Niños enredados: toda ayuda es poca

Pensaba que lo más difícil que he hecho en mi vida es dejar de fumar (acupuntura, parches y chicles de nicotina, libros de autoayuda, gimnasio, dieta, meditación). Mis hijos no dan crédito cuando les digo que en las bodas de mi infancia, los novios llevaban paquetes de cigarrillos estampados con los nombres de los contrayentes a la mesa de los niños. Nos los entregaban a los postres y nosotros nos echábamos un piti entre risas y toses en el baile. «¿Pero vuestros padres os dejaban?», preguntan escandalizados. Ellos eran fumadores, nos prestaban el mechero. Aunque parezca increíble, en España la prohibición de vender tabaco a los menores data solo de 1982. Se estableció la limitación en los 16 años, y luego en 2010 se subió a los 18. Tres cuartos de lo mismo ocurrió con el alcohol, cuya venta a críos de menos de 16 se vetó en 1990, para elevarse a los 18 un lustro después. Hoy día nadie discute estas restricciones, ni los fumadores, ni quienes frecuentan los bares pedirían al Gobierno que se permita a la población infantil comprar tabaco o vodka libremente, confiando en su buen juicio. Edúcalos bien y beberán solo agua. Vigílalos como toca y no conseguirán un cigarro de extranjis. Así que sí, muy agradecida a Pedro Sánchez por su proyecto de prohibir el acceso a las redes sociales a los menores de 16 (ojalá fuera a los 18). Toda ayuda es poca.

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