueva edición- fue publicado hace dos años y entonces estimaba que la integración de esta nueva tecnología se traduciría en la automatización de alrededor de dos millones de empleos en toda España.
Todas las profesiones se verán impactadas, otra cosa es el tipo de impacto. Si la IA será para ellos un apoyo o les acabará sustituyendo
¿Pero qué tipo de empleos, o mejor dicho roles, se verán más afectados? “Todo lo que esté definido de manera precisa, por más complejo que sea, está en riesgo. Lo que requiera de experiencia y sea difícilmente acotable es muy difícil que, hoy por hoy, lo pueda hacer la IA”, explica el profesor de Esade. Y en esa definición encajan a la perfección gran parte de los oficios tradicionales, desde lampista, hasta carpintero, pasando por un albañil o un cocinero, entre muchos otros.
Lo que no implica que los empleos más intelectuales no se vayan a ver beneficiados también por el nuevo arsenal de herramientas que les ofrece la IA. De hecho, un informe de la consultora PwC detecta que los salarios están creciendo más rápido y con una mayor productividad en parte de los empleados de ‘cuello blanco’.
Una de las características disruptivas de la IA es que, a diferencia de otras revoluciones tecnológicas, esta impactará en gran medida a los trabajadores altamente cualificados e intelectuales. Si la revolución industrial sustituyó peones por máquinas, la IA amenaza más a ingenieros que a obreros. Experiencia, capacidad de adaptarse a imprevistos o de convertir ideas etéreas que transmite el cliente a soluciones concretas son virtudes que un ‘bot’ difícilmente podrá emular.
Nuevas tecnologías, nuevos empleos
Las nuevas tecnologías tienen un potencial destructor de empleo, pero también creador. Perfiles como los programadores o los consultores serán los más impactados por la irrupción de la IA, pero también donde más nuevos empleos se crearán, según el informe de Randstad. Por ejemplo, a lo largo de la próxima década entre las consultoras se crearán el doble de nuevas ocupaciones de las que se automatizarán, registrando así un saldo netamente positivo en este gremio. Las actividades científicas y técnicas también serán otro nicho donde la IA generará más trabajo que el que devorará, con un saldo positivo de casi 50.000 empleos.
En el otro lado de la balanza, el sector donde el saldo será claramente negativo será el comercio al por menor. Inmerso en una progresiva reconversión y duramente impactado por las compras ‘on line’, se destruirán más de 410.000 empleos durante los próximos 10 años y solo se crearán 253.000. Otro ramo de actividad duramente afectado serán las actividades administrativas, donde el saldo negativo será de casi 150.000 empleos. Coincide que los saldos positivos se concentran en las actividades que mejores salarios pagan a sus ocupados y los negativos, entre los que peor pagan.
Volviendo al informe de Randstad, las actividades administrativas, la programación, la consultoría, las telecomunicaciones serán los sectores más afectados, mientras que la agricultura, las actividades asociativas, la industria extractiva y la construcción los que menos.
La artesanía constituye un nicho de negocio muy interesante, al alza y poco amenazada por la inteligencia artificial
“La artesanía constituye un nicho de negocio muy interesante, al alza y poco amenazada por la inteligencia artificial. Podrá asesorar al trabajador en ese proceso de personalización del producto, pero será muy difícil que lo sustituya”, aventura el presidente ejecutivo de la Agència pública de Formació i Qualificació professionals de Catalunya, José Luis Duran.
Que los oficios tradicionales sean los que mejor resistan el embate de la IA no significa que ello los convierta en “los nuevos ricos”, en palabras del director nacional de Randstad Digital. “La falta de mano de obra, en el sentido literal de mano, implicará un incremento de salarios, pero no llegarán a equipararse a los profesionales de cuello blanco”, concede. “Los perfiles híbridos serán los que tendrán más mercado, una mayor formación les permitirá también exigir mejores remuneraciones y la experiencia será un valor que cada vez cotizará más al alza”, apunta la portavoz de Infojobs, Mónica Pérez.
Un pacto transversal por los junior
El impacto de la inteligencia artificial en el empleo no solo se medirá por sectores, sino también —y quizá sobre todo— por perfiles profesionales. Los expertos consultados para este reportaje coinciden en una idea: los trabajadores junior serán, previsiblemente, los más perjudicados por la automatización, mientras que los sénior serán mucho más difíciles de reemplazar por un chatbot o un robot. No porque los jóvenes sean “peores”, sino porque la IA impacta primero en aquello que suele hacer un recién llegado: tareas repetitivas, de bajo valor añadido y con poca necesidad de criterio propio.
“Me saca más faena la IA que según qué junior… ya no te digo un becario”, comenta el socio de un reputado bufete de abogados. Detrás de la frase, medio en broma y medio en serio, hay un problema estructural: durante décadas, la mayoría de carreras se han construido con una rampa de entrada basada en encargos sencillos. El tópico del becario condenado a hacer fotocopias, traer cafés o preparar listados era una caricatura, pero reflejaba una realidad: al principio se aprende ejecutando trabajos mecánicos, viendo cómo funcionan las cosas y cometiendo errores pequeños que no cuestan demasiado mientras se adquiere criterio y experiencia.
El problema es que muchas de esas tareas iniciales las pueden asumir perfectamente —y sin coste significativo— los programas de inteligencia artificial más simples. Redactar un borrador, resumir un documento, traducir un texto, extraer información de un contrato, preparar una presentación básica o responder correos rutinarios son trabajos que hoy se pueden automatizar en minutos. Si la empresa obtiene ese resultado sin contratar a nadie, la tentación de reducir la contratación de perfiles junior es grande. Y ahí aparece el riesgo: que se torpedee la rampa de iniciación de miles de profesionales al mercado laboral.
Si las empresas rechazan contratar a junior porque la IA ya no los hace rentables se están condenando a sí mismas
Esa rampa no solo sirve para “hacer cosas”, sino para aprender el oficio: entender el lenguaje interno de una organización, conocer a clientes y proveedores, identificar lo importante entre lo accesorio, asumir hábitos de calidad y, poco a poco, ganar autonomía. Si desaparecen las tareas de entrada, el aprendizaje no se produce de forma natural. Y lo que hoy parece una mejora de eficiencia puede convertirse mañana en una crisis de profesionales con experiencia.
“Si las empresas rechazan contratar a junior porque la IA ya no los hace rentables se están condenando a sí mismas. Nadie nace enseñado y alguien debe formar a los nuevos sénior. Es pan para hoy y hambre para mañana”, considera el presidente de la Agència pública de Formació de Catalunya. El argumento es simple: sin cantera, no hay futuro. Una organización que solo se apoya en profesionales experimentados puede aguantar un tiempo, pero envejece, se vuelve cara, pierde capacidad de renovación y acaba siendo menos competitiva.
Por eso, desde Randstad Digital reclaman una respuesta coordinada. “Hemos de impulsar un pacto transversal entre empresas y coordinado con la Administración para garantizar que esa cadena de conocimiento entre junior y sénior no solo se mantiene, sino que se refuerza”, insiste su director nacional. En la práctica, ese pacto debería traducirse en medidas concretas: programas de prácticas con contenidos formativos reales, sistemas de mentoría y acompañamiento, itinerarios de aprendizaje dentro de las compañías y, sobre todo, una redefinición del trabajo junior.
En ese nuevo escenario, la IA puede convertirse en una aliada del aprendizaje. Un junior puede producir más y aprender más si usa herramientas de apoyo, siempre que alguien le enseñe a hacerlo bien. La clave está en que la empresa no confunda velocidad con calidad: automatizar no equivale a acertar, y el valor profesional se construye también aprendiendo a detectar errores, sesgos o respuestas “verosímiles pero incorrectas” de un sistema.
Formación durante toda la vida
Si bien existe un consenso general sobre que la IA transformará el mercado laboral —hasta extremos hoy difíciles de cuantificar y dimensionar—, su impacto actual todavía es limitado en términos de demanda explícita. “Ahora mismo el volumen de ofertas de trabajo que específicamente requieren saber utilizar la IA es residual, muy de nicho”, explica la portavoz de Infojobs. Es decir, no abundan aún las vacantes que lo exijan como requisito formal.
El volumen de ofertas de trabajo que específicamente requieren saber utilizar la IA es aún residual
Pero eso no significa que vaya a seguir así. Saber utilizar la IA no es hoy una demanda mayoritaria, pero no tardará mucho en serlo. “Hemos de preparar a la gente para que haga un buen uso. Saber emplear esta herramienta será un nuevo argumento para contratar o no a una persona”, apunta Duran. En otras palabras: no se pedirá tanto “ser experto en IA” como demostrar capacidad para integrarla en el trabajo, con sentido crítico y responsabilidad.
Uno de cada tres ocupados usa IA de manera habitual
Que un trabajador abra su ordenador y en una de sus pestañas tenga abierto Chat GPT,Gemini o alguno de los más populares asistentes digitales –ellos mismos se definen como “motores de creatividad y razonamiento lingüístico”- es cada vez más frecuente. Según datos recabados por Infojobs, en 2025 el 34% de los ocupados afirmaba usar alguna herramienta de IA en su ámbito laboral, dos puntos más que en 2024 y 11 puntos más que en 2023.
El perfil más habitual es el de un hombre, menor de 35 años y con estudios universitarios y el aplicativo más común es la traducción automática de textos.
Hasta ahora el uso de inteligencia artificial para fines laborales ha sido desordenado en muchas empresas, es decir, no se ha integrado en los protocolos de trabajo, sino que han sido los propios empleados los que han decidido por su cuenta (y riesgo) integrar algún programa de IA en su día a día.
Lo que ha generado durante este tiempo problemas de seguridad, al exponer a la nube datos que pueden ser sensibles para la seguridad corporativa. Así como ganancias de productividad desiguales, en el sentido que no todos los empleados usan con igual eficiencia un programa y el tiempo que les ahorra el asistente digital no siempre se reinvierte íntegro en más actividad.
Integrar bien —o integrar mal— la IA puede marcar diferencias clave entre empresas: en productividad, en calidad, en tiempos de respuesta y en capacidad de innovar. Esa necesidad ya la han identificado algunas compañías, que se han reciclado de desarrolladores de software a formadores en IA. “Es un negocio al alza”, resume el director nacional de Randstad Digital, Adrián Gómez. La formación continua, por tanto, deja de ser un complemento: se convierte en una condición para seguir siendo empleable, y también para que la transición tecnológica no se lleve por delante, precisamente, a quienes están empezando.
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