Shahrbanoo Sadat nació en Irán porque por entonces, a principios de los 90, sus padres eran refugiados afganos en Teherán. Siendo adolescente se instaló en el centro de Afganistán, en la localidad rural de donde procedían sus progenitores, pero huyó a Kabul para escapar de un matrimonio concertado, y allí se convirtió en cineasta. Ya había rodado un par de largometrajes -ambos presentados en su día en la Quincena de Realizadores de Cannes- cuando la toma de Kabul por los talibanes en 2021 la obligó a abandonar su país en un avión militar francés, y tras llegar a Europa se instaló en Hamburgo.
Su flamante tercer largo, ‘No Good Men’, es no solo la primera película ambientada en Kabul que ha sido rodada íntegramente en Alemania, sino también la primera película afgana en la que dos personajes se besan en la boca y la primera en la que aparece un consolador. Y simpatizar con todo lo dicho hasta ahora no es incompatible con considerar discutible la elección de ‘No Good Men’ como el largometraje encargado de inaugurar la nueva edición de la Berlinale, una decisión que sin duda granjeará críticas al certamen -en realidad ya lo ha hecho-, y que tal vez sea más perjudicial que beneficiosa para la propia Sadat.
La directora afgana Shahrbanoo Sadat, ente jueves en la Berlinale. / FABIAN SOMMER / EFE
“Afganistán carece de industria cinematográfica, y la imagen que dan del país los cineastas internacionales que lo retratan en sus películas siempre es una deformación”, afirma la cineasta para explicar el origen de su nueva película. “Mi vida en mi país no era un drama bélico todos los días, también incluía mucho humor y romance”. Inspirada parcialmente en sus experiencias personales, ‘No Good Men’ mezcla comedia romántica y drama político para contar la historia de una joven madre a punto de divorciarse -interpretada por la propia Sadat- que trabaja como operadora de cámara para un canal de televisión de Kabul en los prolegómenos del regreso de los talibanes al poder en Afganistán hace ahora cinco años, y que vive lo que parece ser el inicio de una relación sentimental con el reportero más importante de la ciudad.
La película se esfuerza por retratar a un tipo de mujer urbana económicamente autosuficiente, de carácter fuerte y harta de las humillaciones impuestas por una sociedad patriarcal ultraconservadora, y también quiere funcionar a modo de “reacción contra esa narrativa que adjudica a los talibanes toda la culpa de la opresión sufrida por las mujeres afganas”, añade Sadat, “porque durante la ocupación occidental también existieron estructuras patriarcales muy rígidas”. En otras palabras, el objetivo de ‘No Good Men’ es nobilísimo; el problema es que para cumplirlo recurre a la más evidente tosquedad formal y convierte a sus personajes en máquinas expendedoras de parrafadas destinadas a instruir al espectador sobre la vida en Afganistán.
Suspicacias
Y su condición de película inaugural de la Berlinale no solo hace que esas trampas resulten más visibles y mediáticas sino que también, de algún modo, las convierte en sinécdoque de la presente edición del festival en su conjunto, y en una forma de validación de las suspicacias que se generaron cuando la programación del certamen fue anunciada hace unas semanas; después de todo, ni es una buena película ni tiene nombres conocidos en sus títulos de crédito.
Durante décadas, el de Berlín ha sido considerado como uno de los festivales de cine más importantes del mundo por la autoridad que se le presupone para aglutinar calidad artística y brillo en la alfombra roja. En los últimos años, sin embargo, el certamen ha ido perdiendo visibilidad mediática y capacidad para atraer talento de renombre internacional, y la selección de películas que proyectará a lo largo de los próximos nueve días -de la que ‘No Good Men’ es abanderada- no hace sino confirmar esa tendencia. La estadounidense Tricia Tuttle, directora de la Berlinale desde hace dos años, ha pedido paciencia a los poderes fácticos del festival; asegura que puede reincorporar la muestra a sus días de gloria, pero que necesita tiempo. Considerando que su antecesor en el cargo, Carlo Chatrian, solo duró cuatro años en el mismo, es poco probable que estén muy dispuestos a concedérselo.
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