Un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo

El pleno parlamentario de la semana terminó ayer como había empezado el martes: con un enfrentamiento insuperable entre el Gobierno, y la mayoría que lo apoya, y el PSOE, con Nueva Canarias, como de costumbre, moviendo la colita hacia los socialistas, empecinados por su parte en un análisis liquidacionista de la gestión del Gobierno. Es increíble el tiempo que malgastan en asuntos donde no salen bien parados, sea la agenda canaria, el decreto que deberá vehicularla o el modelo catalanófilo de financiación autonómica, en lugar de centrarse en las políticas económicas, sociales y asistenciales del Ejecutivo. En realidad, Ángel Víctor Torres y los suyos dedican menos tiempo a atacar a Fernando Clavijo y sus consejeros que a lisonjear al Gobierno de Pedro Sánchez y a defenderlo casi escandalizadamente. «¡Hay que ver, los de Coalición siempre pidiendo más perras, más recursos, más competencias, como si no tuviéramos bastante con vascos y catalanes». En la Península los socialistas son capaces de pactar respetuosa y hasta eucarísticamente -«¡somos más!»- con independentistas de derechas, asumiendo transferencias y amnistías sin rechistar, pero en Canarias es muy distinto. Los socialistas isleños, durante el torrecismo, han demostrado su peor alma sucursalista. Se sitúan invariablemente al lado del Gobierno central, sin matices ni ambigüedades, y cualquier reivindicación se les antoja grotesca y fuera de lugar, cualquier voz ligeramente más alta que otra, un recurso a la bronca. Fuerzas políticas que impulsaron una insurrección independentista y pretendieron abrogar la Constitución y el Estatuto de Cataluña merecen el máximo respeto y todo esfuerzo negociador. Pero CC no. Es cuestión de números. Con media docena de diputados nacionalistas la actitud socialista sería muy distintas. Es cuestión, también, de evitar engordar y legitimar un nacionalismo -por moderado y pragmático que sea- en la frontera sur de España y de Europa

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