¿Quién teme al «Conejo Malo»? Trump entra en pánico con el uso del español cuando el 46% de los latinos le votaron en 2024

El domingo 27 de octubre de 2024, apenas diez días antes de las elecciones presidenciales, el movimiento MAGA organizó una enorme celebración en pleno Madison Square Garden de la ciudad de Nueva York. Por ahí, pasaron todo tipo de estrellas del espectáculo alineadas con los valores del trumpismo, junto a varios políticos republicanos e independientes que glosaron las virtudes del expresidente. En una reivindicación nostálgica del “gran héroe americano”, hasta Hulk Hogan apareció en escena para desgarrar su mítica camiseta amarilla.

Entre los invitados, estaba Tony Hinchcliffe, un humorista del marco de la derecha alternativa. Tal vez para demostrar que en Estados Unidos la libertad de expresión estaba en peligro por culpa de la cultura “woke”, Hinchcliffe se lanzó a una serie de bromas de barra de bar (“de vestuario”, se suele decir en Estados Unidos) que incluyó la definición de Puerto Rico como “isla de basura flotante”, para jolgorio de los asistentes. Un chiste del que no tardaría en arrepentirse.

El predicamento de Trump entre la comunidad latina siempre había sido notable. Tal vez fuera por su residencia habitual en Florida o porque le veían como el hombre que podía poner orden en Cuba y en Venezuela, de donde vienen buena parte de los inmigrantes hispanoparlantes que viven en Estados Unidos. Nicky Jam, por ejemplo, el considerado “padre” del reggaetón, había pedido el voto para el republicano y la plataforma “Latinos por Trump” cada vez ganaba más adeptos.

Sin embargo, el chiste de Hinchcliffe cruzó una línea. La broma no solo atacaba una comunidad por su origen, sino que, en rigor, atacaba una parte del propio territorio norteamericano, pues, aunque Puerto Rico es un “estado libre asociado”, sus ciudadanos tienen la nacionalidad estadounidense. Nicky Jam retiró su apoyo de inmediato. Antes, ya se habían pronunciado a favor de Kamala Harris tanto Jennifer López como Benito Antonio Martínez Ocasio, conocido artísticamente como “Bad Bunny”.

El 46% de los latinos apoyó a Trump

Lo de Bad Bunny era extraño. Martínez Ocasio nunca se había pronunciado políticamente con anterioridad, pero las propuestas de Harris para la isla le parecían interesantes. El artista siempre ha estado muy ligado a sus orígenes y ha buscado la manera de integrarlos en la cultura tradicional anglosajona. Conociendo a Trump y su sentido de la venganza, es muy probable que no le vaya a perdonar nunca aquel posicionamiento.

En cualquier caso, el resto lo sabemos: Trump ganó las elecciones, se plantó por segunda vez en la Casa Blanca con el apoyo del 46% del voto latino -en 2016, apenas había conseguido el 32% y aun así era la segunda mejor marca de un candidato republicano, solo por detrás de George W. Bush en 2004- y pronto empezó a mostrar una deriva que rozaba el racismo cuando no lo abrazaba directamente.

Entre sus primeras medidas como presidente, estuvo su decisión de llamar “Golfo de América” al “Golfo de México”, borrar la versión en español de la página web de la Casa Blanca y dotar de fondos extraordinarios a la Agencia de Inmigración y Aduanas para que formara un cuerpo parapolicial (ICE, por sus siglas en inglés) encargado de perseguir a ilegales por todo el país. La gran mayoría de esos ilegales, obviamente, eran latinoamericanos que no habían regularizado su situación.

Durante este año, Trump ha asistido impertérrito a las aberraciones del ICE contra la comunidad latina. No ya contra los inmigrantes ilegales, sino contra ciudadanos estadounidenses que se convertían en sospechosos por el mero hecho de tener un acento distinto o un color de la piel más oscuro. En esas estábamos, cuando en el mes de octubre, la NFL y Roc Nation, la empresa del rapero Jay-Z que gestiona el espectáculo del descanso de la Super Bowl, decidieron que, para la hexagésima edición del partido que decide el campeonato, el artista que actuaría sería ni más ni menos que Bad Bunny.

La contraprogramación de MAGA

Las alertas saltaron ahí y no durante el espectáculo propiamente dicho. En otras palabras, Bad Bunny no tenía manera de acertar ante un grupo político, un presidente y un grupo de aficionados que ya estaban en contra de él y de lo que representaba. La organización Turning Point USA, fundada por el asesinado Charlie Kirk, decidió que era el momento de organizar un espectáculo paralelo y se lo encargó al extravagante Kid Rock, cantante conocido por sus indumentarias de barras y estrellas y por haber sido el marido -durante un año- del sex symbol de los noventa, Pamela Anderson.

Kid Rock organizó un espectáculo al que no faltaron rockeros musculados con barba y pelo largo, cantantes country y rubias llenas de curvas, así como los homenajes al mencionado Kirk –“¡va por ti, Charlie!”, gritó uno de los participantes en medio de su actuación-. Hasta cinco millones de estadounidenses sintonizaron con la emisión vía redes sociales. Nada en comparación con los ciento treinta y cinco millones que siguieron a Bad Bunny en la NBC y Telemundo.

El presidente Trump fue a la vez capaz de decir que no había visto a Bad Bunny y que su actuación le había parecido “absolutamente terrible, ¡una de las peores de la historia!”, según escribió en la red social Truth. Por si el mensaje no quedaba claro, Trump enfatizó en el uso del español: “A este tipo no se le entiende nada (…) es una afrenta a la grandeza de Estados Unidos”. Eso sí, no hizo referencia alguna a Kid Rock ni a Turning Point.

El miedo al “reemplazo” lingüístico

En realidad, en el espectáculo de Bad Bunny no había nada que amenazara ninguna grandeza. Hubo a quien le gustó y hubo a quien no. Lo mismo ha pasado con The Weeknd o con cualquier otro artista. El escándalo de MAGA venía por el uso del español en lo que se considera el espectáculo estadounidense por excelencia. Ya se sabe que todo nacionalismo empieza por blindar la lengua y que esa lengua debe ser no ya hegemónica, sino totalitaria.

De hecho, al poco de llegar al poder, Trump firmó una orden ejecutiva por la cual el inglés se convertía en la “única lengua oficial” del país. Azuzaba así el miedo de la mayoría WASP ante la principal minoría racial y cultural, como si el “reemplazo”, por utilizar un término de moda en el entorno de la derecha alternativa, fuera a ser algo inmediato y evidentemente antiamericano.

Super Bowl LX - Espectáculo de medio tiempo.


Super Bowl LX – Espectáculo de medio tiempo.

Reuters

La realidad, sin embargo, va por otro lado. Entre 45 y 55 millones de habitantes hablan el español como primera lengua en sus hogares, una cifra que va en aumento año tras año, pero que no choca en ningún caso con el inglés. Cualquiera que haya estado en Estados Unidos sabe del compromiso de la comunidad latina por integrarse lingüísticamente y sus esfuerzos por manejarse en público en inglés, incluso con otros hispanoparlantes. Es una seña de identidad y la aceptan como tal. No quieren ser tratados como diferentes ni están en ninguna guerra cultural.

La contradicción de “cancelar” a Bad Bunny

El show de Bad Bunny era una celebración de lo propio sin crítica alguna a otros valores u otras costumbres. Un elogio, incluso, de valores conservadores que defiende MAGA como la comunidad o la religión envuelto en una atmósfera de alegría y baile que difícilmente puede ofender a nadie salvo que vengas muy ofendido de casa. Portar una bandera de Puerto Rico en Estados Unidos no debería ser más provocador que portar una de Texas. Reclamar que América es un continente y no solo un país con apéndices no parece una doctrina “woke”, sino una lección de historia.

Más allá de los gustos, Bad Bunny es ahora mismo uno de los artistas más importantes de Estados Unidos. Así lo reconocieron los Premios Grammy el pasado 1 de febrero, cuando le otorgaron el galardón al álbum del año por “Debí tirar más fotos”, el primer disco íntegramente en español en recibirlo. Lo raro, en un país que presume de la libertad y en un movimiento que defiende el derecho a expresarse incluso en los términos de Tony Hinchcliffe, sería haberlo censurado.

Si en Estados Unidos vuelve a haber elecciones libres a corto plazo, el Partido Republicano tendrá de nuevo un problema con los latinos, a los que está estigmatizando sin razón alguna: incluso el derrocamiento de Nicolás Maduro se acabó convirtiendo en un ninguneo a María Corina Machado y, por extensión, a la extensa comunidad venezolana que reside en el país.

Es difícil pensar que el que fuera organizador de Miss Universo e íntimo amigo de Jeffrey Epstein realmente se escandalizara por los bailes que “los niños de todo el mundo” vieron en el descanso del partido entre Seahawks y Patriots. Todo se debe a una mezcla de ajuste de cuentas personal y xenofobia pura y dura. No es que sorprenda a nadie a estas alturas, pero no por ello deja de dar miedo.

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