Nunca me han gustado las series españolas. Creo que a lo largo de mi vida he visto una, a lo sumo dos, que merecieran la pena. Tristemente, los productos audiovisuales que se realizan en nuestro país, en algunas ocasiones, son casposos, irrespetuosos e intelectualmente planos a lo que, además, ahora añado, ilegales. Me explico con detenimiento. El otro día empecé a ver con mi marido la serie Machos alfa, que en un principio parecía graciosa. En cada capítulo criticaban con ironía la sociedad actual: la monotonía del matrimonio, los nuevos estilos de relaciones (parejas abiertas), lo que se esconde detrás del mundo influencer y los conceptos de éxito y fracaso. Hasta ahí, normal. Me empezó a chirriar cuando la hija de dieciséis años de uno de los protagonistas le abre un Tinder al padre, gestiona sus citas y hablan con naturalidad de las cosas que su progenitor hace en la cama con las mujeres con las que queda.
Pero me mordí la lengua porque los guionistas se cubrieron las espaldas, ya que en España la edad legal del consentimiento sexual entre menores es de dieciséis años, por lo que se puede ver normal que un hijo hable de sexo con sus padres. El problema vino cuando en el capítulo nueve se da la siguiente escena: se está celebrando en una casa el cumpleaños de un niño de aproximadamente ocho. Los niños juegan al escondite dentro de la casa y los padres del cumpleañero entran para decirles que lo hagan en la piscina y no dentro del hogar. De pronto, a la parejita le da un calentón y se lo monta en una de las habitaciones. Cuando terminan se visten y salen del cuarto, momento en el cual una niña de nueve años rueda la cortina con cara de miedo. Es decir, la menor presenció el suceso. ¿Son conscientes de que estamos hablando de un delito? ¿De que la ley diferencia entre abuso sexual infantil con contacto y abuso sexual infantil sin contacto? El código penal tiene varios artículos en los que está tipificado como delito no evitar que los menores visualicen o escuchen actos sexuales de adultos. Como también lo recoge la ley 8/2021 de Protección Integral a la Infancia y Adolescencia frente a la Violencia (LOPIVI).
Además, en cuanto a protección integral del menor, aunque no es un artículo penal, las leyes de protección de infancia y adolescencia -incluidas directivas europeas como el tratado de Lanzarote (2007)- exigen a los Estados que tipifiquen como delito todas las formas de abuso sexual de menores, incluyendo no solo el contacto físico sino también la exposición a conductas sexuales. Pero la cosa no queda aquí, cuando los adultos se enteran de que la niña, «la campeona del escondite», los ha visto, en lugar de alarmarse, es motivo de bromas rancias e inapropiadas por parte del resto de adultos que forman la pandilla. Esta serie tiene cuatro temporadas, por lo que a todo el mundo le pareció normal este capítulo, que es de la primera temporada. ¿Entienden por qué no me gustan las series españolas? ¿Y después nos alarmamos porque los niños tengan conductas sexualizadas a edades cada vez más tempranas e inadecuadas? Y no, no es puritanismo, es sentido común. Estoy harta de que los adultos seamos unos jodidos descerebrados que en vez de proteger a la infancia la exponemos y la violentamos. Esa escena sobró.
Ese capítulo sobró. La participación de niños ante la situación que narro sobró. Si los hechos se hubiesen dado tal como se dieron sin que una niña estuviera escondida detrás de una cortina yo no estaría escribiendo este artículo. El problema es que se usó a un niño para intentar darle un toque de humor a algo que es un delito. Y no me vale que ahora me digan «la de veces que sus hijos casi los pillan al lío con su mujer o su marido» porque me da igual, porque el problema lo tiene usted. Somos los adultos los que debemos tener un poquito de autocontrol en la entrepierna y asegurarnos de poner a los niños a salvo de nuestras mierdas. Luego nos escandalizamos diciendo que esta juventud está hipersexualizada, ¿y de quién es la culpa? No sé, vamos a darle una vueltita.
Suscríbete para seguir leyendo











