¿Qué cambios definen este nuevo panorma internacional?
Un conjunto de procesos históricos vinculados a la globalización, la revolución digital y al inicio de una revolución en el ámbito biotecnológico. Todos ellos confluyen en la revolución tecnológica que tiene consecuencias muy concretas: afecta a las políticas nacionales. La ciudadanía percibe que los partidos tradicionales no ofrecen respuestas a sus problemas y, como era previsible, revisa las agendas políticas. Una de las primeras en cuestionarse ha sido la política internacional. Estados Unidos ha dejado claro que el orden liberal ya no figura entre sus prioridades. Su enfoque se centra en garantizar el acceso a materias primas y asegurar la innovación. El verdadero poder reside hoy en quien lidera la revolución digital. En ese terreno existe un único rival: China. Rusia aparece de forma secundaria, apoyada en su condición de potencia nuclear, pero carece del peso para ser un actor decisivo.
¿España está preparada para adaptarse a este nuevo escenario?
Ningún Estado europeo lidera hoy la revolución digital. En el ámbito de la inteligencia artificial, el problema es evidente: para utilizarla es necesario pagar a quienes la controlan, fundamentalmente Estados Unidos, lo que genera una dependencia crítica. Europa carece de grandes empresas capaces de competir a escala global. La dependencia es cada vez mayor. Si Europa no reacciona, corre el riesgo de convertirse en un juguete en manos de Estados Unidos.
La Unión Europea ha empezado a dar pasos para distanciarse de Estados Unidos…
Así es. El episodio de Groenlandia ha creado un divorcio. Ya no somos aliados, sino rivales. La UE ha revisado su agenda estratégica. El objetivo es recuperar soberanía, avanzando hacia la revolución digital con medios propios. Pero llegamos tarde. El objetivo es el correcto, pero no hay una estrategia.
«Las relaciones entre España y Marruecos son muy malas»
Estados Unidos ha reactivado en Madrid el diálogo sobre el Sáhara Occidental entre Marruecos y el Frente Polisario. ¿Qué lectura puede hacerse de este movimiento?
Responde a la estrategia de Marruecos –y, en términos más amplios, de varios países árabes– de estrechar relaciones con Israel y con Estados Unidos. Rabat ha jugado una carta proisraelí, pronorteamericana y claramente antiislamista, lo que ha llevado a Estados Unidos a considerarlo un socio fiable. Como socio fiable hace favores. El primero fue el reconocimiento de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental. Un gesto que fue respaldado por Francia, otro actor clave en el Magreb. A partir de ese momento, otros Estados –entre ellos España–, han asumido el marco recogido en la última resolución del Consejo de Seguridad de la ONU, que señala la autonomía como la vía más realista para resolver el conflicto. El bloque occidental asume que Marruecos ha ganado esta batalla. Los grandes perdedores son, Argelia y, en menor medida, España.
¿España por qué?
Mantuvo una posición distinta, basada en una estrategia de equidistancia entre Argelia y Marruecos. Ningún Estado europeo está jugando ninguna carta diplomática. La reactivación del diálogo puede interpretarse como un intento de apaciguar a Argelia, un país que ha quedado aislado: mantiene una relación ambigua con Rusia y no cuenta con un respaldo internacional significativo. Estados Unidos trata ahora de rebajar tensiones y acercarse a Argelia.
Marruecos se ha convertido en un actor cada vez más relevante para España, ¿es una relación sólida?
No. Las relaciones con España son muy malas. La política hacia Marruecos se ha gestionado desde Moncloa, de espaldas tanto al Gobierno como al Congreso de los Diputados, que mantiene la posición tradicional del Estado. Marruecos es consciente de esta realidad y sabe que, ante un eventual cambio de Gobierno, esa postura podría modificarse.
«Marruecos ha tenido siempre claros sus objetivos. España, en cambio, nunca ha sabido lo que quería»
Esta relación con Rabat se vive de forma directa.
La delimitación de la zona económica exclusiva es un asunto delicado, al igual que el control del espacio aéreo. No son cuestiones menores. Existe un compromiso de España ante Naciones Unidas que Marruecos cuestiona, al reivindicar competencias que se quiere quedar. Desconozco hasta qué punto esas pretensiones se están ejerciendo ya en la práctica, en parte porque no confío en que el Gobierno informe con total transparencia sobre lo que está ocurriendo en este ámbito. Marruecos comunicó la ampliación de su zona económica. El Gobierno español, por evitar fricciones con Rabat, tiende a ceder posiciones y la zona económica es importante. Lo que se está planteando es el control de las aguas y, con esto, de los recursos del subsuelo marino cuya explotación resulta sensible. Marruecos ha tenido siempre claros sus objetivos. España, en cambio, nunca ha sabido lo que quería.
Trump ha puesto un pie en el Sahel y ha enviado una delegación a Mali…
El Sahel se ha convertido en una autopista compleja. A Estados Unidos le preocupa que en esta vasta franja Rusia y China puedan actuar con plena libertad. Rusia lo hace ofreciendo respaldo a gobiernos corruptos. China representa una amenaza estratégica, ya que avanza en el control de las materias primas. La supremacía en la evolución tecnológica depende de la gestión de los minerales críticos. China controla de manera directa cerca del 70% de estos minerales y, de forma indirecta, hasta el 90%. El objetivo de Estados Unidos es frenar esa penetración. En este contexto, Francia ha sufrido una auténtica hecatombe: ha sido expulsada de una región que constituía uno de sus principales ámbitos de influencia, lo que supone una humillación. Y con la pérdida de Francia, pierde también Europa.
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