Melania Trump (55) podría tener la nacionalidad española, porque tampoco sabe hablar inglés aunque lleva toda la vida aprendiéndolo. Es la tercera mujer de Trump y la que más le odia. No solo entre las esposas fijas u ocasionales del mandarín, sino abarcando en el sondeo a todas las mujeres del planeta.
Entre las ceremonias de la sumisión universal a Trump, el Demócrata Jeff Bezos le ha levantado a la futura viuda de dos presidentes de Estados Unidos (el 45 y el 47) un mausoleo, bajo el formato del documental más caro de la historia. Ochenta millones de euros, primeros planos fetichistas de stilettos y botas, treinta millones de dólares para la protagonista principal y única de los veinte días de enero de 2025 que precedieron a la segunda toma de posesión. «Aquí estamos de nuevo» es la única frase inteligible de Melania, la película.
La Fox, el canal de televisión, ha celebrado que los casi diez millones de dólares de recaudación de Melania lo convierten en el documental con mayor audiencia estadounidense en catorce años, pese a que la película estrenada incluso en salas de Serbia eleva su presupuesto a ochenta millones. Y a pesar de un diálogo platónico sobre el trance presidencial:
Melania (porque es ella al teléfono): Enhorabuena.
Donald (porque es él): ¿Lo has visto?
Melania (porque vuelve a ser ella en la distancia): No, lo veré después en el telediario.
La dos veces primera dama tenía algo mejor que hacer, así que posterga la presidencia de Estados Unidos adquirida por su esposo. Cuando Trump dice que «voy a conquistar este pedazo de hielo», no se sabe si se refiere a Groenlandia o a su esposa.
Trump y «mi bella esposa», única cualidad que le reconoce con frecuencia, se casaron en 2005. Los invitados de honor fueron Bill y Hillary Clinton, el novio se asesoró con el primer presidente negro de Estados Unidos (licencia racial, no corregir) sobre sus posibilidades de acceder a la Casa Blanca. El primer presidente saxofonista le recomendó que no optara al cargo con los republicanos, dadas las posiciones proabortistas que compartía con Melania. El resto es historia.
Nadie sabe dónde vive Melania, el único domicilio descartado es la Casa Blanca. La primera dama no cohabitaría con su marido ni si dispusiera de una habitación del pánico más blindada que Nicolás Maduro. Aunque viven en compartimentos estancos, Trump suelta de repente que «mi bella esposa dice que no queda presidencial bailar con Village People, pero yo le replico que todos se vuelven locos cuando lo hago». Y agita los puños.
Stormy Daniels no aparece en Melania, pese al destacado papel que juega en la relación entre la eslovena de origen proceloso y el Donald.
El bipresidente engañó con la actriz porno citada a su esposa, embarazada a la sazón de Barron, el niño Columbine de la pareja. Los fondos electorales pagaron el silencio de la artista carnal, el juzgado y condenado se remitió a una de sus descalificaciones sumarias. «No es mi tipo».
Con estos antecedentes de animadversión pactada, a nadie puede extrañarle que el presidente participara a regañadientes en el estreno de gala de Melania. También a la protagonista de la película le costaba mirar a su triunfador esposo con arrobamiento, parecía más bien una cirujana con una cuenta pendiente con el enfermo al que se dispone a acuchillar o a hacerle un Minneapolis. En cuanto al paciente, le molesta quedar en segundo plano incluso de su cónyuge, como bien saben los asustadizos Marco Rubio y J.D. Vance.
En la Casa Blanca, es más fácil hacerse perdonar una legión de amantes que una esposa descontenta. No consta que Melania abofeteara a Donald, en la estela de Hillary Clinton cruzando la mejilla presidencial por el escándalo de Monica Lewinsky. Tampoco ha podido grabarse de momento el manotazo equivalente a Brigitte Macron disciplinando al joven Emmanuel Macron, una escena que hubiera enriquecido Melania de haberla traducido al estadounidense.
Es injusto arrinconar los méritos de Melania en los párrafos de la basura, por lo que debe singularizarse lo antes posible su capacidad extrema de monopolizar la atención desde el silencio integral. Diseñada sobre una anatomía que rinde redundante la definición de belleza, se presentó a la segunda inauguración presidencial de su esposo bajo un champiñón empotrado.
Melania desprecia a Donald, sin necesidad de ocultarlo ni de manifestarlo. Lejos quedan los tiempos del célebre cuarteto The Trumpsteins, con Donald, Melania, Jeffrey Epstein y Ghislaine Maxwell.
Dos americanos y dos europeas, otra formación expurgada de Melania.
Antes de la película se lanzó el libro, aguardamos con ansia un recetario que eclipse a Meghan Markle.
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