Su séptimo largometraje, ‘Historias del Buen Valle’, vuelve a ese lugar misterioso en el que el documental se confunde con la ficción -el mismo territorio, en realidad, en el que se ha movido desde que se dio a conocer como cineasta gracias a ‘Innisfree’ (1990) y ‘Tren de sombras’ (1997)- para explorar Vallbona, municipio a solo media hora del centro de Barcelona en el que aún se preservan formas de vida ya erradicadas de la urbe. Mientras imbuye el lugar de una mítica propia de wéstern, el catalán pone el foco en la determinación de quienes se han instalado en él a lo largo de las décadas, pero no idealiza su situación. Habla de tensiones vecinales, de acoso escolar, de suicidios, y ni la serenidad de su mirada ni el inconfundible afecto que derrocha logran esconder su indignación. Gracias a la película, hace unos meses obtuvo el Premio Especial del Jurado del festival de San Sebastián, el mismo galardón que hace ahora medio siglo le proporcionó ‘En construcción’ (2001).
En sus títulos de crédito, ‘Historias del Buen Valle’ dice ser “un ‘work in progress’ de José Luis Guerín”. ¿Por qué?
Siempre me han parecido muy cursis las expresiones como “Un film de…» o «Dirigido por…». Yo no tengo la sensación de haber dirigido nada. Y quería sugerir al espectador que ‘Historias del Buen Valle’ es un organismo mutante. De hecho, su metraje incluye evidencias de su propia fabricación, como las imágenes que rodé en Super 8 nada más llegar a Vallbona o las que recogen el proceso de cásting de la película. En última instancia, estoy de acuerdo con Orson Welles cuando dijo que una película no se acaba, sino que se abandona. Además, el propio barrio es un ‘work in progress’, un lugar que busca su identidad.
¿Por qué merece Vallbona una película?
Porque es un territorio único, en tránsito entre lo rural y lo urbano. Allí aún quedan huertos y otros recordatorios de un mundo antiguo que va siendo engullido por la nueva ciudad; se puede ver el urbanismo espontáneo encarnado por las primeras casitas construidas en la clandestinidad por los migrantes que fueron llegando en la posguerra, y cómo eso coexiste eso con nuevos bloques de pisos propios de una ciudad dormitorio habitados por gente que no tiene ningún vínculo con el barrio. Además, al explorarlo pude comprobar que es un microcosmos donde laten todos los conflictos sociales y políticos que definen nuestro presente, como la crisis inmobiliaria, la gentrificación, las luchas identitarias, el cambio climático y las guerras.
¿Cómo ha cambiado el municipio desde que usted dejó de rodar allí?
Evidentemente, las obras que se han emprendido para facilitar el paso del tren de alta velocidad van a ser una amenaza seria para el paisaje y el modo de vida que sobrevivían milagrosamente en Vallbona, y el suelo va a ser objeto de especulación. Pero lo que más me preocupa es el futuro que se cierne sobre sus habitantes, que ahora componen una morfología humana tan ecléctica que resulta casi utópica; a lo largo de mi película, para que nos hagamos una idea, se pueden reconocer hasta 14 idiomas. La espada de Damocles pende sobre todas esas personas a causa del auge de los nacionalismos brutales que vive el mundo. Las derechas problematizan la existencia misma de esa gente, quieren fijar una idea identitaria inmóvil, estática. Eso, a mi juicio, es una barbaridad, y me llena de pesimismo.
¿Puede un cineasta capturar realmente la realidad de un barrio? ¿No se ve alterada esa realidad por la presencia de la cámara?
Se ve absolutamente alterada. Tal y como yo lo entiendo, el cine no reproduce la realidad; de eso se encargan las cámaras de vigilancia, que están en todas partes. Nuestra tarea va un poco más allá: crear una nueva realidad, y capturar una verdad que, me atrevo a decir, es más profunda. Más compleja, al menos.
Al ver la película, muchos espectadores -en concreto, aquellos que viven en centros urbanos- experimentarán algo parecido a un viaje en el tiempo…
Estoy seguro, porque actualmente la verdadera vida de barrio solo existe en lugares como Vallbona, que representan la periferia. Los centros de las ciudades han sido revolucionados por los nuevos modelos económicos y convertidos en parques temáticos para el turismo, o en variaciones de los centros comerciales que hay en los aeropuertos. Allí ya no hay comercios familiares ni hay bares de los de antes. Ahora yo vivo en Francia y allí el bar del pueblo tiene una connotación un poco etílica, pero en España no. En España los bares han sido tradicionalmente el principal elemento cohesionador entre los ciudadanos y, por tanto, el eje central de la vida en el país. Pero ya no cumplen esa función porque se han convertido en ‘lounges’ adonde ir a tomar el ‘brunch’, o reclamos para turistas donde sirven paellas precocinadas y sangrías embotelladas. Vallbona, en cambio, resiste.
En todo caso, la película evita la romantización del barrio y sus gentes. ¿Tuvo que controlarse para no caer en ella?
Espero no haber caído, porque la vida en la periferia es muy dura. Pero existe un cliché según el que el cine social solo puede ser punitivo, y sus protagonistas solo pueden ejercer de víctimas. Yo me niego a aceptar eso. Los vecinos de Vallbona ya han sufrido suficientes humillaciones, así que lo último que necesitan es que ahora venga yo y les mire por encima del hombro. Además, yo siempre he sentido fascinación por los márgenes. En mis últimos años en Barcelona pasaba la mayor parte del tiempo en barrios alejados del centro.
Su cine también se ha movido siempre en los márgenes. ¿Diría que usted, igual que Vallbona, resiste?
Dicho así, suena muy dramático, y no quiero alimentar la fama de mártires y llorones que tenemos los cineastas. Lo cierto es que, para mí, el cine responde sobre todo al deseo de descubrir algo y compartirlo. Sí soy consciente de que yo permanezco en el margen de la industria del cine, y ahí es donde quiero estar, porque es el lugar donde puedo hacer lo que a mí me gusta. Es una pena, eso sí, que ese margen se haya ido haciendo más y más pequeño, como las aceras de una gran avenida que ceden más y más espacio al asfalto. A veces, al pensar en la inabarcable oferta de contenido que ofrecen las plataformas de streaming, no puedo evitar preguntarme: ¿qué pinto yo aquí? ¿Qué puede aportar alguien como yo a este caos de imágenes, detrás de muchas de las cuales no hay ni ideas ni sentimientos? Francamente, no lo sé.
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